• Rubén Boggi

Crónicas de la Pandemia.


Foto Ilustração

Ricardo hace grapa con su padre en el patio de la casa. Es un patio amplio, frondoso, con una parra muy rendidora. Entras a ese lugar, atravesando una casona vieja, viejísima, con paredes descascaras, techos altos, pesados cortinados. Parece una casa italiana, una casa de Sicilia, pero, no está aquí, en Argentina.


El padre de Ricardo sí es italiano, y hace grapa. Armó una destilería en el galpón que está en el fondo del patio, entre la parra, la higuera, y el nogal. Todo oscuro, sombrío, húmedo, y a la vez placentero, y, en las noches de verano, un infierno de mosquitos implacables. En una de las habitaciones de la vieja casona, vive Raúl. Es estudiante, y pensionista.

El padre de Ricardo empezó a alquilar una habitación después de la muerte de la esposa. Todo el mundo, en esta ciudad, alquila habitaciones sobrantes. Es uno de los negocios derivados de la Universidad pública. Hay argentinos de todas las provincias, peruanos, chilenos, paraguayos, uruguayos.


Raúl es argentino, de un pueblo de la provincia, y comparte largas charlas con Ricardo, porque los dos son comunistas. No saben bien, en realidad, si son comunistas, porque la adhesión política, la militancia, no es una condición biológica, y puede cambiar mucho más rápido que la anatomía. Ricardo lo invita con grapa a Raúl, y se ponen a hablar de Lenin, de Trotsky, de Stalin, de Mao. Ricardo es teórico. Raúl es más pragmático, y le pone el cuerpo a la militancia. Discuten ahora porque accedió a guardar tres carabinas en el ropero. Son armas para la resistencia, la autodefensa. El partido se arma porque se espera un Golpe de Estado, y más represión.

Ricardo le dice a Raúl que es un inconsciente. Que no puede traer armas a la casa que es de su padre. Que su padre es jubilado y hace grapa y lee el diario, y que si llega a entrar un operativo se muere de un infarto. Las carabinas son calibre 22. Es el único calibre del que se consigue munición fácilmente. Se puede comprar en las armerías y no te piden documento ni nada. Las tres carabinas están guardadas detrás de un piloto que alguna vez había sido blanco y ahora está todo pintarrajeado, manchado con las pinturas de aerosoles usados para dibujar la hoz y el martillo en las paredes de una ciudad indiferente.

La revolución es como una peste, le dice Ricardo a Raúl. No llega por la imposición de las armas, sino por la persistencia silenciosa. Se va contagiando persona a persona, aliento contra aliento. Raúl piensa que algo de razón tiene Ricardo, pero que es muy romántico, muy pequeño burgués. Igual, le permite tener las carabinas guardadas en el ropero. Un tiempito. No más de un mes, le dice. Las cosas se están poniendo feas, y te tienen marcado, porque más boludeces ya no podrías hacer. Raúl piensa que Ricardo tiene razón, que habría que prepararse para lo peor. Al otro día, decide ir a la peluquería. Hacía dos años que no iba a la peluquería. Cuando se bañaba, el pelo le llegaba casi a la cintura, y la barba estaba demasiado crecida. Fue a una peluquería concheta, del centro. Lo miran con algo de rechazo. Sonríe, para tranquilizar a la gilada, y pide: pelo y barba. Bien corto. Bien afeitadito. El peluquero suspira, con alivio. Veinte minutos después, sale. Se sentía liviano, distinto, prolijo, fresco, perfumado. Se sentía casi seguro. ¿Quién podría reconocerlo? Era el primer paso, un paso hacia una clandestinidad un poco más confortable. Tal vez entrara en otra etapa. Más cuidadosa.


No había por qué andar inmolándose, ante una humanidad tan discreta, tan esquiva, tan poco solidaria. La prueba de su virtual invisibilidad la tiene enseguida: va a la reunión que estaba pactada, en una confitería del centro, allí mismo, cruzando la plaza. Habían quedado en verse bien en público, sin nada raro, aparentando ser un simple grupo de estudiantes que se junta a tomar un café, una cerveza. Había que llevar apuntes, y algún libro, y, de vez en cuando, elevar la voz para mencionar algo de la Facultad.

Cuando llega, los ve: está Rafael, y René, y Laura. Entra, y se sienta a una mesa a dos metros de distancia. Lo miran distraídamente y siguen hablando. No lo han reconocido. Listo… estoy salvado. Ya no soy yo, piensa, con una sonrisa para adentro. Enciende un cigarrillo, se pone de pie, aparta una silla y se sienta nuevamente, ahora a la mesa de sus compañeros. Lo miran con sorpresa, tal vez con algo de miedo. Sin bigote, sin barba, con el pelo bien corto, podía ser un servicio, un cana. Larga la carcajada. ¡La felicidad del clandestino! Todos ríen, y la reunión comienza, y hablan entre dientes de la próxima volanteada, del acto en Humanidades, y de que habría que reforzar la guardia en el local del Centro, porque los fachos estaban muy activos y en cualquier momento podían dar el golpe.

