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Inesperada vuelta de tuerca para una épica silenciada


Por Jorge Fernández Díaz


Las Malvinas Argentinas fueron protagonistas como pocas veces , por no decir nunca, con motivo del mundial de futbol 2026. El periodista y escritor Jorge Fernández Diaz, quien trabajo un corto tiempo en La Mañana de Neuquén hace algunos años atrás, hace una crónica interesante con la experiencia de un largo viaje a esas tierras heladas y lejanas en medio del infinito mar que las contienen.



El penúltimo diciembre pasamos una tarde en la isla Soledad bajo estricto protocolo militar y con ciento treinta deudos de la guerra de Malvinas. Después de haber escrito tantas crónicas y relatos sobre aquellos héroes ninguneados llegaba por estepas heladas al mítico cementerio de Darwin en compañía del hermano de un marino muerto durante el hundimiento del crucero General Belgrano. No era la primera vez que el hombre formaba parte de aquella misión humanitaria: acompañar a los familiares de los combatientes en ese último peregrinaje a las tumbas blancas. El Equipo de Antropología Forense, con técnicas modernas, fue rescatando e identificando uno por uno los cadáveres que figuraban en el limbo y bajo el poético pero triste lema “Soldado argentino solo conocido por Dios”. Viajaban con nosotros varios de los últimos parientes directos -treinta de ellos en sillas de ruedas o con andadores-, transidos de dolor pero también de esperanza: encontrar por fin una sepultura con nombre y apellido, y reunirse simbólicamente con el alma perdida. Mi interlocutor, sin embargo, pertenece a otro grupo: los “sintumba”, aquellos que desaparecieron para siempre en las crueles aguas del Atlántico Sur. Para esta clase de sufrientes no queda más que la emoción táctil de recorrer con la yema de los dedos el nombre de su pariente donde ahora quedó inscripto: un cenotafio erigido en medio de la nada.


La marcha se hacía bajo cielo encapotado y amenazante, y entonces el hermano del marino me explicó que los parientes tienen probado que “los nenes siempre les terminan abriendo el cielo”: ya varias veces llegaron a la isla bajo nubes pesadas y de pronto el sol de diciembre se impuso y pudieron cumplir los rituales con una temperatura benigna. Esta vez, sin embargo, fue una excepción: después de unos tímidos rayos, volvió a caer la oscuridad más densa y hasta una nevisca sobrenatural. Los familiares tenían una hora para estar a solas en cada tumba, pero el frío era tan intenso que no podían aguantar más de quince o veinte minutos a la intemperie: todos temblábamos durante la experiencia y luego durante la breve misa de cara al viento. Y entonces el guía vio que yo tiritaba, apoyó su mano en mi hombro y me dijo con sarcasmo: “Los nenes quisieron que sufriéramos en carne propia el clima real bajo el que vivieron y combatieron durante setenta días”. Junio en diciembre. Uno puede leer muchos libros y entrevistar a decenas de veteranos de Malvinas, pero solo cobra plena conciencia de la dimensión de aquella epopeya en ese pequeño camposanto, en esa rigurosidad del fin del mundo, bajo ese frío extremo que atormenta más que el miedo y las balas.


Esos mismos héroes fueron abandonados miserablemente por la sociedad, reducidos a fantasmas en vida o a meras víctimas. Le costó mucho al pueblo argentino y a su élite política despegar aquella demencial dictadura militar de la causa de fondo y al general Galtieri de sus valerosos e ignotos soldados, y admitir de paso que no solo los conscriptos tuvieron actuaciones ejemplares, y escribir esa épica sin complejos en los manuales de historia para usar en todas las escuelas de la república. Hay excombatientes que son recibidos con admiración y honores en Gran Bretaña y son desconocidos o sospechosos en Buenos Aires. Negación por culpa, nacionalismo de pico, pacifismo de pacotilla, antimilitarismo de caricatura, anticolonialismo de opereta: distintas enfermedades a izquierda y derecha de un país que nunca pudo lidiar con el destino de los mejores hijos de nuestra generación.


Mientras operaban este escamoteo y ostracismo, se contentaban además con creer que la victoria de los “piratas” había sido vengada por la “mano de Dios”. Son los mismos que permitieron y hasta alentaron el desmantelamiento sistemático y suicida de las fuerzas armadas profesionales y democráticas. Con la excusa de acabar con el viejo partido militar, que felizmente ya estaba acabado, le entregaron la purga a setentistas para que practicaran la venganza, y en nombre de la soberanía avanzaron en la desarticulación casi total del aparato de Defensa para regocijo de la Foreign Office. Le destinaron al área porcentajes ridículos del presupuesto nacional y esto redundó en un notable deterioro del material (aviones, barcos, submarinos, tanques, armas), de sus entrenamientos y capacitaciones, y de la situación del personal uniformado: una importante porción ellos se encuentra bajo la línea de pobreza o cobra salarios muy por debajo del mínimo estándar internacional.


Solo habría que mirar el Brasil de Lula para entender, por contraste, el daño autoinfligido en la Argentina. Hoy se rasgan las vestiduras porque los ingleses depredan nuestras aguas, mientras se calcula que perdemos cerca de cuatro mil millones de dólares anuales por no poder garantizar el control del mar: pesqueros de distintas nacionalidades hacen prácticamente lo que quieren en nuestras costas porque hemos desfinanciado al máximo a quienes debían cumplir esa misión central que ningún país serio resigna.


Queremos las Malvinas pero tenemos prácticamente abandonada la Patagonia. Y así podríamos seguir muchas páginas con la larga reseña de insensateces que se proclaman y ocurren bajo la punta del iceberg.


Esa punta ha sido, sin embargo, refrescante esta semana para los veteranos porque al menos les dio visibilidad a sus reclamos y valores: la Selección les dedicó con sinceros y vibrantes cánticos la lucha por este campeonato mundial y desplegó al final del partido con Inglaterra una bandera reivindicando la soberanía. Lo más relevante, sin embargo, fue que a raíz de esa exposición mediática muchos niños y adolescentes -no solo argentinos- comenzaron súbitamente a interesarse por lo que habían hecho aquellos “pibes” anónimos en aquellas islas remotas: una vuelta de tuerca inesperada

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