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La balada del buen acoso

“Bebé Reno” es una miniserie de siete capítulos de apenas media hora de duración escritos y protagonizados por el comediante escocés Richard Gadd, quien accedió a producir la serie tras haberse ganado un lugar dentro de las productoras que orbitan Netflix tras haber escrito muchos de los mejores capítulos de la miniserie “Sex Education”, una ficción en la que pudo desplegar muchos de los temas que él mismo lleva a escena cada vez que sale a actuar sus unipersonales como comediante. A saber: gente conservadora pulseando con trampa y ventajas a las diversidades, culturas no hegemónicas y minorías; o un catálogo de las contradicciones de un sistema que te obliga a seguir aun cuando la vida te duela por motivos que bien podrías compartir con tu entorno para sanarlos. Temas espinosos con los que Gadd hace humor. Todas esas delicias de este mundo postcapitalista que te atornilla la cabeza con las más sólidas ideas de aislamiento e individualismo. Sí: con eso hace stand up.


En “Bebé Reno”, su propia obra, Gadd le suelta las riendas al caballo estandapista que lleva adentro y -sin caer como Nani Moretti o Woody Allen en una autoreferencialidad que llegue a romper hasta a la cuarta pared- nos pone de frente a su propio caso de vida: el de un hombre que debe reconstruirse tras haber sufrido una situación sumamente traumática y -en el mientras tanto, porque la vida no te presenta un escollo a la vez- debe decidir si alimenta o rechaza una relación personal con una mujer que lo acosa. Y ojo eh, que para que el término “acoso” no remita directa y estrictamente a lo sexual, utilizaremos aquí un neologismo sajón para entender de que se trata la cosa: la mujer lo “stalkea”. Es decir: lo acosa a través de redes digitales y se entromete en su vida de manera más virtual que en el estricto plano de “lo real”, aunque -sin espoilear- es bueno recalcar que, más allá de un patológico acoso virtual, su presencia “física” en la vida del protagonista es bastante concreta, disruptiva, habitual y conmocionante.

El cóctel que toma en las manos el autor es -ademas de verídico- muy potente, y el mundo en el que Gadd plantea la serie es perfecto: un escenario de soledades megaurbanas (Londres, ahora), una clase social cargada de dudas existenciales (la clase media deteriorada, claro), con una franja etaria protagonista que actualmente es la más conflictiva (los que abandonan los “veinti” y ya se sienten viejos de mierda que deberían haber alcanzado una meta) y un contexto de intento férreo de sanación moral y de salud mental en el que las personas tratan de hacer pie en un mundo actual que está totalmente de la cabeza, que es casi como un tango social de Discépolo tocado por una banda de hardcore-punk.


¿Y por qué un cóctel así de explosivo se convierte en éxito? dirán ustedes, que aun no han visto la serie. Y, bueno, primero porque todo el mundo entra a ver la miniserie sabiendo que está basada en un hecho real. Todo lo que vemos en pantalla nace de las propias experiencias de vida de Richard Gadd, quien sí corrió la galga intentando “ser alguien” en la vida, quien sí sufrió el padecimiento violento que se narra en el transcurso de la serie y quien sí también vivió una relación de conexión/desconexión, de paz/espanto y de ternura/violencia con una mujer que lo estalqueó durante años. Todo esto, amigas y amigos, sabemos que genera un morbo especial y se convierte en un condimento de atracción poderoso. Tan poderoso como para que todo el mundo esté hablando de la serie en estos días.


Pero más allá de eso -de este condimento casi granhermanístico del “basado en hechos reales”- debe haber una buena ficción, bien escrita, bien narrada visualmente y bien actuada para que el planeta entero pare 4 horas de su vida para ver y comentar socialmente una producción con tantas ganas y pasión. Tanto y tanto así que no hay casi ciudades y pueblos de los cinco continentes que no sepan algo aunque sea mínimo si uno dice en voz alta: “Bebé reno”.


Y vaya que aquí hay buen material, eh.





Partiendo del casting, con protagónicos que te dejan boquiabierto y secundarios que dan cátedra de transmisión de contenidos emocionales. Nadie que vea tres minutos en pantalla a Jessica Gunning, la actriz que hace de Martha, la “mujer que acosa”, podrá escaparse al influjo mágico de amarla con la más desenfrenada ternura y temerle con el más reverencial miedo. Todo y al mismo tiempo. Lo mismo para Gadd, haciendo del frágil pero guerrerísimo Donald “Donny” Donn, un tipo que quiere consolidarse como comediante en Londres, pero algo lo tiene ahí: atado a atender la barra de una taberna por un sueldo de mierda y una vida limitada. ¿Qué mandato es el que lo convierte en una víctima de su propio encierro?


Descubrir a ambos personajes mostrando los porqués de sus vidas es algo apasionante. Es más: el éxito de la serie esta basado en ese camino, el que se va revelando de manera genial capítulo tras capítulo.


De la miniserie se está hablando mucho. La crítica especializada está embelesada (estamos, bah). Los psicólogos y psicólogas que hacen divulgación científica en medios escritos y audiovisuales, en empresas de comunicación o en redes sociales están... FASCINADOS. El público en general ha respondido y en todas las zonas globales de Netflix donde se ha estrenado la miniserie, ha trepado al puesto número en cuestión de días.


La fascinación masiva y las ganas de devorar la serie en un maratón de “siguiente episodio” tras otro “siguiente episodio”, tras otro “siguiente episodio” tiene -como ya dijimos- varios condimentos notables a primer vista. Pero luego está todo lo otro, lo que la velocidad del mundo actual no permite ver con claridad porque siempre anda apurado, pero en esta serie está. Y es fuerte.


Es decir: si es demasiado obvio que la historia de un acosadora y un acosado contada desde la perspectiva del acosado, que en la vida real FUE REALMENTE ACOSADO, ya es atractiva de por sí; puede que la mayoría se arrime a esta miniserie solo por eso. Pero lo siento mucho por ellas y ellos: detrás de la escena más explícita, allí donde el espectador y la espectadora deben hacer un escalonado esfuerzo por comprometer sus mirada de la trama a medida que van progresando los capítulos, Gadd te tira por la cabeza algo que reviste una profundidad mayúscula: ¿es el acosado un ser desprovisto de herramientas como para entender qué es lo que le está pasando y la persona que acosa un monstruo incapaz de registrar a su víctima? ¿Ambos deben sanar?


Ufff... la respuesta es una y solo una: No.


Bueno, la tensión que genera esa respuesta desde lo humano es la perfecta materia prima de esta ficción, y esa materia prima se convierte en manufactura de excelencia a medida que se van viendo y notando cada una de las capas de esta gigantesca cebolla en los siete capítulos.


Tierna, descarnada, impredecible cuando empieza a ser predecible, dinámica -pero con la desprolijidad humana que tiene el dinamismo social- atrevida pero no violenta. Así es “Bebé Reno”, una serie que posee una escena final que la gente llevará en sus corazones por mucho tiempo; así como lleva la imagen de Tony Soprano comiendo y sonriendo en la cafetería minutos antes del final; así como lleva esa cámara cenital que se va volando en círculos sobre Heisenberg mientras suena “Baby Blue” de Badfinger; así como lleva al personaje de Rick Gervais caminando contra el sol del atardecer por el parque mientras canta Joni Mitchell. Puedo seguir.


Bueno... sí... tienen ustedes razón: estoy comparando a “Bebé Reno” con clásicos del Olimpo perecedero de las series ¿Me estaré apresurando en ponerla en la misma estantería?... no lo sé. El tiempo dirá: por lo pronto, vos vela y después... ¡decime si exagero!

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