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España, Argentina, conventillo y Perón

Por Hilda López


Mi padre había nacido en una estancia en San Carlos, Brasil, donde arribaron en familia a buscar conchabo, porque la madre (mi abuela Francisca) estaba en trabajo de parto y tuvieron que quedarse en el puerto brasilero con la parada del barco que los traía de España para quedarse, parir y ver. Luego de un breve tiempo, partieron a Buenos Aires para llegar a la Provincia de Córdoba donde había algunos parientes esperando.


Mi madre, nacida en Córdoba, fue criada a los tirones en el campo con un régimen impuesto por su padre (mi abuelo español) con madrasta incluída. Manolo y Avelina, el nombre de mis padres, se conocieron en un baile de campo y bien pronto organizaron casarse, no eran tiempos de noviazgos largos y mucho menos bajo el duro lente de mi abuelo. El casamiento tuvo ribetes de cine, un oficial del Registro Civil, una mesa, un libro de actas, unos testigos de por ahí, una novia con delantal que le cubría el vestido sencillo por demás, para no ensuciarlo al servir las empanadas a los invitados de por ahí también. Noche de bodas en un galpón armado como recinto con una cama y punto.


Manolo y Avelina tuvieron dos hijos: Oscar y yo. Salieron de Córdoba buscando mejores causas en Buenos Aires y llegaron con un par de bultos y los dos niños. Se alojaron en un conventillo de Constitución y luego se mudaron a uno de Barracas, donde mi madre se asignó el orgulloso título de Modista y mi padre logró un trabajo de peón en la Shell, después otro y otro y el plus de cargador en el puerto hasta la noche.


En ese lugar, Barracas, transcurrieron maravillosas horas de mi infancia, vida en comunidad, vecindario como familia, juegos reales con cartones, muñecas y figuritas con brillos, tacitas de lata, tardes de té en la vereda, sentadas en el piso alrededor de una mesa de cartón, y la soga, las escondidas, la mancha, las estatuas, un mundo fantástico que construyó en mi la fantasía de poder hacerlo todo o casi todo.


El conventillo era peronista, Barracas era peronista, y aunque no sabíamos muy bien de que se trataba serlo, entendimos que formaba parte de la mesa a la hora de comer, de las cuentas a la hora de pagarlas, de los juguetes en Reyes y pan dulce en Navidad, de esas voces que se escuchaban en la radio con esa marcha que repetían todos y que aprendimos con mi hermano como una oración: “Los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos y como siempre daremos un grito de corazón: ¡Viva Perón!".


En el balcón del patio descubierto habíamos vivido el 17 de octubre como un dia que no se borró jamás de nuestra memoria: desde ahí miramos a la legión impresionante de gente que venían de todos lados hacia la plaza a pedir por Perón con una mujer que marcó esa historia con su pasión: Evita.


Si, el conventillo y Barracas eran peronistas, y también los padres de mis amigas y el almacenero y la tia de mi amiga, y el panadero y…nosotros, la familia de Manolo, ese peón, Avelina, esa modista, Oscar, mi hermano futbolero y repartidor de carne y yo... una piba que se abrazó llorando a su madre el día que se murió Evita porque sabía que se murieron muchas, muchas cosas más.


A veces no hay que explicar las cosas, están y son.

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