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  • La Yapa

Nacha Guevara habla, dice, expresa y comparte en una entrevista imperdible

Nacha Guevara es , quizás, una de las actrices más importante del país. Hija de su propio talento recorrió el mundo trepada a la aventura de vivir intensamente. Actriz, cantante, autora, osada, auténtica: una joya de nuestro patrimonio cultural. Imperdible entrevista realizada en La Usina del Arte en Bs. As. frente a un puñado de alumnos de la Institución.

—Bueno, a ver. Cómo llegué yo hasta aquí, ¿quieren la historia breve o la historia larga?

—La larga.


Nacha Guevara entra al estudio. Hola, dice. Algunos estudiantes responden, con miedo, hola. “Hooola”, vuelve a decir Nacha, despertándolos, o invitándolos a estar tan despiertos como ella. Y entonces la técnica funciona: “¡Hola!”, responden, ya con otra voz, otro volumen, otros ojos. “Ahora sí”, dice Nacha.


Los siguientes minutos -la siguiente hora- sucederán en una atmósfera extraña. No es casual: una miríada de acontecimientos debió suceder para que estuviéramos todos ahí, respirando lo que Nacha llamará, sobre el final, el milagro de la vida.


Pero conviene ir de a poco, preguntándose primero y cada quien qué historia prefiere: la corta o la larga. En el primer caso tiene el video al comienzo de esta nota. En el otro tiene el texto que, a continuación, completa una nueva entrega del ciclo Cómo Llegué Hasta Aquí.


Hola.

Hooooola.

Ahora sí, bienvenidos.


Durante una hora, la actriz y cantante habló con los y las estudiantes presentes en la Usina del Arte. Todos quedaron conmovidos con su charla.

“La historia breve es muy simple: me trajeron en un auto hasta aquí. Ahí se termina. La otra es más complicada, es más larga, tiene muchos altibajos, tiene muchas subidas y bajadas como toda vida humana. Aun la más sencilla, la que nos parece una vida aburrida, si nos tomamos el tiempo y ponemos la atención en esa persona vamos a descubrir que toda vida es una aventura, que toda vida es una travesía, y que toda vida tiene que atravesar muchas tormentas y tiene que levantarse muchas veces. Pero eso lo hacemos todos, no es el patrimonio de algunos elegidos: toda vida requiere valentía, toda vida requiere vencer desafíos”, dice para comenzar, antes de meterse de lleno en su historia.


“Tengo 80 años así que si se los cuento todo no terminamos ni en el 2022, pero voy a tratar de hacer síntesis y contar lo que yo considero esencial, lo que más me marcó, lo que más determinó que yo llegara hasta aquí de la manera en que he llegado”, continúa.


La infancia


“Yo nací en Mar del Plata en un hogar muy humilde. Tuve una familia completamente disfuncional en todos los lugares donde miraba, no solo padre y madre, sino los tíos, los abuelos... No había ninguna estabilidad en esa familia. Cuando uno es niño lo absorbe, no lo critica, no lo evalúa, no se siente víctima... eso es lo que hay y con eso se vive. Cuando vamos creciendo empezamos a sentirnos víctimas, pero en la infancia tenemos todavía esa frescura, esa inocencia de aceptar lo que sucede”.


“Una familia con abuelo italiano, inmigrante, que llegó a la Argentina a los 14 años sin saber ni leer ni escribir, solo, que se las rebuscó como pudo. Una abuela muy alocada que era el escándalo de los vecinos, porque para su época era muy lanzada, a ella no le importaba nada de la opinión ajena y en eso era una maestra, y de algún modo mucho más tarde me di cuenta de que ese era el legado que ella me había dejado, ella vivía su vida como a ella se le antojaba: no le importaba la crítica ajena, no le importaba hacer el ridículo, ella era ella”.


“Tengo una madre también, como todos. No tuve la mejor madre, tuve una madre maltratadora, tuve una madre muy difícil y tuve un padre abandonador que se fue cuando yo tenía seis meses. Se separaron y yo lo conocí recién a los 46 años, de modo que hay muchas fracturas desde muy temprano. Pero apareció un personaje, un amigo de la familia”.


“Era un obrero de la construcción, se llamaba Fausto Vega, el nombre más argentino que uno pueda imaginar. Él era una persona hermosa, físicamente era hermoso, era un hombre grande, mayor, alto, delgado, con esas caras angulosas, tenía el pelo blanco, los ojos azules y era amigo de la familia, un amigo raro porque no encajaba en esa familia. Él era naturista, él hablaba de otras cosas de las que hablaba mi familia, y mi familia no lo escuchaba. Cuando lo veían venir decían: ‘Uy, ahí viene el hinchapelotas de Fausto’. Pero el hinchapelotas de Fausto era un ser muy especial, y aunque mi familia nunca lo escuchaba, había alguien que sí lo escuchaba: una niña de cuatro años que sí lo escuchó. Y lo escuchó con mucha atención y observó cómo era esa persona. Tenía una mirada perdonadora, esa persona no juzgaba como mi familia, no hacía comentarios cínicos, no criticaba, era una especie de predicador laico de lo que él había aprendido. Y solo me interesó a mí, por eso hay que tener mucho cuidado cuando uno habla, porque uno nunca sabe quién lo escucha y dónde va a caer eso que uno dice”.



