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Hay palabras que parecen inocentes...

hace 19 horas
2 min de lectura

Por María Paz Bongiovanni (*)


Hay palabras que parecen inocentes hasta que uno descubre lo que esconden.

“Venta”.

“Propiedad”.

“Negocio”.

Palabras que caben en un contrato, pero no alcanzan para nombrar un río, un monte, una montaña o el suelo donde un pueblo aprendió a caminar.

Argentina no es solamente una extensión de tierra dibujada en un mapa.

Es el agua que corre desde la cordillera.

Es el río que atraviesa pueblos.

Es el monte que guarda semillas.

Es el campo donde alguien sembró para alimentar a otros.

Es la memoria de quienes llegaron antes y la posibilidad de quienes todavía no llegaron.

Por eso preocupa cuando la tierra se convierte en mercancía y la venta a extranjeros se presenta como si solamente cambiara de manos una propiedad.

No cambia solamente de manos la tierra.

Cambian las decisiones sobre el agua.

Sobre los recursos.

Sobre los caminos.

Sobre los territorios.

Sobre aquello que mañana necesitarán nuestros hijos.

¿Quién puede ponerle precio al agua?

¿Quién puede comprar el horizonte?

¿Quién puede vender un pedazo de soberanía y decir después que solamente vendió hectáreas?

Hay niños argentinos que hoy dibujan su futuro con lápices de colores.

Dibujan una casa.

Una escuela.

Un árbol.

Un río.

Un lugar donde vivir.

Todavía no saben de escrituras ni de inversiones.

Todavía no saben que existen mapas que pueden cambiar de dueño.

Pero saben algo que los adultos a veces olvidamos:

que una casa no es solamente un techo.

Es el lugar desde donde se mira el mundo.

Y un territorio tampoco es solamente tierra.

Es el lugar desde donde un pueblo puede decidir su destino.

La soberanía no debería ser una palabra reservada para los discursos patrióticos de los actos escolares.

La soberanía también se juega cuando se decide quién puede disponer de la tierra, del agua, de los bosques, de los minerales y de los bienes naturales.

Porque un país que entrega sus bienes comunes como mercancía puede seguir teniendo bandera, himno y fronteras.

Pero corre el riesgo de quedarse sin futuro propio.

Nos dicen que la tierra tiene dueño.

Nosotros preguntamos:

¿y quién es dueño del futuro?

Porque quienes todavía no pueden votar también tienen derechos sobre el país que vamos a dejarles.

Los niños de hoy serán quienes mañana heredarán los ríos, los montes, las costas y las ciudades.

Y no podemos entregarles solamente los papeles de lo que alguna vez tuvimos.

La patria no debería ser aquello que unos pocos pueden comprar.

La patria debería ser aquello que nadie puede vender.

Porque la tierra no es solamente de quienes hoy pueden pagarla.

También es de quienes nacieron aquí.

De quienes trabajan aquí.

De quienes la habitaron antes.

Y, sobre todo, de quienes todavía están creciendo, sin saber que su futuro también se está decidiendo sobre esta tierra.

La esperanza también necesita territorio.

Y un pueblo sin territorio para soñar termina aprendiendo, demasiado pronto, que hasta sus sueños tienen dueño


(*) docente y poeta

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