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La canilla y el llavero

En mi casa vivimos como en un castillo medieval sitiado por fantasmas transparentes. A la hora en que se supone que el enemigo está descuidado, quitándose los cascos de puntas coronadas para dormir la siesta, es mi marido, el señor del castillo –con el perdón de Rita Segato– es mi marido, digo, el que sale en operación de campaña.


Como no tenemos ni un gato que oficie de escudero, yo misma, que soy la castellana, le ayudo a calzarse las botas de cordobán y guadamecí, quiero decir, le traigo del balcón las adidas ajadas por el alcohol y le coloco la armadura de barbijo, adornada con la insignia et patria est alius, que bordaron sus hijas y entenadas, inclinadas sobre sendos bastidores durante las tardes vacías de la villa sitiada.



Después de embadurnar las manijas y los botones del ascensor con alcohol al 70 %, me asomo a las almenas del balcón para verlo partir, farfullando que el elástico del barbijo le lastima la oreja y enarbolanado su astil de alcohol en gel, no sin antes levantar la tapa del contenedor para dejar la bolsa de la basura. Y desaparece al doblar la esquina, refregándose las manos con los aceites y gelatinas milgrosas que guarda en la faltriquera, camino al Oriente, dispuesto a invadir los dominios de los supermercados, a reclamar en el Carrefour Express algún tributo como la bolsa de papas fritas sin sal agregada y, si la suerte le fue propicia, pasará por la botica del burgo a gastarse unos maravedíes en una de esas pantallas de transparencia mágica que protegen contra los virus que atacan pero que no se ven.


Los virus son como unos piojillos, invisibles por lo muy chiquirrititos, que viajan en los estornudos, los mocos, los escupitajos, las seborreas de los pelos y de los ojos, las malas palabras, los chismes insidiosos, los insultos y las fake news que se sueltan con enjundia de las bocas de los apestados, de todos los apestados, de los apestados buenos y de los apestados malos.


Por eso tenemos mucho cuidado cuando los campesinos suben al castillo para traernos las provisiones de carnes y hortalizas. No es fácil reconocer a los traidores que hayan negociado, con los fantasmas invisibles que nos están sitiando, quién sabe qué regalías de tierras, de aguas, de litios y oros, de puertos privados, de camarillas judiciales que encarcelen a nuestro recaudador de impuestos, o de contagiar a nuestros guerreros y caballeros andantes con el animalito diminuto, lo que acabaría con toda nuestra estirpe. El animalito puede saltar de su boca en un simple buenos días, dios la guarde o entrar escondido en los poros de una naranja así que, antes de bajar a abrir el portal me recojo el pelo y me lo cubro con una cofia cosida con siete entretelas, me coloco los lentes para que el bicho no me salte a los ojos y me tapo el resto de la cara con el barbijo; me cubro de la cabeza a los pies con una túnica talar que yo misma cosí especialmente y me cambio las botitas de tacón por los zuecos de madera lavables que resisten la lejía.


Cuando mi señor regresa con el botín de la guerra, ya no lo recibimos con alfombras rojas, guirnaldas y sonar de clarines –ni hablar- sino con el trapo de piso empapado en lavandina; lo rocío con el chuf chuf de alcohol y mientras se desviste en el palier para meterse en la ducha, acarreo las alforjas, repletas con productos del Oriente -quiero decir, del supermercado chino- valiosos como reliquias de la Tierra Santa, hasta la pileta del lavadero; levanto su ropa desde lejos con una caña de dos metros de largo y la introduzco, sin tocarla, en el moderno lavarropas. A las doncellas que bajaban al río para hacer la colada hube de despedirlas porque, mientras fregaban en la orilla, chacoteaban entre ellas, cantaban sin barbijo y no respetaban el distanciamiento social.


Antes de tocar los tesoros que colman las talegas en la pileta del lavadero, cojo un enorme pan de jabón, lo giro veinte veces bajo el chorro de agua hasta que hace mucha espuma, lavo mis manos junto con el llavero de mi señor, contando otra vez hasta veinte. Pero me quedo perpleja mirando las ranuras del llavero; es imposble meter un dedo para asegurarme de que el jabón llegue al fondo de cada vericueto de los cinco anillos de cada argolla del llavero, o de las hendiduras de las llaves, llavines, ganzúas y punzones que le cuelgan. Por si acaso preparo una jabonada y dejo el llavero y las llaves sumergidas hasta el día siguiente. Termino de lavarme y cierro la canilla, pero me doy cuenta de que cuando la abrí tenía las manos sucias o, al menos, sin habérmelas lavado después de tocar las alforjas pegoteadas con fluidos impuros de la guerra exterior. Algún bicho puede haber quedado en la canilla y asaltarme las manos recién lavadas. Abro otra vez la canilla, me enjabono y paso espuma jabonosa por la canilla. Me enjuago y la cierro, así enjabonada como está, pero ¿hasta dónde habrá llegado el jabón? ¿No tiene la canilla varios recovecos que puedan haber quedado sin jabón? Por si acaso repito el proceso, vuelvo a pasar jabón por la canilla, esta vez con cuidado de cubrirla toda y la cierro. Apago la luz del baño cuando salgo… Oiga, un momentito: tenía las manos sin lavar cuando entré al baño y presioné el interruptor para encender la luz… ¿Habrá quedado un bicho maligno en el interuptor? Busco el alcohol al 70 %, rocío el interruptor y me vuelvo a lavar las manos. Pero había tocado el rociador con las mismas manos que habían tocado el interruptor impuro así que ahora enjabono todo el rociador, me vuelvo a lavar las manos y ahora sí. Ahora sí. Qué alivio. Todo está bajo control. ¿O no?


Con el rociador impoluto en mis manos limpias empiezo a vaciar cuidadosamente las alforjas y a desinfectar cada objeto obtenido por mi señor en su cruzada a tierra de moros, una botella de aceite, pilas para el mouse de la computadora, una caja de té en saquitos, un paquete de yerba, seis rollos de papel higiénico, henna pura del Indostán… como haré para teñirme las canas yo sola ahora que no están las doncellas y las peluquerías del burgo fueron clausuradas.


El celular se estremece. Del guasá salta un mensajero viviente y acalorado. Trae noticias de que los boyardos se han levantado contra el rey, se han salido del zoom y van camino de palacio porque quieren reunir el Consejo de boyardos en su presencia, para votarle las nuevas leyes mirándolo a la cara, frente a frente, sin pantallas de por medio… He subido a la torre para verlos pasar por el camino real, pero han hecho un alto y están acampando justo al pie de la colina. Se han juntado con los comerciantes del burgo e incluso con los fantasmas translúcidos que nos tienen sitiado el castillo. Bailan alrededor de una hoguera asidos por la cintura, toman cerveza, queman barbijos y gritan que la tierra es plana. Mi señor se está escurriendo por los pasadizos secretos buscando dónde haya señal para mandarle un guasá al rey y avisarle que los boyardos llegarán llenos de piojos, que les aplique el botón rojo, o por lo menos, como diría Nacha Guevara, un buen par de patadas en el culo.


Por Elina Malamud - Publicado en Página 12

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