"Tuve una familia completamente disfuncional en todos los lugares donde miraba, no solo padre y madre, sino los tíos, los abuelos... No había ninguna estabilidad en esa familia", cuenta.

“Esa relación cuando nos vinimos a Buenos Aires se perdió en el tiempo, y la perdí y me olvidé. Mucho más grande empecé a darme cuenta de la influencia que ese hombre había tenido en mi vida”.

“Muchos años más tarde yo estaba en España y una mañana me desperté pensando en Fausto Vega y tomé el teléfono y llamé a mi madre. Le dije: ‘¿Qué es de la vida de Fausto Vega?’. Y me dijo: ‘Fausto murió anteanoche’. Esa conexión estuvo siempre. Y yo me emociono cada vez que cuento esto porque esa persona fue la única persona bondadosa que yo tuve en mi primera infancia. Esa conexión fue tan profunda, tan delicada, tan sutil, que rompió la barrera del tiempo y yo supe de algún modo cuando él se fue”.


“De modo que mi primer maestro, porque mis maestros de escuela fueron todos espantosos, odié la escuela desde el primer día que fui (fui una alumna mediocre todo el tiempo), mi primer maestro es Fausto Vega. Y sería bueno que ustedes recordaran, porque siempre hay algún maestro que no es precisamente el maestro que está establecido por los cánones que conocemos”.


“Maestro podemos ser todos, pero piensen quién fue su primer maestro, alguien que hizo una profunda impresión en ustedes, porque esa persona es importante, esa persona estuvo ahí para algo, esa persona a mí me hizo diferente: sin su presencia yo no sé si hubiera sido igual. Así que tuve ese privilegio de tener a ese hombre, a Fausto Vega, un obrero de la construcción, un hombre avanzado, un independiente, un personaje distinto, un patito feo porque era la burla de todos los demás, un hombre que tenía una enorme sabiduría”.


“Mi infancia luego de eso no es una infancia feliz. No tuve una infancia feliz. Era muy fantasiosa yo, y seguramente me aislaba en eso, creando mis mundos propios. Y he descubierto que en todos los artistas, y en especial los actores (que es el mundo que yo tengo más cercano), las infancias difíciles parecerían ser inevitables. He estudiado la vida de muchos y he visto reportajes estupendos del Actors Studio, muy sinceros, muy abiertos e invariablemente la historia no es fácil al principio. Así que no hay que asustarse si uno tuvo una infancia que no es la de Disney. Es una manera como cualquier otra de entrar aprendiendo, de entrar a la vida”.


“Tengo 80 años, así que si se los cuento todo no terminamos ni en el 2022. Voy a tratar de hacer síntesis y contar lo que yo considero esencial", adelantó Nacha. Los tiempos del Di Tella

“Después de pasar una infancia y una adolescencia muy difíciles, tuve la oportunidad de ser parte del grupo del Instituto Di Tella. Lo que se permitió el grupo en el Di Tella fue equivocarse. Equivocarse y no buscar resultado. El éxito está en la experiencia, el éxito es hacer la experiencia. Hoy vivimos en un mundo donde todo tiene que tener resultado inmediato y si no no sirve. Y eso nos ha vuelto tan mediocres, tan cómodos, tan manipulables y tan poco creativos... En la ciencia, en el arte y en la vida hay que equivocarse, ensayo y error, ensayo y error, y no buscar el éxito como resultado, buscar la experiencia de hacerlo como resultado”.


“Esa fue una época mágica, donde coincidieron cantidad de cosas que sucedían al mismo tiempo, desde Los Beatles, el viaje a la Luna, Mayo Francés, Andy Warhol, Angela Davis, Rosa Parks, la guerra de Vietnam y el Di Tella. Y no teníamos internet, no nos podíamos copiar, no había manera. Si se nos ocurría hacer una mesa no podíamos buscar ‘mesas’ en Google y de ahí sacar una mesa, eso no existía”.


“Todo esto que les dije antes estaba pasando al mismo tiempo en todo el mundo, pero no nos notificábamos inmediatamente. Sí sabíamos que había un Andy Warhol, sí sabíamos que el Mayo Francés era importante, que estaba Jean Paul Sartre, la Revolución Cubana, sí sabíamos que el lema de la época era ‘seamos realistas, soñemos lo imposible’. Pero la búsqueda era individual, cada uno buscaba por sí mismo, cada uno buscaba su propio camino”.