Rafael y Laura se van antes, y se queda charlando un rato con René. Era una buena mina, judía, con ojos tristes y sonrisa luminosa. Tenía un hermano desaparecido y otro exiliado. Avatares que no sorprendían en Argentina. Después de dos cafés y un centenar de cigarrillos, Raúl decide que es hora de volver a la pensión, a la casa de Ricardo, a la casa de la grapa en el patio. Se despide de René y camina entre las primeras sombras de la tarde.

Es viernes. Tal vez Ricardo quiera ir al cine. A los dos les gusta mucho el cine, son capaces de entrar en esas salas de tres películas, y pasar cuatro, cinco horas en la oscuridad mágica, en el olor pesado y perfumado de las alfombras y tapizados viejos y húmedos. Llega a la casona, abre la puerta grande y pesada, que está sin llave. Las paredes descascaradas están en silencio. El techo alto está protegido por la oscuridad.


El padre de Ricardo está solo, sentado, con la cabeza baja, en la cocina. Raúl carraspea. El viejo levanta la mirada. Está con los ojos enrojecidos. Con lágrimas entre los pelos de la barba blanca. Se llevaron a Ricardo, dice. Se llevaron a Ricardo, repite. Raúl siente un súbito espasmo en la garganta. Un vómito repentino, que no llega a salir. Corre a su habitación. Las tres carabinas siguen allí, en el ropero, envueltas en el piloto que alguna vez fue blanco y ahora es multicolor. Envueltas en una frazada ahora, sale Raúl con ellas de la vieja casona. Se va perdiendo en una diagonal, rumbo al sur. La revolución es como la peste. Hay que contagiarla, persona a persona. Raúl camina con tres inútiles carabinas, se pierde en la noche brumosa de la ciudad indiferente.


Pero lo que importa es el tema de fondo, es la salvación inútil, imposible. No hay salvación, nunca la hubo, pero eso no significa que haya que vivir amargado, sino, apenas, saber y estar convencido de vivir en la naturaleza, no pensando en armar una burbuja de protección eterna. Reinaldo, por ejemplo. Preguntarán quién es Reinaldo. O quién era.

Vivió de chico en el campo, hijo de italiano inmigrante y madre criolla recién llegada, nacida aquí solo porque los padres llegaron, también de Italia, un poco antes. Reinaldo se hizo baqueano en cuestiones campestres, como domar caballos, marcar novillos, arrear ganado, salir de campaña con un arado a hacer los surcos y sembrar las infinitas hectáreas del campo de los patrones ingleses. Eso, y jugar al fútbol, y los caballos.

Eran pasiones que ahora desconocemos la enorme mayoría de los argentinos, pasiones del siglo pasado. En el campo uno se levantaba antes del amanecer, y se salía a trabajar con la helada, la escarcha, y se volvía poco después de haber asomado el sol, para una mateada y un churrasco recalentado en la matera, con galleta de piso, mientras, con un poco de suerte, se escuchaba alguna radio que se podía pescar con la onda corta, tango y folklore y noticias, y después, volver al trabajo, hasta la tardecita, en que Reinaldo y los demás se lavaban un poco bajo el chorro de agua de la bomba, agua fría, de pozo, y comían después, y a la cama, temprano. ¿Qué virus había allí? Había, pero la salud era firme, estoica, llena de juventud, músculos firmes y hormonas dispuestas. Reinaldo y otros se presentaron a pedir trabajo en la fábrica que estaba por abrir, una que abría la Marina.

Era la época antes de Perón, justo antes, pero Perón ya andaba dando vueltas cerca del poder. Van a fabricar explosivos, le dijeron, y necesitan mucha gente. Reinaldo buscaba un empleo fijo, algo que le permitiera asentarse, volver al pueblo, junto a la madre, que se había quedado viuda. Se presentó en la fábrica, que se instalaba recién con un cerco grande para delimitar el terreno, en la base de las sierras, a 30 kilómetros del poblado. Reinaldo llegó con otros como él, bombachas, alpargatas, camisa abierta, y pelo bien fijado con gomina.


