Cuando la realidad golpea a tu puerta
- layaparadiotv
- 12 jul
- 5 min de lectura

El psicólogo social bahiense Jorge Cascallar ha escrito en sus redes una intyeresante y reflexiva nota editorial sobre las lecturas sesgadas o contradictorias que la ciudadanía suele hacer sobre su propio voto
Hay una frase que empezó a repetirse en Bahía Blanca con una frecuencia llamativa:
"Yo lo voté a Milei... pero no pensé que iba a ser esto."
La dicen comerciantes. Personas que durante años sostuvieron con esfuerzo un local, una pyme, una historia familiar. La frase aparece mientras otra persiana baja definitivamente y desde la Cámara de Comercio advierten que los cierres se multiplican.
Pero esa frase habla de mucho más que de economía. Habla de un mecanismo profundamente humano: la desmentida.
En psicoanálisis, la desmentida no consiste en ignorar la realidad. Consiste en verla... pero, al mismo tiempo, no incorporarla. Es esa extraña operación por la cual dos ideas incompatibles logran convivir durante un tiempo sin tocarse.
"Sí, sabía que iba a haber ajuste... pero no pensé que me iba a tocar a mí."
Durante meses, el cierre de fábricas, la caída del consumo o el despido de trabajadores podían seguir siendo noticias. Eran acontecimientos que les ocurrían a otros. Mientras el dolor permanecía del otro lado, todavía era posible sostener el fantasma.

Hasta que la realidad cambia de domicilio. Ya no cierra un comercio cualquiera. Cierra el de al lado. O el propio. Y entonces la economía deja de ser una discusión solamente ideológica para convertirse en una experiencia corporal. El silencio de un local vacío pesa más que cien debates televisivos.
Quizá una de las mayores eficacias del neoliberalismo no haya consistido solamente en prometer prosperidad. Consistió en fabricar un fantasma donde cada uno imaginó que formaría parte de los pocos que sobrevivirían a una competencia presentada como natural, cuando en realidad siempre fue profundamente desigual. Siempre habría perdedores, claro, pero ese perdedor sería otro.
El viejo mito del comerciante que "sale adelante únicamente por su trabajo" terminó funcionando como una poderosa ficción política. El mercado prometía seleccionar a los mejores y el narcisismo individual hacía el resto. Si a otros les iba mal era porque no se habían esforzado lo suficiente. El éxito aparecía como una virtud moral y el fracaso como una culpa individual.

Pero ese fantasma necesitaba una condición indispensable: construir un relato capaz de desviar permanentemente la mirada.
Mientras el pequeño comerciante perdía clientes, se lo invitaba a indignarse con el empleado público. Mientras el consumo se derrumbaba, el enemigo era el jubilado, la universidad que "adoctrinaba", el científico que "vivía del Estado", el artista que recibía un subsidio, el trabajador con derechos o el vecino que cobraba un plan social.
La violencia verbal permanente no fue un exceso del discurso político. Fue una tecnología política. Una forma de administrar el malestar para impedir que encontrara su verdadero origen.
Los proyectos políticos no administran solamente la economía. Administran también las formas de creer, de desear y de sufrir. Esa es, quizá, la forma más profunda del poder.
Ningún proyecto de ajuste puede sostenerse únicamente mediante indicadores económicos. Necesita una pedagogía del resentimiento. Necesita producir subjetividades convencidas de que el verdadero problema nunca es quien concentra la riqueza, sino quien comparte un derecho.

Por eso el neoliberalismo contemporáneo no administra solamente los recursos. Administra los afectos. Organiza la ira, distribuye el desprecio y convierte la competencia en una virtud moral.
La desmentida, entonces, no es un defecto psicológico del votante. Es el éxito político del dispositivo.
La eficacia de una hegemonía no consiste simplemente en producir creencias. Consiste en producir una forma particular de creer. No se trata de convencer a las personas de que la realidad no existe, sino de ofrecerles un relato capaz de mantenerla siempre a distancia. "Ya sé que cierran comercios, ya sé que cae el consumo, ya sé que el ajuste tiene costos... pero todavía creo que esto terminará beneficiándome." La desmentida funciona precisamente allí: no elimina el saber; lo vuelve compatible con una falsa esperanza que posterga indefinidamente el encuentro con la realidad.
Una narrativa es verdaderamente eficaz cuando logra que las personas interpreten durante meses el deterioro de su propia vida sin cuestionar las causas que lo producen. El triunfo de una hegemonía no consiste en impedir ver la realidad, sino en enseñar a verla desde el lugar equivocado.
Por eso emerge hoy esa frase tan dolorosa como reveladora:
"Yo lo voté... pero no pensé que iba a ser esto."
No porque la información no hubiera estado disponible. Muchas de las medidas aplicadas fueron anunciadas explícitamente durante la campaña. Lo que se rompe no es el conocimiento. Lo que se rompe es el fantasma que permitía creer que la realidad haría una excepción con uno mismo.
Quizá esa sea una de las grandes tragedias políticas de nuestro tiempo.
Las sociedades no siempre votan aquello que creen verdadero. Muchas veces votan aquello que necesitan que sea verdadero.
Y cuando la realidad deja de discutirse en las redes sociales y comienza a bajar la persiana del negocio de la esquina, el verdadero duelo no es solamente económico ni ideológico. Es profundamente subjetivo. Porque ya no se trata simplemente de cambiar de opinión o de admitir un error de cálculo.

Se trata de abandonar una identidad.
El problema no fue solamente creer que el mercado resolvería todos los problemas. Fue aceptar una narrativa que enseñó a millones de personas a buscar al enemigo entre quienes compartían su misma fragilidad y sus derechos.
Mientras el pequeño comerciante peleaba contra el docente, el jubilado, el trabajador estatal o el beneficiario de una política social, los grandes actores económicos seguían ampliando su capacidad de concentración.
El fantasma neoliberal nunca prometió que todos ganarían. Prometió algo mucho más eficaz: que cada uno creyera, íntimamente, que pertenecería al pequeño grupo que lograría salvarse.
Quizá allí resida uno de los mecanismos más profundos de toda hegemonía política. No alcanza con producir ideas ni con imponer un programa económico. Toda hegemonía necesita producir un fantasma desde el cual las personas puedan seguir deseando aquello que las perjudica. Necesita organizar una forma de creer que permita soportar la contradicción entre la experiencia cotidiana y el relato que la interpreta.
Y cuando esa ilusión comienza a derrumbarse, el duelo ya no consiste solamente en reconocer un error político. Consiste en descubrir que uno también era prescindible para el mismo mercado que había aprendido a defender.
Tal vez allí resida una de las tareas políticas más difíciles del presente: comprender que la desmentida no es simplemente un error individual, sino el resultado de una hegemonía capaz de producir las ficciones con las que una sociedad aprende a interpretar (e incluso a justificar) su propio sufrimiento. Porque solo entendiendo cómo se construyen esos fantasmas será posible empezar a desarmarlos.















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