http://media.neuquen.gov.ar/rtn/radio/playlist.m3u8
top of page

Estafeta postal

Un relato de María Aurelia Martínez


¿Cuántos años hacía que conocía al Fabián?


Él pegaba las estampillas una por una, mojándolas con la lengua, aún cuando Luisa, con toda la ternura del primer momento, le había cedido su almohadilla de goma para que no se le secara la boca. Y ahora la miraba por cada vez que humedecía una estampilla y ella veía cómo movía los labios gruesos y bien formados.


La pila de sobres era importante y descansaba sobre la mesa. Todo el pueblo había escrito para participar en el concurso de TV, por lo que el trabajo había aumentado esa semana. Desde el lunes que el Fabián los ayudaba porque ella y Don Arturo no daban abasto.


Y así el lunes y el martes, y ese miércoles, en que eran las tres de la tarde y llevaban todo el tiempo cruzándose las miradas.


Luisa, como quien saborea un helado, se daba cuenta de la lengua del Fabián, brillante y resbalosa, pasando sobre el dorso del timbre.


Iba lento el sellado de los sobres. Se apuró lo más que pudo. Tuvo que tragar generosamente para mojarse la garganta cuando observó sus cejas abundantes, que le redondeaban los ojos oscuros. Y esos granitos de la adolescencia que lo hacían más impúber, si se quiere.


Don Arturo, como buen jefe, hablaba por teléfono.



¿Cuántos años?. Se acordaba del Fabián cuando era alumno de su madre, con el guardapolvo heredado de la hermana y los zapatos un poco enormes. De él, pobrecito, se habían reido mucho, ella y la Angela, que iban a los grados más altos. Como si destapara un objeto inútil que la memoria tenía guardado, recordó haber sabido alguna vez que la madre se le había fugado con un camionero de la proveeduría.

Pero no le dio la memoria para recordar cuántas veces se lo había cruzado después de terminar el primario. Se le mezcló la pena con una sonrisa, pensando en que mientras ella leía Vosotras, él jugaba a las bolitas.


El Fabián seguía mirándola mientras Luisa ponía la pava para hacer un té.

Le parecía sentir el roce de la lengua sobre el papel minúsculo cuando él le sonreía complaciente.


Algo de temor tuvo por un minuto, pero no era temor, lo supo, era la marea que le corría entre las piernas.


Él no quiso té, ella se aferró a la taza y no dejaron de mirarse. Él mojaba las estampillas con pericia de doctor, ella sorbía el líquido azucarado gozándose el deleite.

Sobre la frente fruncida que se confundía con su ardiente pelada Don Arturo se secó el sudor con la mano y rezongó algo.


-Me voy – dijo el Fabián cuando terminó con su pila.


-Mañana seguimos – dijo el Jefe de estafeta sin mirar.


Por eso no se enteró de que el Fabián dejaba un bollito de papel en la mano de Luisa.

En su casa leyó la nota de torpe caligrafía: “En la oficina, a las ocho”. Y eran las siete y un cuarto.


Aturdida, se llenó los pulmones de aire y estando sola, se puso colorada.


La tarde se volvía oscura, con algo de luna en el cielo.


Ella tenía una solera de pintitas y el aire abrigaba cálidamente sus brazos.

No tuvo que buscarlo. No supo cómo, él había abierto las puertas del despacho y la esperaba.


Enseguida le sintió el olor al baño recién dado y a colonia dulzona.


Las manos habilidosas la acostaron sobre el escritorio vacío. Sin sacarle el vestido la recorrieron en toda su longitud y anchura, con la lengua y los dedos, tan despacio con un explorador, tan cauto como un vigilante.


Luisa no pudo razonar cómo había llegado allí pero era lo último que había querido saber, antes de sentirse mojada cuando sus gajos se abrieron mientras el afinador la templaba.


Tuvo la conciencia de un ahogo inmenso, le faltó el aire y fue un incendio animal que se le desmoronó en el cuerpo.


Ausente de cualquier otro espacio o tiempo, se apretó al Fabián...

Comentarios


whatsapp-verde.png

#todoescultura

banner_885.jpg

Gracias! Ya ya te responderemos.

bottom of page