Decisiones
- layaparadiotv
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Un cuento de María Aurelia Martínez
No se permite el señor Battistini dejar los elementos de trabajo desacomodados sobre el escritorio. Son más de las seis de la tarde y la oficina ha quedado desierta, ni siquiera el jefe se quedó fuera de horario. El viernes desaparecen todos temprano, urgidos por empezar a gozar del fin de semana.
Cierra con llave las oficinas, después de sentirse conforme de que todo quede en orden. La llave, su llave, que le han confiado hace 25 años, está sujeta a un llavero que es un muñequito pintado de blanco. Es el mismo de entonces.
Ya en la vereda, los olores de la tarde barren con los de la oficina que tiene adheridos a la ropa como amigos entrañables. Levantando un poco los ojos, alcanza a ver los últimos reflejos del sol de la tarde demorados sobre la pared del edificio al otro lado de la calle.
Antes de irse para su casa debe comprar la leche y algo de pan. Pasa por la despensa. Mientras espera que lo atiendan le llega el aroma especial de la canela que dulcemente lo amodorra. Imagina un té riquísimo con un excelente trozo de pastel de manzana, que se permitirá tal vez algunos de los domingos por venir.
Vuelve a salir arrastrando los pies con obstinada morosidad, mirando a los que corren detrás del ómnibus o se pelean por llamar un taxi. El apuro de los demás siempre es una curiosidad para él. Se detiene en el kiosko de revistas, saluda a Japiki, el dueño, conocido de todos los días, de muchos años. Compra el diario y se demora con el hombre, que invariablemente tiene una historia para contar. Y al señor Battistini le gustan las historias bien contadas. Algo lo identifica con Japiki, nunca lo ha visto de mal humor.
Sigue su camino, sin dejar de saludar a nadie de los que lo conocen y cumpliendo su itinerario de cada día, con igual pulcritud.
La gente apurada tiene, sin duda, algún compromiso para esa noche de viernes: una fiesta, una cena, una cita. Él no, pero solamente porque no quiere. Los compañeros de la imprenta organizan partidas de carta todos los viernes y algunos van aunque no jueguen, él prefiere no asistir porque no fuma, no bebe y no sabe conversar con soltura.
Tampoco va a los festejos del calendario: un cumpleaños, un feriado con asado en el campo, donde sus compañeros llevan a su mujer y a sus hijos o a la novia. Él no come mucha carne ni juega al fútbol y no tiene tampoco auto para salir afuera de la ciudad, ni quiere depender de otros para regresar.
Pero tiene su departamento en una buena zona de la ciudad, herencia del padre. Tiene eso y la ventana de la sala para mirar el parque y entregarse a sus pensamientos.
La esquina de Lamadrid y Zárate a esa hora de la tarde es una burbuja colorida. Árboles, pinceladas de transeúntes como una pasamanería que ondula, semáforos, vendedores, canillitas y el puesto de flores. Y Elena que lo atiende.
Elena que acomoda las flores y arma los paquetes con celofán y ata esos moños primorosos, de colores tenues, símil raso.
La primera vez que la vio, un cambio de frecuencia interna modificó su ánimo para siempre.
Conocía el puesto desde que estaba en el barrio. Una primavera, animado por el aire nuevo, se había acercado en busca de plantitas para su ventana. Esa mujer era exquisita en la levedad de sus modos, en la suavidad de sus palabras, no podía evitar que su corazón se agitara cada vez que hablaban. Que era cuando el Sr. Battistini renovaba las alegrías de sus macetas y alguna otra vez, cuando compraba ramitos para el centro de la mesa.
Ella manifestaba sus gustos en algunas ocasiones, entre ellos, las buenas caminatas por el parque, a donde el Sr. Battistini, en el rincón secreto de sus intenciones, tiene planeado invitarla.
Se detiene y la mira de reojo mientras finge buscar algo en los bolsillos. Unos minutos suspendido en otro universo.
Basta así. Cuando cruza la calle un bienestar infinito lo inunda.
Ya dentro de su casa, lo primero es acariciar a su gato que sale a recibirlo y que se frota mimoso contra las botamangas del pantalón. Inmediatamente le sirve la leche en el plato, que es rigurosamente descremada. Después, quitándose la ropa y poniéndose su bata y sus pantuflas, se acomoda. El sol ya terminó de esconderse en el confín de la ciudad. Cuando se sienta en el sofá entregado a sus pensamientos, Tintín se le acomoda en la falda, saciado con la leche y él le acaricia el pelo tibio y el gato maulla despacio, como si supiera.
Mientras piensa en la remesa para despachar el lunes, se acuerda de Ramírez que ha tomado vacaciones para ir a Brasil por quince días.
Al señor Battistini no le alcanza el sueldo para esos lujos. Nunca ha salido del país pero sí ha estado en Mendoza con sus padres, de niño. Muchas veces fue a visitar a sus abuelos, cuando la felicidad era perfecta.
Pero, aunque nadie lo sepa, también ahora es feliz, porque es dueño de un amor más grande que todos los bienes y los regalos del mundo unidos. Él, que apenas se da el gusto de algún capricho poco aventurado, es dueño del amor que siente.
Decididamente éste es su tiempo, el tiempo de declararse. Ya lo tiene resuelto.
Se lo dirá al día siguiente: ─ Elena, la adoro, la idolatro y quisiera casarme con usted.
Sí, lo hará sin duda, y se arrellana con fruición sobre el sofá. Más tarde leerá el diario.








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