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El viaje eterno del Negro Jury

hace 11 minutos
2 min de lectura

Por Silvia Majul


Al Negro mucha gente lo conoce por su hermano; yo lo conocí por Nahuel Pan y el mate cocido. Descubrir su cine en pleno menemismo -en esa década de anestesia, de falsa modernidad blanca y entrega territorial- no fue para mí un hecho turístico ni un ejercicio de academia.


Como hija patagónica y de sangre negra, ver El largo viaje de Nahuel Pan fue una autoetnografía viva, un espejo punzante que vino a reivindicar y a ponerle nombre a los dolores y despojos que yo ya sentía en la sangre. Fue la confirmación de que la periferia tenía una memoria subterránea que se negaba a ser borrada. "Las esencias y de dónde emergemos mi hermano y yo, eso, no lo perdimos nunca”. La frase de Zuhair Jury no era un eslogan, era una declaración de principios que se comprobaba en el cuenco de un mate cocido. Para él, mojar pan duro no era un hábito, sino un acto de resistencia: “No me des medialuna, porque eso sería como mojar una burguesía en un líquido eminentemente proletariado”. Así, con esa lucidez filosa, Jury se plantó frente al mundo.


Nacido en el barro fundacional de Luján de Cuyo, Mendoza, este hombre que se levantaba con el canto de los gallos y montaba en pelo en su refugio de Tortuguitas, fue mucho más que "el hermano de Leonardo Favio". Fue, en rigor, la raíz y la mitad silenciosa -pero jamás opacada- que le puso palabra y alma a hitos como 'Crónica de un niño solo', 'El romance del Aniceto y la Francisca', 'Juan Moreira' y 'Gatica, el mono'. Un sentipensante de la periferia.


Su figura emergía como una de las leyendas orales más potentes de nuestra cultura, forjada en la calle, escuchando las voces de los desposeídos que nunca fueron mudas, sino que simplemente no fueron oídas.


Escritor, guionista, pintor y director, se definía con una humildad que estremecía: "Creo ejercer la vida sin más particularidad que la del changarín". Para él, el arte era un suceso político inevitable: “Me considero la resultante de mi recuerdo”, decía, y en sus recuerdos habitaban noches de adobe bajo la lluvia y la mística de los nadies. Una escuela de coraje que dejó como semilla en su hija Luciana Jury, quien se alza con su voz donde sea porque aprendió de él el valor de decir "no".


Hoy el Negro se fue, y la noticia me parte en mil pedazos. Me toca despedirlo conectando los hilos de mi propia militancia cultural, recordando también cuando me tocó laburar en prensa para la película dirigida x él de 'Miguel Ángel Estrella'. Ambos entendieron que el arte le pertenece al pueblo y que la dignidad no se negocia.


El Jury ya ganó la batalla contra el olvido cada vez que mojó el pan en la esperanza y en la memoria para que no se sequen. Hoy se junta con los grandes. Buen viaje, Negro. Adiós, Maestro. Su fuego queda encendido en nuestra sangre.

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