“Y a pesar de que esa época era muy dura, porque había gobiernos militares y había represión, había pequeños huecos por donde filtrarse y hablar con la voz propia. Hoy es mucho más difícil a pesar de que las sociedades son más democráticas, porque ya todo está programado, ya todo está decidido de algún modo, y no por nosotros, está decidido en otros lugares, y la globalización lo que trajo es el concepto ‘manada’: todos las mismas zapatillas, todos la misma gaseosa, todos la misma hamburguesa, todos la misma canción... Los humanos no nacimos para eso, nacimos para cantar nuestra propia canción, nacimos para diseñar nuestras propias zapatillas, nacimos para cumplir nuestros sueños. Hoy eso parece algo tan desubicado, porque todo está enfocado, dirigido y programado en otra dirección, pero esto pasó muchas veces en la humanidad, en otra escala, de otra manera, pero siempre hubo unos locos que no hicieron lo que estaba previsto, que no fueron por el camino indicado. Siempre los hubo, siempre los habrá. Todos los movimientos empiezan con muy poca gente, los apóstoles fueron doce, la Revolución Francesa fueron un puñado, todos los grandes cambios empiezan por poca gente, y si esa idea es correcta para su tiempo eso se va expandiendo a pesar de todo, así que no se desanimen: pueden, tienen todo para hacerlo, no se asusten, el miedo es el peor enemigo, el miedo paraliza”.


“La libertad es la eterna búsqueda. Y no estamos hablando solo de la libertad de los derechos civiles, porque eso desde luego, eso es lo básico, lo elemental, lo que ya debería estar. Pero hay otra libertad, que se llama la libertad interior y es la libertad de ser quien uno verdaderamente es. Es muy difícil ser libre con esa carga que todos traemos, porque todos nacemos en una familia y recibimos esa influencia, pero tienen que saber que lo que fue cierto ayer no necesariamente es cierto hoy. Y ahí es donde comienza la libertad: la libertad de saber qué me pertenece y qué fui inculcado. Qué es mío verdaderamente y qué fue inducido desde otros lados, desde la televisión, desde los medios, desde todos lados, ¿es mío todo eso?”.


“En los 60 nosotros nos cuestionábamos mucho estas cosas. Había una juventud que estaba lista para eso, había un público que estaba listo para eso, que era curioso, que buscaba espectáculos en lugares insólitos, que aunque no tuviéramos publicidad, aunque no tuviéramos marquesina, iban, nos buscaban, llenaban los teatros. Fue un fenómeno muy especial y fuimos libres ¿y saben qué? Éramos libres porque no nos dábamos cuenta de que éramos libres. Solamente ejercíamos ese derecho de nacimiento. ¿Pagamos consecuencias por eso? Por supuesto. ¿Consecuencias duras? Por supuesto. Así que voy a seguir de esa juventud revoltosa, revolucionaria, alegre, curiosa, valiente, desorejada, de esa juventud que hacía cosas maravillosas y hacía mamarrachos espantosos, vamos a pasar a la etapa que sigue: el exilio”.

“La libertad es la eterna búsqueda. Y no estamos hablando sólo de la libertad de los derechos civiles", dice Nacha. El exilio

“Empezó una sucesión de gobiernos militares, y para una generación como la nuestra, que había aprovechado ese periodo que nunca más se volvió a repetir de vivir en libertad, eso era inaceptable. De modo que se entabló una lucha primero chiquita: nos llevaban presas por usar minifaldas y a los muchachos los llevaban presos por usar el pelo largo, esto que hoy parece un disparate era un cotidiano y así empieza. Así empieza, y eso va in crescendo hasta que llega a lo que supongo que todos conocen, que son las dictaduras militares. Y eso lleva a extremos por los cuales ciertos artistas se ven obligados a irse del país bajo amenazas de muerte o bajo atentados, como en mi caso, y donde muchas otras personas pierden la vida”.


