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Donde la memoria se sube a un árbol

  • hace 7 horas
  • 2 Min. de lectura

Un peral en un patio de infancia alcanza para contar toda una vida. En el relato “Rosebud”, Osvaldo Soriano convierte un recuerdo íntimo en una reflexión profunda sobre el tiempo, la ausencia y lo que hacemos con lo vivido.


Por Pablo Montanaro


Hay textos que no se leen: se habitan. “Rosebud”, de Osvaldo Soriano, es uno de ellos. Un relato breve, casi susurrado, que sin embargo abre una puerta enorme: la de la memoria, esa que no sólo recuerda sino que reinventa, agranda, transforma.


Soriano vuelve ahí a un lugar mínimo —un patio, un árbol— y lo convierte en territorio fundacional. “Es un peral añoso, de tronco bajo, al que me subía las tardes en que me sentía triste”. No hay épica en esa escena, y sin embargo está todo: la infancia, el refugio, el mundo visto desde una rama. La madre que lo busca, que lo llama, que no puede verlo aunque esté ahí, tan cerca. Como si desde el comienzo la memoria ya fuera eso: una forma de estar y no estar, de esconderse en uno mismo.


Quizás por eso el relato conmueve tanto. Porque no cuenta una historia extraordinaria, sino algo más difícil: el instante en que un lugar se vuelve símbolo. Ese peral —ese Rosebud— no es sólo un árbol. Es la medida secreta de lo que fuimos. Es el sitio donde el tiempo se detiene antes de empezar a correr.


En ese jardín de Cipolletti, Soriano deja caer otras escenas como quien deja migas para volver: la calle del accidente, el perro que muere y se llora por primera vez, el padre que empuja hacia un destino que no será, las tardes de lectura, las orillas del Limay donde asoman preguntas que todavía no tienen nombre. Todo eso está ahí, latiendo alrededor del árbol.


Pero hay algo más, algo que vuelve al texto todavía más hondo. El regreso. Treinta y tres años después, Soriano vuelve y encuentra que la casa no era tan grande como la recordaba. “La memoria lo agiganta todo”, escribe. Y entonces el descubrimiento: el árbol sigue ahí, pero ya no es el mismo. O mejor dicho: nunca fue sólo eso.


“Por un instante sentimos el sobresalto de una revelación. Hasta que descubrimos que lo que cuenta no es el árbol sino lo que hemos hecho de él”.


Ahí está, quizás, el corazón de “Rosebud”. No en el pasado, sino en la forma en que lo llevamos con nosotros. En esa operación íntima y silenciosa por la cual convertimos un rincón cualquiera en un territorio sagrado. Como decía Sylvia Molloy, esos sitios de la memoria terminan siendo una especie de ritual: reliquias personales que, al ser contadas, dejan de pertenecernos del todo.


Y entonces uno entiende por qué ese relato permanece. Porque todos tenemos un Rosebud. Un árbol, una vereda, una habitación. Un lugar donde fuimos otros, donde empezamos a ser.


Y porque, como le pasó a Soriano, tarde o temprano volvemos. Aunque sea con la memoria. Aunque sea, apenas, para comprobar que lo importante nunca fue el lugar… sino lo que hicimos con él.


Pablo Montanaro es periodista y escritor, autor del libro

Osvaldo Soriano. Los años felices en Cipolletti (Ediciones Con Doble Zeta)

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