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El corazón por la boca



Por María Aurelia Martínez


El ómnibus se acercaba, sereno. No parecía una mañana de lunes porque el aire ya era una primavera próxima. Envolvía, parecido a una canción de Etta James con su voz rugosa, ablandando el corazón. Al menos el suyo.


Subió y saludó al conductor. Se veían todos los días, de lunes a viernes. Ambos estaban ligados a la misma especie de seres: los de la rutina. Pagó el boleto y caminó hacia adentro. Con el filo de la mirada detectó una persona sentada en el primer asiento, más atrás había dos o tres pasajeros. Cada uno en una butaca, tomando una distancia que era inevitable para no mezclar mundos.


Llegó al medio del coche, donde los asientos se enfrentaban, era el lugar que prefería. Se acomodó.


María miró la espalda del conductor y relajó todo el cuerpo. Luego sus ojos se quedaron suspendidos en la nada del respaldo que enfrentaba.

La media hora de viaje era su lugar para dejar que el ensueño escarbara más allá de lo real. Más allá del trabajo, del sueldo, de lo incumplido, de sus hijos, de una cavidad por dentro.


Cuando el coche paró para que subieran otros pasajeros, vio el movimiento. Era la persona que estaba en el asiento delantero. Caminaba hacia el interior del vehículo. Se sentó frente a ella del lado de la ventanilla. Tuvo conciencia de estar pegada a la línea final del asiento sobre el pasillo. Acurrucó los pies para que él pasara. Se miraron. Sonrieron.


Afuera del ómnibus pasaban las cosas, los autos, la gente. Y sus hijos pasaron por dentro suyo, con algunos detalles, como el regalo de cumpleaños de Fabián y los exámenes de Lucía. Apretó el bolso con los brazos, cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos se encontró con los de su vecino. Que la miraba.


Una respiración cambió.


Empezó a observarlo entre pestañas semicerradas.


El pasajero tenía pelo enrulado y prolijo, estaba escrupulosamente afeitado, la piel era blanquísima, los ojos negros, una cara con ángulos pronunciados y atrayentes. Camisa con chaleco, pantalones cargo y botines. “Calidad y tono, entre los verdes y el caqui”, pensó.


El caqui transporta al desierto, donde hay hambre de todo. En mucho tiempo era la idea más estúpida que había tenido.


Pero siguió pensando. Pensó que no había mejores colores que esos para demostrar sobriedad y el término le pareciò “académico”, sonrió para adentro.


Entonces sí recorrió la ropa, su ropa, la que llevaba puesta. Y las ideas prosperaron inundándola con la sensación de lo lastimoso. Ropa de oficina. Nada. El pelo atado así no más. Ni pintura.


Él llevaba una campera y una mochila. María percibió otra vez el buen gusto. Hasta le pareció sentir un aroma a cuero que era decididamente obsceno para los sentidos. Y lo miró todas las veces que quiso, lo fotografió, siempre entre párpados semicerrados.

Pero en algún momento, cruzados como estaban en alguna parte, con un contacto, un reflejo, se trenzaron con los ojos. Simplemente.


Tres cuadras más adelante, hasta la glándula pituitaria estaba devastada. La naturaleza de María se llenó de un delicioso apetito sin sentir pudor.


Cuando llegó a la parada en que bajaba se acomodó para levantarse y en ese instante supo que él también lo haría.


Se aferró al pasamanos, con el rabo del ojo lo vio alzarse, le latieron las muñecas, un vértigo color agrisado giró por su cabeza. La sangre hizo ruido dentro de su cuerpo.


Un cruce, un dulce despeñadero.


De pronto estaban en esa habitación con una urgencia tan indescriptible como una caída. Una se cae y se da cuenta cuando está en el suelo. La gravedad te chupa. A ella, a María, los ojos, las manos, el pelo, el caqui, la mochila, la chuparon.


No tuvo tiempo más que para sentir una lluvia sobre ella, en un día que no indicaba aguacero. De allí al centro de una tormenta no anunciada, y no tuvo tiempo de pensar que todo era raro, vertiginoso, imposible pero cierto.


Cuando salieron del hotel, el reloj decía que iba a llegar bastante tarde a su trabajo. El resabio del encuentro le subía por la epidermis cuando lo miró irse. Se alejaron cada uno por su lado, con el mismo apuro o la misma incomodidad. Ni los nombres.


Caminó un poco hasta que encontró la ruta de la facultad. Los papeles se le volvieron objetos extraños en las manos. Tenía la sensación de que todo el mundo la miraba.

Había sido un día exasperado. Estar sin estar, responder sin saber qué, hacer por el movimiento mismo, solamente por eso.


Volvió a su casa masticando esa cosa que le había pasado.


Sin luz de día, le costó trabajo meter la llave en la cerradura. Ni Lucía ni Fabián eran capaces nunca… “Una luz, una luz ….”, gritó en su cabeza.


Entró a la casa, el universo no respondía. Deseaba una ducha y una cama.


Se quedó parada en la entrada del comedor. Sus hijos estaban ahí.


- Mamá, este es Heraldo — dijo Lucía. A su hija una sonrisa limpia la encendía. Y la mirada le decía “¿te acordás que te conté?”


El caqui la deslumbró. Se sintió ruborizada primero, roja después, y acto seguido la ingente pulsación de la sangre en el cuerpo. No escuchó el nombre.


El corazón le salió por la boca.

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