“Y ahí viene el segundo momento de enorme aprendizaje de mi vida. Cuando me tuve que ir yo tenía 33 años, 3 hijos, 2 divorcios (no son divorcios porque nunca me casé), 2 separaciones más bien. Y llegó entonces esta dura amenaza de las Tres A, que era la Alianza Anticomunista Argentina, que ya había matado gente, ya había amenazado gente. Y llega una amenaza hacia la gente de la cultura. En esa primera lista aparezco yo con cuatro artistas más. Nos dieron 48 horas para irnos del país, y me ofrecieron una alternativa. Yo consulté con un periodista para que averiguara si esa amenaza era verdadera. Y cuando estábamos esperándolo en un auto bajó y dijo: ‘La amenaza es auténtica. Ahora, si dejás de cantar Yo te nombro libertad o De qué se ríe señor ministro’ te podes quedar’. Yo estaba con mi tercera pareja, con Favero, lo miré y le dije: vámonos, porque hoy me piden esto y mañana me van a pedir que me baje los calzones. Son esas decisiones que se toman sin pensar, sin que la mente intervenga. No intervino la mente, intervino algo más sabio que la mente, que no analizó. Si yo me hubiera puesto ahí a analizar, me voy, lo que pierdo, los chicos, no conozco a nadie, a dónde voy, no tengo plata... no hubiera tomado nunca esa decisión, y es la decisión más sabia que he tomado en mi vida”.


“Así que con 350 dólares y 3 hijos nos fuimos, ¿a dónde? A Perú. ¿Por qué a Perú? Porque era para lo que alcanzaba el pasaje. Nada más lejano que Perú de la vida que estábamos viviendo, de la vanguardia del Di Tella, de la locura que teníamos. Así que fue una experiencia desastrosa, sumada a un terremoto que ocurrió a los dos días de llegar, el día de mi cumpleaños, un terremoto 7.6, el más largo del siglo. No faltó nada. Estuvimos en una pensión espantosa, llena de cucarachas, donde había por alguna razón inexplicable un busto de Lenin. A nosotros nos acusaban de comunistas y cuando llegamos y vimos el busto de Lenin en el living dijimos: ¿qué carajo es esto? Pero, no había plata para irse a otro lugar, y ahí nos quedamos”.


“No había trabajo por ningún lado y yo no podía en ese mundo cultural de Perú en ese momento ir a decir: ‘Yo canto canciones de Boris Vian, de Georges Brassens, yo soy de la vanguardia ditelliana’... Imaginate, eso era imposible, entonces en medio de ese desastre recuerdo que un día me senté en ese camastro inmundo que teníamos y dije: esto no va a poder conmigo. Mi auditorio eran mis tres hijos, mi pareja y Norman Briski y su mujer que también estaban en la misma situación que nosotros (vale decir que Briski era el papá de mi hijo del medio, y por eso nos pareció bien irnos juntos también). Frente a este pequeño auditorio yo dije: ‘Esto no me va a vencer a mí, estos hijos de puta no van a poder conmigo, acuérdense lo que les digo en este momento: yo voy a llegar a Broadway desde aquí'. Si había algún disparate que se pudiera decir en ese momento era ese”.


El primer destino de su exilio fue Perú. No le fue bien, y se fue a México, donde conoció gente que la ayudó.

“Yo llegué a Broadway. No sé cómo, cómo se tejen los caminos, pero yo llegué a Broadway, y tuve la experiencia más extraordinaria profesional que yo pudiera haber tenido. Y tuve al director más grande del musical, el mago de Broadway lo llamaban, al director del siglo XX que dirigió todo, Cabaret, West Side Story, El fantasma de la opera, todo... Él me llevó de la mano, y fue mi asesor por tres años en Estados Unidos”.


“Qué me hizo decir a mí eso ese día, no lo sé. De nuevo: si hubiera analizado la situación en la que estábamos, si hubiera evaluado cuáles eran las posibilidades de llegar a Broadway, jamás hubiera hecho esa declaración. Pero faltaba mucho todavía para eso, así que primero fuimos a México, donde las primeras actuaciones me tiraban maníes, me tiraban monedas, donde una vez que habíamos conseguido un trabajito era para dar una charlita en una institución sobre los exiliados. Nos pagan lo suficiente para el supermercado y dijimos: vamos”.


“Sucedieron muchas calamidades pero también sucedieron cosas mágicas. Una vez apareció un grupo de montañistas, jóvenes mexicanos, y nos invitaron a comer a su casa. Si era comida era bienvenida, así que allá fuimos. Era un departamento pequeño, de gente humilde, muy amorosos. Y en un momento apareció una guitarra y Favero, que es un pianista, la tocó como pudo. Ahí estrené Te quiero, esa famosa canción que después fue por todo el mundo. Se estrenó ahí, frente a ocho mexicanos sensibles, solidarios”.


“Y una de esas personas, Miguel Monroy, era un maestro de escuela, y se hizo amigo nuestro. Conociendo nuestra situación, nos venía a visitar a veces y antes de irse, sin que nadie lo viera, nos dejaba una porción de su modesto sueldo de maestro bajo el plato. Cosas mágicas pasan. Yo lo que comprobé es que el universo te lleva hasta tu límite, y un poquito más allá, porque si no te llevara un poquito más allá, ¿cómo creceríamos? Y en el momento en que ya cruzaste el límite y no das más, el universo se encarga y te manda a la persona indicada, te da el trabajo indicado. Eso me enseñó a confiar y cuando me asusto, hoy, ayer, mañana, ante circunstancias adversas que me siguen pasando y que me dan miedo, digo: ‘A ver ¿de qué carajo me estoy asustando yo? Acordate de eso, acordate por las que pasaste y acordate cómo saliste de eso: más fuerte, mejor persona, más linda’”.


