“A la distancia, si decía Neuquén también decía Berbel”

Este artículo fue publicado originalmente en el portal Va Con Firma
“¿Quién es el verdadero Piñonero? ¿O es el pueblo que canta?
¿Qué es la canción popular sino un pequeño charco de agua donde mirarse la memoria
y qué es un artista popular sino un sembrador de identidades?
Las fechas exactas, los caminos posibles, los nombres propios y sus descendencias.
El rigor de la historia. Todo detalle esconde verdades”.
CECILIA RAYEN GUERRERO DEWEY
(Fragmento de “Berbel, el latido de la Patagonia”)
El próximo miércoles 16 se presentará por primera vez en público “Berbel, el latido de la Patagonia”, la biografía cronicada de Marcelo Berbel escrita por la periodista Cecilia Rayén Guerrero Dewey, recientemente publicada por Serial Editorial Cooperativa y de esta manera, con un sonante acontecimiento, es como el libro va a tomar contacto por primera con el público en un importante marco, el de la Feria Internacional del Libro de Neuquén.
Ahora, anotemos un detalle de organización que no es menor: la presentación se llevará a cabo en el auditorio mayor del MNBA, un recinto que lleva el mismo nombre del gran personaje cronicado en el libro de Rayen, pero que no hace referencia directa a Don Marcelo, sino a Marcelo Martín, su nieto, aquel gestor cultural que tanto hizo por la motorización, crecimiento y desarrollo de la Feria y que partiera de este plano de manera repentina, lamentable y temprana hace ya casi siete años.
Mencionar a Marcelo Martín no es aleatorio y es importante, porque si se lo nombra, se está poniendo el foco en los brotes que Don Marcelo sembró con su impronta (la artístico cultural, claro, pero también la humana) y se está haciendo hincapié en todo lo que se manifestó socio culturalmente desde la figura y la acción de Don Marcelo, primero en el trabajo musical de sus hijos Guchi, Hugo y Marité, y luego en lo que continuó a través de su nietada, con Marcelo Martín como trabajador en gestión cultural, Trafül como cantautor, o Néstor como realizador audiovisual, solo por citar algunos laburos de sus brotes a través de las generaciones. Pensarlo así es importante, porque el latido al que hace referencia Rayen en el título de su crónica recientemente lanzada, es una acción concreta que este hombre/emblema ha dejado a tavés del tiempo. Y aun late.
La misma autora asegura este palpitar en el material de presentación formal que ha preparado su casa editora para el lanzamiento del libro: “(...) permanecer. Seguir latiendo. Volverse identidad. Ese es el mapa de esta biografía”, plantea Guerrero Dewey, sin ambages, y asegura que para intentar contar todo con un pulso que honre esa latencia que remarca, ha intentado recuperar episodios conocidos de su vida, sí, pero puso más y especial atención en aquello que permaneció menos narrado: “(...) en sus contradicciones, sus vínculos, sus decisiones, sus zonas luminosas y oscuras, su humanidad. El resultado es una biografía que no busca convertir a Berbel en una figura intocable” anuncia. Insiste en no estar levantando un nuevo monumento, sino forjando una acción de ensayo y crónica literaria que permita “(...) acercarse al hombre y al artista para comprender, desde una perspectiva nueva, la dimensión de su obra”.
La investigación que dio origen al libro comenzó en octubre de 2017. Incluyó entrevistas con familiares y personas fundamentales de su entorno, acceso a materiales inéditos, revisión de revistas folklóricas y diarios de época y trabajo sobre el archivo privado del autor. A finales de 2025, a partir de una sugerencia del académico, investigador y poeta Mariano Dubín, la autora fue contactada por Serial Editorial Cooperativa, de la provincia de Buenos Aires, que le propuso transformar aquella investigación en un libro dedicado a la vida, la obra y la trascendencia del artista.
Cecilia Rayén Guerrero Dewey es cronista, periodista y licenciada en Comunicación Social por la
Universidad Nacional de La Plata. Nació en Vespucio, Salta, y se crió en la Patagonia. Es autora de “Jacinto Piedra. Que lo recuerden brillando” (Pixel, 2013). En 2025 recibió el Primer Premio del Concurso Binacional de Crónica Patagónica. Trabajó en gestión cultural pública y coordinó talleres formativos. Vive en Neuquén, donde colabora con medios patagónicos y nacionales.
“Un poeta. Un hombre de palabras. Su madre lo escuchó llorar cuando aún estaba en la panza, lo vio decidor en sueños. Una noche, al cerrar el libro que le leía para dormir, se lo contó a su hijo y él lo recordaría hasta el final de sus días”.
Luego del lanzamiento de “Berbel, el latido de la Patagonia” en Neuquén, el libro tendrá nuevas presentaciones: el domingo 4 de octubre en la Feria del Libro de Fiske Menuko/Roca, el domingo 11 de octubre en la Feria del Libro de Cipolletti y el 23 de octubre en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en Buenos Aires.
Días antes de esta primera presentación, conversamos con Rayen e intentamos consultarle la mayor cantidad de inquietudes que nos iban surgiendo en torno a esta, su nueva obra:

¿Te es posible trazar una línea hacia tu pasado y contarnos un primer recuerdo tuyo vinculado a los Berbel?
Berbel es un recuerdo primario. Nací en Salta, mi familia vivía allá por el trabajo de mi viejo. Escuchar a los Hermanos Berbel era para ellos una forma de volver a casa, a los abuelos, a la familia. En esa añoranza, me pusieron de nombre Rayén por Quimey Neuquén y crecí con ese relato. Después, ya más grande, empecé a registrar las cosas que mi abuela contaba de Don Marcelo, iban a la misma escuela primaria en Plaza Huincul. Y más tarde ponerle atención a su poesía.
¿Cuándo supiste que ibas a sentarte a escribir este libro?
Después de los periplos del petróleo, volvimos a Neuquén. Yo tenía 13 años, hice toda la secundaria acá y luego me fui a estudiar y un largo etcétera. A la distancia, si decía Neuquén también decía Berbel, sobre todo en los espacios donde estaba que de alguna forma estaban vinculados al la música, al folklore, a la poesía, a la política, a lo popular. También empecé a escribir a conciencia, con un rumbo claro a lo popular. Después de todo eso, volver implicó asumir que iba a escribir sobre Bebel, casi como un deber que asumía conmigo.
En varias entrevistas recalcaste la necesidad de dejar un poco de lado la leyenda para poder contar a la persona, ¿te resultó fácil?. ¿Hubo un método o fue todo un poco más desordenado que eso?
Al principio no, pero era el único camino posible. Escribo sobre los detalles, sobre las luces y las sombras de las personas reales, sobre lo que a mí me puede resultar fascinante o contradictorio o feliz. Es decir, me costó llegar al Berbel que hacía magia para sus nietos, al que lloraba en soledad, al que jutaba animales en la calle. Implicó, sobre todo, que pasara el tiempo. Cuando empecé con la idea de escribir todo era más metodológico, y por tanto más medido. En general ese camino, a mi me lleva al dato duro pero no al hueso de las cosas. Pero después, cuando ese impulso se fue diluyendo en la espuma de los días reales, por suerte perdí el rumbo. En cambio, mantuve cercana a Berbel a través de los relatos cotidianos de Marite, de los recuerdos de los amigos, de la forma en que el pueblo lo sigue nombrando. Entonces las entrevistas eran más espontaneas, construimos otra confianza y ella –digo ella porque es mi fuente primaria– me permitió un acceso muy amable a su memoria y por tanto al Berbel que estaba buscando.
Contanos de algo que deliberadamente hayas dejado fuera del libro, no por poco interesante o polémico, sino porque hayas entendido que no servía al relato que estabas construyendo.
Hay muchísimas cosas que quedaron afuera, la gran mayoría. Aunque todo, cada detalle, sirvió para construir al personaje. Pero sí tomé algunas decisiones para cuidar cierta intimidad, algunas peleas, algunos sinsabores que no venían al caso. Ni hablar de otras historias que tuvieron gran impacto en su vida, pero que no le pertenecían estrictamente. Y por otra parte, la decisión de no incluir o no ahondar en lo que ya conocemos, lo que está institucionalizado. No porque quiera negarlo, de hecho está mencionado, pero la idea siempre fue abrir otras puertas y esto, en definitiva, no deja ser más que una mirada sobre su vida, la mirada de una cronista.
Es un poco canalla meterte en este brete, pero... ¿podés decirnos cuales son tus tres canciones favoritas de Don Marcelo y por qué?
Las tengo y no tengo problemas en declararlas. Es tan grande la obra de Berbel y tan diversa, que seguramente vendrán otras. “El mar y mi pena” es lejos mi canción favorita: quizá por desgarradora al punto que lo corre del paisaje y de la vida. “Destino de ladrillero”: una canción manifiesto, columna Bertebral de su obra, no porque todo el tiempo estuviese hablando de los laburantes, sino porque era el lugar desde donde escribía. Y “El Horno”. ¡Ay, esa belleza!, esa canción es un pan.
¿Qué soñás como buenos destinos para este libro? Dos o tres contanos.
Hay mucho de misión cumplida desde el punto final. Pero ojalá puedan leerlo muchos. Es lo que queremos para nuestros hijitos ¿no? Que los quieran, que tengan un buen camino. Yo ya hice mi parte con Berbel, con Neuquén y conmigo.
¿Te gustaría ser cronista en libros que narren vidas salientes o ni te lo planteás? Que tenés una necesidad profesional y humana por cronicar no hay dudas a esta altura ¿no?
Es una pregunta abierta. No termino de estar segura. Quizá sea el rumbo, entrar en una vida es una panorámica muy tentadora sobre todas las cosas: el tiempo, la historia, las derrotas y las bellezas. El desafío es no quedarse detenida ahí. Vamos a ver qué sucede. Mientras tanto soy muy feliz de haber vuelto al periodismo, de poder estar publicando crónica y ni hablar de esta posibilidad de tener un nuevo libro.















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