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El amor de Peter


Mi madre se había convertido en la modista estrella del barrio. Su máquina Singer volaba entre sus dedos para vestir a las vecinas del conventillo en fiestas especiales, al resto de las mujeres de la cuadra y un poco más allá.


Los retazos sobrantes de telas quedaban a su resguardo, con la variedad de la trama de plumetís, cretona, seda, tafeta, gasa, corderoy, encaje, que tapizaban el fondo del ropero a la espera de otras producciones, como por ejemplo, mis vestidos , polleras y blusas que lucía orgullosa en los domingos.


Ese día, a la hora de la merienda, me ponía esas prendas que tenían una característica notable: combinaciones de cretonas con sedas y cintas brillantes que completaban el modelo.


Durante el verano, salía a jugar a la calle hasta el anochecer con mis amigas preferidas: Elvira, Elida y Mirta. La mancha, la escondida, la payana, las estatuas, la rayuela, la soga para saltar, todo entraba en una suerte de divertida competencia difícil de abandonar, hasta agotarnos.


Elida y Mirta eran dos hermanas que vivían en el inquilinato a pasos de donde vivíamos nosotros. Habían sido criadas por un par de tías solteronas al fallecer sus padres por alguna razón que nunca supe. Estaban siempre impecables y dispuestas al encuentro. Ambas tenían un primo llamado Peter (Piter) que llegaba de visita cada domingo de verano y se sumaba a los juegos con otros varones de la cuadra.

Vaya a saber qué es lo que tenía Peter pero el asunto es que me enamoré de él. ¿Serían sus pecas?, ¿sus ojos claros?, ¿su sonrisa permanente?. Creo que me miraba de una forma especial, si, era eso: su mirada clara.


Ese verano tuvo un domingo revelador, salí a jugar con mi vestido nuevo. Era de tela muy fina con un corte en el canesú rematado con una puntilla, la cintura con un lazo rosado y la pollera en frunces sobre la cintura. Creo que fue uno de los vestidos más bellos que recuerdo de mi infancia. Mis amigas me recibieron con halagos, me hacían dar vueltas para mirar los detalles y la aprobación tuvo su punto culminante cuando apareció Peter en escena.


Resulta que mi pubertad se mostró con una protuberancia pequeña en la zona de los senos y como la tela era muy fina se notaba. Peter me miró y (¡oh! sorpresa) comenzó a cantar: “se le nota”, “se le nota”, mientras batía palmas y sus primas lo retaban empujándolo. Fue tan grande mi vergüenza que salí corriendo, subí las escaleras hasta la pieza y con los ojos rojos de lágrimas comencé a buscar aquel saco de corderoy rojo que mi madre me había hecho en el invierno. Me limpié las lágrimas, me puse el saco, lo cerré con el botón dorado a la altura del cuello y volví a la calle. Había cubierto mi pudor con una prenda de invierno.


El calor era agobiante, Peter había desaparecido, y los juegos seguían su curso. Mis amigas no dijeron una palabra sobre mi saco rojo, como si no existiera y que me hacía transpirar hasta la gota gorda.


“¡Con este calor y vos de invierno!”, me dijo mi madre al regresar a casa, “tenía un poco de frío”, respondí tratando de convencerla. Ese verano terminó distinto, cada domingo mis vestidos y blusas debían tener volados que cubrieran la zona de los senos que empezaban a aparecer pequeños y tiernos.


Peter no volvió. Su mirada de ojos claros me acompañó durante mucho tiempo entre payanas, escondidas y rayuelas.

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