“El exilio para mí es la experiencia de mayor aprendizaje de mi vida. Lo que podría haber sido un desastre se convirtió en eso: conocí gente extraordinaria, compartí con gente extraordinaria, llegué a los lugares a los que quería llegar, me hice amiga de los artistas que admiraba del mundo, ¿hubiera logrado eso desde aquí, sin salir? ¿Qué opinan?”, pregunta.


—No —dicen los presentes.


“Está bien, me dieron una patada para irme, yo no me hubiera ido, pero yo hice uso de esa patada. Como les dije al principio: en la vida nos va a pasar de todo, todo el tiempo, pero la vida no se mide por lo que nos pasa, sino por lo que hacemos con lo que nos pasa. Y esa es una elección, la vida es una elección constante”, continúa Nacha.

“El exilio para mí es la experiencia de mayor aprendizaje de mi vida, lo que podría haber sido un desastre se convirtió en eso", dice, sobre su salida del país a causa de una amenaza de la Triple A.

“En el día de hoy ustedes han hecho muchas elecciones, algunas triviales, algunas fundamentales, algunas inconscientes, algunas conscientes, pero todas van a afectar el futuro. Todas. Así que lo que importa no es lo que nos pasa, porque estamos destinados a que nos pase de todo, la pregunta es ¿qué voy a hacer yo con esto que me pasa? Y en el momento que digo eso, soy libre, me doy cuenta de que soy libre. Porque aún en el momento más extremo una persona puede elegir. Yo siempre pienso como el momento más extremo una persona a la que están torturando para que diga el nombre de un compañero, para que lo denuncie, para que lo delate. Aun en esas circunstancias, que es la más extrema que puedo imaginar, esa persona puede elegir, puede elegir hablar o callarse. Y no estoy haciendo una evaluación moral sobre lo que haga la persona. No, de ninguna manera. Pero aun ahí hay elección, así que no digan nunca que no tienen elección: siempre tienen elección. Y ahí llegamos al final del exilio y a mi vuelta al país”.

El regreso a la Argentina


“Voy a ser muy sincera: cometí un enorme error volviendo, debí haberme quedado. Estaba en un momento de mi carrera extraordinario, debí haber vuelto y debí haberme ido de vuelta. Ir y volver. Esa vida de nómade no debí haberla abandonado. ¿Tiene explicaciones de por qué? Por supuesto: la tierra, los lazos, la familia… pero igual me equivoqué, yo no seguí creciendo de la misma manera. Aquí todo me cuesta un esfuerzo extraordinario y no estoy en el exilio, o sí, es una especie de exilio. Esos años que nos separaron, estuve diez años separada del país, hicieron que mi evolución fuera muy distinta a la evolución de los que se quedaron, como es lógico. Y eso creó una distancia, creó algo que no sé cómo definir, pero es como si llegaras a la casa de tu familia y están todos comiendo pero el plato no está puesto para vos. Se van a levantar y lo van a poner, pero la mesa no está lista para vos. Esos diez años crearon ese desapego, ese distanciamiento, porque lo que yo viví en esos diez años es muy poderoso, y lo que se vivió aquí fue muy poderoso pero muy diferente”.


“De modo que este es el retrato más o menos de quién soy, pero ¿saben qué? una partecita mínima, porque hay mucho más, y porque acá yo les cuento lo más lindo, lo más feo no se los cuento. También soy una mujer independiente, soy desobediente, tengo lo que en los hombres se llama carácter y en las mujeres se llama mal carácter, y estoy tan contenta que si quieren ahondar en alguna cosa que les haya interesado o hacerme alguna pregunta, aquí estoy ¿en qué puedo ayudarlos?”.


Preguntas para Nacha


Una estudiante levanta la mano un tanto tímida pero decidida. Nacha la mira. “Sí, querida”, le dice. La estudiante toma el micrófono y pregunta.


—¿Nacha, en algún momento de su vida buscó más el éxito que la felicidad?