A ninguno le preguntaron qué sabían hacer, porque se les veía. Le tomaron algunas pruebas de habilidad, como enlazar un palo, cosas fáciles. Y entraron, como peones, para trabajar en la construcción de los primeros edificios. Reinaldo siguió trabajando todo el día, como antes, pero ahora con un salario mejor. Y dormían en una barraca construida con ladrillos y material sólido y techo de chapas. Y jugaba al fútbol, en domingo. Al tiempo, llegaron ingenieros suecos. Eran los encargados de instalar las máquinas para fabricar los explosivos, en los edificios recién construidos. Los edificios se construían en un pozo, y se cubrían totalmente, hasta el techo, con muros de tierra alrededor. Si explotaban, la onda iría hacia arriba, y la destrucción sería menor. Los ingenieros suecos fueron seleccionando gente.


Hicieron una encuesta, preguntando qué oficio querían aprender, porque se necesitarían: albañiles, electricistas, motoristas, mecánicos, torneros. Yo quiero ser electricista, dijo Reinaldo. Lo ubicaron en un grupo, con uno de los suecos a la cabeza. El nórdico confesó, en un precario español, que no se acordaría jamás los nombres de cada uno. Así que les puso número. Reinaldo fue el número cuatro. Se hizo amigo del sueco, después de un año de trabajo fuerte, mientras aprendía qué era una resistencia, un voltio, un ampere. Sentía que los conocimientos le entraban con naturalidad, le quedaban maravillosamente fijados. Mientras trabajaba y aprendía se hizo de novio, se casó, tuvo un hijo.


El sueco, cada tanto, lo visitaba, en la casa de la madre de la esposa de Reinaldo, pues allí habían armado rancho aparte, con una habitación para dormir y una cocina para ellos solos. Salían a pasear los domingos, al parque de la ciudad. El sueco sacaba fotos con un afán antropológico. Los argentinos, esa mezcla europea e indiana, le fascinaban. Reinaldo se divertía poniendo en pedo al gringo. Le bastaba un par de vasos de vino tinto y ya empezaba a farfullar en su mal español, a reírse y ponerse colorado. El taller de electricidad de la fábrica se integró rápido, con Reinaldo como uno de los trabajadores ya capacitados. La fábrica entró en producción, y el trabajo era muy distinto al del campo.

Se levantaba a las cinco de la mañana, pero para ir a tomar un colectivo, que llevaba al contingente de obreros recorriendo los 30 kilómetros desde la ciudad a la fábrica. Poco menos de una hora después ya estaba cada uno en su puesto. Se trabajaba de corrido hasta las cuatro de la tarde, con un almuerzo en el medio, que se servía en un gran comedor. Reinaldo prefería llevarse un sándwich, envuelto en papel. Comía solo, o acompañado por algún compañero. Después, cuando volvía a casa, reforzaba con algo que su mujer le tenía preparado.


Estaba, por supuesto, en el equipo de fútbol de la fábrica. Para entonces, Perón ya era gobierno, y el sindicato, al que se afilió Reinaldo, como todos, poderoso. Se hicieron olimpíadas competitivas en Mar del Plata, y allí fueron, vestidos de blanco, con un escudo de la CGT, y marcharon como un ejército de obreros por las calles de esa ciudad que Reinaldo había conocido antes, trabajando de peón en un horno de ladrillos, cuando apenas tenía 18 años, y la necesidad de sumar unos mangos le era imprescindible. Un día, Reinaldo llegó a casa con los ojos de la muerte en sus propios ojos. Su mujer lo recibió con un llanto atrancado en la garganta, sin saber qué pasaba. Desde la casa de enfrente, donde vivía una chica que también trabajaba en la fábrica, se escucharon gritos desgarradores.

Se alborotó el barrio. Se hizo después un silencio pesado, opresivo. Había explotado, por primera vez, la fábrica. Un carro suspendido en rieles aéreos, que transportaba nitroglicerina, llevado por operarios, había tenido un sacudón, una pequeña falla, y el explosivo, altamente inestable, había estallado. Murieron seis obreros, aquel día, entre ellos, la chica vecina de Reinaldo. Los velaron a todos, en ataúdes cerrados, porque solo quedaron restos, pedazos de cuerpos esparcidos entre escombros. Reinaldo había trabajado en la búsqueda y recolección de esos restos sanguinolentos y espantosamente mutilados por la fuerza extraordinaria del explosivo. Desde aquel día, Reinaldo se sobresaltaba ante cualquier ruido imprevisto.


Los ojos le quedaron teñidos de muerte para siempre, hasta su propia muerte, que le llegó después de un accidente en un tablero eléctrico, una descarga de alta tensión, varios infartos cerebrales, una internación por demencia senil. Reinaldo murió con los ojos llenos de muerte y cuerpos mutilados, y amaneceres del campo, y caballos corriendo por las praderas, y nadie se acordó de él, ni el sueco que nunca más volvió a la Argentina, ni el intendente, ni el gobernador, ni el Presidente, ni Perón, ni la CGT, ni la peste que ahora nos aflige.


Rubén Boggi

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