Aquellos veranos en el Río Quilmes
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Por Hilda López
Con las últimas estrellitas de fin de año, mis padres se disponían a limpiar y ordenar el patio común con los vecinos donde se había festejado el Año Nuevo. El primer dia del año nuevo y con todo el verano por delante, estaba signado por una consigna familiar infaltable: los pic-nics al rio de Quilmes.
La pieza del conventillo donde vivíamos los cuatro, tenía una ventana que daba al patio compartido con las otras familias, motivo por el cual se abría muy rara vez para evitar la mirada curiosa de los vecinos, y en eso mi madre era muy puntillosa. Obviamente el calor apretaba entre las cuatro paredes y un ventilador sobre la mesa del comedor (entre el resto de muebles) no alcanzaba a refrescar nada, era solo una sensación que aliviaba de alguna manera.
Todo el calor de enero se metía de lleno en la vida del barrio que ponía una hilera de sillas en la vereda para el encuentro de los vecinos entre mate y algunos chismes de actualidad. Sin embargo había una consigna a cumplir a raja tabla: el picnic en el balneario de Quilmes a orillas del Rio de La Plata. Una lengua de tierra con manchones de césped extensa y poblada de árboles, ofrecía el oasis necesario para la época. La playa de tierra y las aguas marrones del Río de La Plata, era el paisaje maravilloso de un mar imaginado y lejano que se entraba a nuestros ojos como único e irrepetible.
Mi padre tenía un conocido llamado Don Tito, que hacía fletes en un camión algo destartalado con la plataforma abierta que servía de carga. Las barandas de madera aseguraban llegar a destino sin problemas para el pasaje de un par de familias a transportar, en definitiva, ese era el vehículo posible, gratis y elegido para el programa del domingo.
Los preparativos comenzaban el dia anterior para el paseo programado con órdenes de mi madre sin pausa: “hay que acordarse de la frazada”, “no van a llevar la pelota porque molestan a los demás”, “una toalla para los dos”(mi hermano y yo). Eran momentos de enorme felicidad, queríamos llevar de todo porque imaginábamos una estadía prolongada, aunque solo era de un par de horas.
Esa noche dormíamos inquietos y apurados, la expectativa nos alertaba hasta el despertar. Debíamos madrugar y a las ocho de la mañana ya estábamos listos para el despegue. El madrugón era, “para encontrar un buen lugar porque se llena enseguida”, decían los adultos. La carga era importante: un fuentón de metal (el mismo con el que nos bañaban en casa el fin de semana) con hielo en barra cortado al medio y las botellas de agua, tapado con una bolsa de arpillera para mantener el frío, la frazada para extenderla sobre el piso para sentarnos y una almohada para que mi viejo durmiera un rato la siesta a la sombra. La carga seguía con milanesas, huevos duros, queso, dulces, panes, facturas y alguna especialidad que siempre aparecía de la mano de algunos comensales. No faltaban bolsos de ropa para cambiarnos, zapatillas por si refrescara, crema casera para las quemaduras del sol, el infaltable mate con yerbera incluida y… ¡ella! la codiciada y disputada cámara de una de las ruedas del camión para flotar.
Llegábamos al lugar y nos lanzábamos al pie de algunos de los árboles elegidos. Los adultos miraban a su alrededor triunfantes porque, por llegar primeros, ¡el espacio era el mejor!.
Cuando el río bajaba, quedaba una extensísima playa de tierra marrón oscuro apisonada y ondulante donde se reflejaba el sol dando un aspecto de un fantástico planeta que imaginábamos descubrir. Corríamos bajo las advertencias de mi madre a coro con las otras madres, “cuidado no se empujen!”, “esperen que vaya uno de nosotros a acompañarlos, es muy peligrosa el agua”. Apenas podíamos escucharlas, el entusiasmo podía más, éramos un tropel de niños rumbo a la gloria.
Jugábamos en el agua hasta agotarnos, comíamos voraces todo lo que estaba a nuestro alcance y permitido, y mientras mi padre se hacía “una siestita”, salíamos a caminar con las madres para ver algo excepcional. Frente a la orilla de acampe, estaba la calle principal y frente a ella una hilera de comercios de bebidas y comidas precariamente armados, pero con la infaltable pista de baile, tierra pisada y regada y los parlantes a todo volumen para animar la movida. Parejas en malla y descalzos bailaban frenéticamente al compás del paso doble, tango y fox trox. En algunos de esos lugares, había pequeñas orquestas en vivo cuyos instrumentos nos parecían extraños objetos interpretando, entre otros, uno de esos temas característicos como “Barrilito de cerveza” que obligaba a hacer el infaltable trencito. Las parejas transpiraban, reían y se seducían al paso cambiante de cada pieza, todo tenía una atracción descomunal para nuestra mirada de pibes saltando a otro mundo.
Al atardecer y terminado el día, subíamos todo nuevamente al camión y volvíamos a casa. Mis padres comentaban lo bueno de la jornada. Mi padre se preparaba para descansar y esperar el lunes de regreso al trabajo y nosotros a dormir un poco más porque, después de todo, estábamos de vacaciones y el pic-nic podía volver a repetirse.
El verano calentaba con todo su poder en cada rincón de aquel inquilinato, pero los pibes sabíamos que solo había que esperar un par de días para zambullirnos en las oscuras y refrescantes aguas del Rio de La Plata. Eran las vacaciones más bellas que recuerdo, y a veces, miro hacia atrás y me parece que llega el camión de Don Tito, hamacándose destartalado, a buscarme nuevamente.








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