—No, no he buscado el éxito, porque además hoy sé que el éxito hace fracasar a mucha gente. Lo vemos en todos lados, y hay una noción de éxito que está muy metida, que es que para ser feliz tenemos que recorrer ciertos caminos. Por ejemplo: tenés que estudiar una carrera, tenés que recibirte, tenés que conseguir un buen trabajo y serás feliz. Tenés que encontrar una buena pareja, tenés que casarte, tenés que tener chicos y serás feliz. Tenés que comprarte una casa y un auto y serás feliz. Y después tenés que comprarte una casita en Punta del Este o en Mar del Plata, y serás feliz. Ahora, nadie nos dijo: “Sé feliz y después ve qué querés hacer”. Sé feliz primero y después ve si te querés casar, si no te querés casar, si querés seguir una carrera, si no querés seguir una carrera, si querés comprarte una casa, si no querés comprarte una casa, porque lo que yo he visto es que esa carrera de metas para ser feliz no funciona, no funciona. Lamento decepcionarlos si creen eso, pero no es así como funciona.


Borges decía: “No hay un día en la vida en que uno no pase un momento en el paraíso”. ¿Qué quería decir con eso? Un momento de felicidad, empiecen por registrar esos momentos, empiecen por hacerlos conscientes, porque en toda vida y en todos los días hay aunque sea un momento de felicidad, un momento de satisfacción, un momento de plenitud. Préstenle atención, la atención es poderosa, aquello en que ponemos la atención tiende a desarrollarse, y aquello de lo que quitamos la atención tiende a desaparecer. Esto los físicos cuánticos ya lo saben y ya lo comprobaron, el campo cuántico se activa cuando alguien lo observa, cuando alguien le pone atención. Imagínense si podemos poner atención en el momento en el que somos felices... eso potencia ese momento, al hacerlo consciente se vuelve más poderoso. Y no hay salud perfecta sin felicidad, imposible, imposible, así que el camino es la búsqueda de la felicidad.


"Hay una noción de éxito que está muy metida, que es que para ser feliz tenemos que recorrer ciertos caminos. o tener ciertas cosas", cuestiona Nacha.

—Yo le quiero preguntar cómo fue que conoció a su padre a los 46 años, que lo mencionó al principio...

—Muy jovencita empecé a sentir que había muchas preguntas sin respuesta. Y entonces ahí empecé como una investigación, una búsqueda, con el enojo terrible de mi madre, que le parecía que eso era una traición espantosa, que yo quisiera conocer a mi padre. Entonces logré tener una pequeña entrevista a los 25 años. Pero un touch en el cual lo que él encontró mejor para decirme es que él no era mi padre, con lo cual adiós, y seguí con la vida. Siguió el Di Tella, siguió el exilio, siguieron los hijos, los maridos, siguió todo. Y cuando volví del exilio yo fui a hacer un espectáculo en Mar del Plata durante el verano, después de haber hecho un espectáculo extraordinario en el Teatro Coliseo. Y mi padre era de Mar del Plata, entonces de alguna manera todas las noches cuando estaba haciendo la obra, mi fantasía infantil decía: ‘Esta noche va a aparecer’. Porque habían pasado tantas cosas. Su hija había pasado por toda esa experiencia tremenda, extraordinaria, y volvía. Yo dije va a aparecer, esta noche va a aparecer. Esta noche va a aparecer. No apareció. Entonces un lunes, el día de descanso, me desperté con fiebre.


La fiebre en general significa un enojo muy grande y una rabia muy grande. Y me di cuenta inmediatamente que era eso, que yo estaba tremendamente enojada con que ese hombre no se hubiera acercado a ver a su hija. Entonces llamé a mi hermana, que sí tenía alguna relación con él, y le dije: ‘Acompañame porque hoy lo voy a ir a ver’. Entonces mi hermana me acompañó, me llevó hasta la puerta, y como es una mujer muy sabia me dijo: ‘Ahora vos sola’, y me soltó en la puerta. Él vivía en un apartamento espantoso, miserable, triste, pobre. Y yo llegué, me enfrenté a él y le dije todo lo que tenía ganas de decirle. Me descargué de todo lo que él no había hecho. De cómo se había comportado. Todo. Él era una persona muy especial, una persona muy indiferente. Si le pasó algo con eso, nunca lo supe. No me enteré. No lo demostró. Y después de eso le hice hacer un curso acelerado de padre. ¿En qué consistió? Que me tuviera en upa. Tenía 46 años yo. Que me tuviera en los brazos. Que me fuera a comprar un helado. Que me llevara a la plaza. Él no tenía el menor interés en hacerlo, y a mí me importaba un carajo, yo quería que él lo hiciera. Entonces por unos días le hice hacer de padre. De un padre con una hija chica digamos. Y él lo hizo, ni oponiéndose ni aceptándolo, nada, como una planta. Eso fue interesante. Para mí fue interesante poder llegar a hacerlo.


