Grupo de oración
- layapanqn
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Por María Aurelia Martínez
— Voy a mi grupo de oración — dice Haydée cuando se pone el paquete debajo del brazo y lanza a su marido una mirada de superioridad espiritual, cargada de una serie de condenas posibles. El hombre mueve el palillo en la boca de uno a otro extremo, alza los ojos por sobre los cristales de los anteojos y controla con precisión que su mujer se vaya. Una vez solo, su panza de roedor sube y baja.
Satisfecho de esa soledad transitoria, estornuda y se corta un pedazo de sandía, y el agua rojiza y madura que el plato ya no alcanza a contener se desborda sobre la mesa, cae al piso y el perro se acerca a lamer como si fuera la única comida del día.
No falta quien mira, en la tarde que se agacha sobre los álamos, cómo la figura de Haydée pierde sus contornos en la calle principal cuando gira a la derecha, una vez pasado el almacén.
— Voy a mi grupo de oración — dice Nélida, encendida por el apuro de no llegar tarde. Tantea su bolso de corderoy lleno de estampitas, pañuelos de papel y caramelos pegoteados, y deja con la otra mano el mate sobre la mesa. Yerba aglomerada, sin gusto, mala calidad de yerba. Cuando sale verifica haber puesto el paquete dentro de su bolso.
El hijo arregla la bicicleta en el patio sin mosaicos de la casa y cuando, de algún modo se da cuenta de que la madre habló, solamente alcanza a ver el gran trasero de ella desapareciendo detrás de la puerta.
Diez días hace que intenta armar su rodado y ahora le sobran rulemanes. Tampoco esta tarde va a poder salir a repartir los volantes que escribió la madre con fibra, para vender pastelitos en el barrio.
Siente un gran cansancio, se estira y bosteza con generosidad. Un rato después abre la puerta de la heladera.
— Voy a mi grupo de oración — dice Berta mientras se pinta de rojo los labios. Se acomoda el pelo dejándolo bien suelto sobre los hombros, se calza los zapatos de salir. El Chino le escucha otra vez ese mensaje de todos los miércoles. Afuera el aire es un poco confuso porque están quemando basura al lado. Tose y escupe. Enciende un cigarrillo. Ella sale cuando está lista y después caminan abrazados hasta el bar de Anatolio. Se golpea la cadera de ella, voluminosa, con la de él, apenas visible bajo el pantalón que flota.
Llegan. Berta le da la plata que está envuelta en una media de nylon. Se besan en la boca con ruido y mimos. Él le da una palmadita atrás, sobre la falda colorada y la mira caminar. Adentro del bar los amigotes gritan palabras obscenas. La mesa del truco está dispuesta.
Cuando llega al almacén Berta hace las compras, el papel de la envoltura se pone aceitoso antes de desaparecer ella en la esquina.
— Voy a mi grupo de oración — dice Noemí. La madre pela papas y no contesta. Tiene los ojos fijos en el trabajo que está haciendo con el cuchillo sin filo. Noemí patea una gallina que se mete por la puerta abierta, el animal cacarea asustado y larga alguna pluma. Desde la vía llega el silbato del tren, son las seis y la sombra del palo del tendedero ya llegó al borde de la ventana. Se miran las mujeres tratando de resistirse una con otra.
— Que los chicos se encierren temprano — , dice Noemí susurrando apenas, por el puro temor de que la madre responda o le tire el mismo cuchillo para calmar las cosas que piensa y no dice.
En alguna parte cree que la pobre vieja tiene mucho menos que ella, que sí tiene una casita para que entren sus cuatro chicos y ellas dos, pero también piensa que a la madre solamente la dejó un marido y no tres, como a ella.
Pierde la pulseada porque prefiere salir lanzando afuera su cuerpo grueso, antes de que la madre decida lanzar alguna palabra. Adentro queda el olor viciado del aire que se atrinchera durante todo el día, sumándose a sí mismo, sin ventilación.
Sale sin cartera, sin paquete. Refunfuña con ganas pero no tiene agallas para volver a entrar.
Tendrá que comprar en el almacén, agregando a la cuenta, si le fían.
Mirta no tiene que avisarle a nadie que ese es su día de oración. A las tres ya había puesto los pies en el fuentón con agua y sal, después leyó la revista de espectáculos y se depiló media pierna con cera casi fría. Hace calor y los pliegues de su vientre achaparrado destila una transpiración entrecortada. Se seca la frente con el repasador. Piensa en el Ovidio y piensa que es mejor ir de pantalones, porque para la otra pierna no le alcanza el tiempo. Si pasa por la cuadra de la panadería tal vez él la vea, total puede hacer dos cuadras más que no cuestan nada para ir hasta el almacén y de ahí hasta lo de Marta. Pero el pantalón no entra, entonces vuelve al vestido. El espejo de mano le muestra un amarillo seco igual que el de la tarde.
Entonces hace las dos cuadras de más, de Ovidio ni la sombra. Camina por la calle principal hasta el negocio. Don Avelino le toma la jugada, el 56 a la cabeza, esta semana sale. Otra vez afuera dobla a la derecha, las nalgas bailan debajo del vestido un vaivén dificultoso.
Frente a la casa de Marta, cruzando la calle, está Efraín en su silla de ruedas. Una mujer le lava los pies, otra le afeita la cara. El hombre está de camiseta y calzones largos, estira los brazos y se pone las manos en la nuca y mira a las mujeres que van llegando. Cada una se persigna, piensan no se sabe en qué mensaje de Dios.
Marta las recibe, matrona eficiente.
— Pasen chicas… qué día precioso que nos toca. Sí, sí, afuera se cumple la voluntad del Señor, lavarás los pies de tu prójimo…
Se instala un clima beato y cada una piensa en sus pecados primero y en lo que va a pedir, después. Rezan con la cabeza inclinada como señal de respeto. Marta empieza.
Un avemaría, un padrenuestro, un salve. Un avemaría, un padrenuestro, un salve. Un avemaría, un padrenuestro, un salve ... Las voces se alzan, cortaderas partiendo el espeso aire de la habitación. Que mi marido ponga dinero, que mi hijo consiga trabajo, que mi marido vuelva, que el Ovidio se fije en mí, que el chino gane esta noche.
Cuando terminan hacen la señal de la cruz cerrando la ceremonia. No tardan en abalanzarse, devotas y pasionales, sobre la mesa preparada, sobre la comida.















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