Y la relación culmina y se termina cuando un día después, o a los pocos días, voy con mi hermana a comer y él me comunica que como yo he aparecido él va a cambiar de nombre la casa para que yo no se la quite. O sea, un miserable, era un ser miserable. Y ahí termina la relación, porque ahí ya no hay más nada que hablar. ¿Cómo más puede ofenderte una persona? No hay, no se me ocurre ninguna otra manera. Y ahí termina, esa es la relación. Cuando estaba por morirse... la vida tiene unas curvas muy raras... él había adoptado un hijo al que quería y cuidaba, al cual no abandonó, porque él abandonó varios hijos, no solo a mí. Y ese hijo cuando se quedó solo con él y él estaba enfermo, lo maltrataba terriblemente. Entonces cuando yo estaba en España de nuevo trabajando, ya no exiliada, me enteré de que estaba en esa situación y le mandé un mensaje a través de mi hermana diciéndole que no permitiera maltrato de nadie, que conmigo estaba todo bien. Que si yo hubiera estado en su misma situación tal vez me hubiera comportado de la misma manera. Así que que se fuera en paz. Y se murió a los pocos días. De modo que es algo que yo cerré. Y a raíz de eso puedo decir que la muerte es una liberación. Porque el día que se fue, él me liberó. Esa es la historia de mi papá.


A los 46 años, Nacha buscó a su padre y lo fue a ver. "Lo obligué a hacer de padre", cuenta.


—Con toda esta historia de vida, ¿dónde encontró el amor que su familia no le dio?

—En el público. Yo siempre digo que el público es mi amor más permanente. La relación con el público no es un cliché, no es una fórmula que cuando vas a recibir el premio le agradecés a tu público. No. Cuando uno establece a lo largo de los años una relación con el público, esa relación se vuelve muy poderosa, y no está basada en las palabras, está basada en un acompañamiento. Porque al mismo tiempo que mi vida va sucediendo, la vida del público también. Son vidas paralelas. De modo que cuando llegan 30, 40 o 50 años de estar sobre un escenario, te encontrás con compañeros de ruta que han estado ahí cuando estaban las bombas, cuando no se podía ir, cuando era un éxito, cuando era un fracaso. Que han estado ahí siempre. El público es el gran maestro. Vos podés ensayar hasta morir, estudiar hasta morir, pero el primer ensayo verdadero es cuando está el público. El público va a ir enseñando todos los pasos que tenés que cumplir. Y eso no es a través ni de la risa ni del llanto ni del aplauso, eso también existe, es a través de algo más profundo, algo más delicado. Algo más silencioso que se establece. Es una comunión que se produce entre el intérprete, el artista y el público. Para eso hay que recorrer un largo camino como artista y hay que dejar el ego de lado. Porque si yo actúo desde el ego me comunico con tu ego. Si yo actúo desde la mente me comunico con tu mente. Pero si yo logro actuar desde el corazón me comunico con tu corazón. Y eso produce momentos inolvidables para el público y para uno. Es una comunión. Y para eso hay que renunciar a la necesidad de agradar, de ser aceptado y de que te quieran.


La mayoría de los actores sale a ser aceptado, a agradar, a ser querido. Es un camino que no lleva al lugar que ellos quieren ir. Yo lo hice mucho tiempo eso, eh. Pero después entendí que es hasta una falta de respeto. O querer convencer al público de algo, de que lo que estás diciendo es la verdad. De que tu idea es la correcta. Todo eso tiene que quedar allá, afuera. El actor tiene que salir en blanco a ver qué pasa. Absolutamente disponible. A hacer lo mejor que sabe y lo mejor que puede. Eso es todo, ni más ni menos. Y en el momento en que uno logra eso, la comunicación con el público cambia por completo. En el escenario es más fácil de lograr que en la vida. Si lo pudiéramos hacer en la vida, la vida también cambiaría por completo. Pero el escenario tiene esa protección, esas reglas, que permiten que uno pueda hacerlo. Por eso yo soy tan agradecida a mi vida en el teatro. A mí me ha transformado, me ha hecho mejor persona. Porque las leyes que rigen el teatro, el drama teatral, son las mismas que rigen la vida. El teatro no es el teatro, el teatro es una escuela de vida. Todo el mundo debería actuar un tiempo en su vida. Ser otro. Escuchar al otro de otra manera. Actuar en el presente como actúa el actor que es vivir en el presente. Yo lo aconsejo sinceramente. No para que sean actores, si quieren ser bienvenidos, pero como escuela de vida. Recuerden, las mismas leyes que rigen la vida son las leyes que rigen el drama teatral. Así que mi gran reparador ha sido el teatro, el arte y el público.


"¿Ustedes tienen idea la miríada de acontecimientos que han tenido que suceder para que nosotros coincidamos aquí en este momento?", dice Nacha sobre el final de la charla.

—Nacha, hoy nos habló muchísimo sobre la felicidad. Le quería preguntar cuáles fueron los momentos más felices de su vida.

—Haber llegado a Broadway es uno. A veces cosas más sencillas eh, como ver jugar a mi gato. O como poner atención en la naturaleza. Háganlo mucho eso, conéctense con la naturaleza. La naturaleza es la gran maestra. Tengan intimidad con la naturaleza. Estén, nada más. No analicen. Estén ahí. La naturaleza tiene muchas cosas para enseñarnos. Muchas cosas para contarnos. Y cuando nosotros estamos en la vida que llevamos, tan distraídos con tanta cosa, que el 80% no sirve para nada pero igual estamos metidos en esa vorágine, ese contacto es sanador. Es sanador y enseña. Pero no enseña de la manera que nosotros estamos acostumbrados, no te enseña con palabras. No te enseña con un texto. No, es por otra vía. Es como si fuera por ósmosis. Aprendés. Empezás a descifrar sin darte cuenta ciertas leyes naturales, que son las que rigen nuestras vidas. Nosotros hemos llegado a un punto en que ignoramos el mundo en que vivimos y las leyes que rigen nuestras vidas. Creemos que todo es un mundo de plástico y de computadora. Y estamos haciendo el desastre más grande que ha hecho la humanidad hasta este momento. Estamos destruyendo nuestro hogar. ¿Qué animal tan estúpido hace eso? Díganme si conocen un animal tan estúpido como para destruir su propia casa. Y ustedes que son jóvenes tienen una tarea ahí. Aborden esa tarea. Estudien eso. Únanse en grupos. Porque ustedes van a recibir muchas de las consecuencias de este desastre. Y es más tarde de lo que creemos. Les ha tocado heredar una edad de ignorancia. De falta de respeto a la vida. Pero bueno, hay que ponerse en pie. No esperen que lo haga otro. Porque el otro posiblemente no lo haga.


Acá se trata de defender la vida ya. La vida sobre la tierra. ¿O ustedes creen que esto que está pasando es una casualidad? ¿Ustedes creen que esto es algo casual? ¿Que es un bichito que se emputeció y nos vino a molestar? ¿O es la consecuencia de que hemos devastado el planeta? Deforestado todo. Hemos invadido sus terrenos y se ven obligados a emigrar. ¿A emigrar hacia dónde? Hacia donde pueden. A lo que llamamos la vida civilizada. Y ellos buscan lo mismo que nosotros eh, sobrevivir. Y van a dar esa batalla. La están dando. Y en algunos momentos tienen más inteligencia que nosotros.


Hablo del virus este. Tiene una capacidad de adaptación que nosotros no tenemos. Él se adapta más rápido a las circunstancias que nosotros, que no nos queremos poner el barbijo, que queremos hacer fiestas estúpidas, que salimos desesperados a los bares. ¿A qué? ¿Ustedes saben las cosas por las que ha pasado la humanidad y se la ha bancado con más estoicismo que nosotros? ¿Qué se nos pide al final? Que nos cuidemos y que nos quedemos en casa. ¿Es mucho pedir? ¿O nuestras casas son tan detestables que no podemos vivir ahí? Pero yo he observado que si estamos en el trabajo odiamos el trabajo. Y si estamos en la casa odiamos la casa. Y si estamos sin pareja nos quejamos. Y si estamos con pareja nos quejamos. Yo creo que este es tiempo de reflexionar, mucho. Y que este pequeño inteligente virus, porque es inteligente, porque la inteligencia está presente en todo el universo, no nos gane la batalla. Y sobre todo que no nos la gane por ser estúpidos.


Así que a cuidarse. A cuidar el planeta. A cuidar la vida. A cuidar el milagro de la vida. A veces nos olvidamos que estamos vivos. Si recordáramos que estamos vivos nos comportaríamos diferente. ¿Ustedes tienen idea la miríada de acontecimientos que han tenido que suceder para que nosotros coincidamos aquí en este momento? ¿Tienen idea? No, es imposible que la tengan. Pero se tejieron esos acontecimientos, se fueron tejiendo para que esto sucediera. Y así con todo. Cuando apreciamos eso, todo es un milagro. Respirar es un milagro. Hay un maestro al que le preguntan: ¿dónde está Dios? (Y cuando digo Dios pueden ponerle el nombre que quieran). ¿Dónde está Dios? Y el maestro contesta: en cada respiración. Llévense eso con ustedes y recuerden que en cada respiración está el milagro de la vida. Gracias.


Por: Joaquín Sánchez Mariño. Fotos: Gustavo Gavotti

Agradecimiento: Usina del Arte y Susana Mitchell, Coordinadora Laboratorio de Comunicación y Medios-FCS-UCA y Fontenla (Furniture Design)


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