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  • Rubén Boggi

La Ira de Dios, y los buenos negocios de Netflix

En las décadas del 30 y del 40 del siglo pasado, dicen los que saben, estuvo lo mejor de la industria cinematográfica argentina, a tal punto que se identificó a esos años como los de la época de oro del cine nacional.


Es una afirmación temeraria, pero justificada en resultados comparativos, con lo odiosas que son las comparaciones, y quiere decir, palabras más, palabras menos, que antes y después de esos poco más de 20 años, no hubo una producción tan exitosa ni de llegada popular a la registrada entonces.


La Ira de Dios
La Ira de Dios

Esto viene a propósito del escalofrío intelectual que sacudió a buena parte de los “críticos” del séptimo arte en referencia a La Ira de Dios, esa película producida y estrenada en Netflix, dirigida por Sebastián Schindel y protagonizada por Diego Peretti, Macarena Achaga y Juan Minujín, en los roles centrales de una historia en donde pasan demasiadas cosas que terminan por dejar la sensación de que no ha pasado nada.


En la “época de oro”, la industria del cine nacional fue eso, nacional. Y fue de exportación hacia el mundo hispano parlante. Mucha gente pudo vivir del cine entonces, y el público colmaba las salas no solo en Argentina, sino también en otros países de América, para disfrutar de las creaciones de grandes directores, y seguir con un alto nivel de cholulismo la vida de actrices y actores glamorosos.


Nada que ver con las actuales circunstancias, con una industria en bancarrota desde hace años, naufragando en medio del desconcierto de la muerte de las salas de cines a manos de las grandes y millonarias (en dólares) producciones para las plataformas de streaming, y con actrices y actores nacionales que oscilan entre la falta de trabajo y el trabajo a desgano por unos pocos billetes verdes, que les son arrojados como una limosna de los poderosos a los débiles y carecientes.


Netflix produjo La Ira de Dios con el vuelto de alguna de las grandes producciones. Desde ese punto de vista le ha resultado un éxito, más allá de las críticas dolorosas. La plataforma hace buenos negocios en Argentina, con producciones baratas y de buen impacto en el público. Ya le había sucedido con la comedia, de vuelo bajo, aunque divertida, protagonizada por Guillermo Francella, “Granizo”.


Con “La ira de Dios” repitió suceso, aunque con críticas todavía más lapidarias que las que tuvo la del poco creíble meteorólogo; en el caso de la película en la que Diego Peretti encarna (por decirlo de alguna manera) un también increíble, por lo exitoso, literato nacional, el resultado fue menos lucido, pero como la película se grabó en tiempo récord y con una gran economía de escenarios, puede llegar a propiciar más producciones similares de Netflix en este país ubicado al sur de la desgracia.


El cine argentino extraña ese reflejo nacional revestido de talento que le supieron imprimir directores como Leonardo Favio, Adolfo Aristarain, y, más recientemente, Juan José Campanella. Si se revisa las producciones que estos autores han firmado, se tendrá registro de los últimos estertores de la industria en Sudamérica.

La Ira de Dios es el ejemplo perfecto de cómo puede fabricarse algo factible de ser vendido a multitudes sin que haya de por medio un producto artísticamente valorable. Peretti entrega una actuación muy floja, desmotivada, casi desmayada en una insoportable cantidad de palabras de un diálogo escrito como para una telenovela de baja estofa.


Macarena Achaga hubiera necesitado un director más atento que Schindel, ya que el talento no le brota naturalmente; y Juan Minujín es, tal vez, el más sólido del elenco, aunque condenado por la caricatura de personaje del guión, un periodista inverosímil para Argentina, y, posiblemente, para cualquier otro país del mundo, incluso más adelantado y progresista que el nuestro.


Sin embargo, no hay por qué hacer escarnio de “La Ira de Dios”, a la que muchos foristas de Internet han alabado legítimamente. Es un producto a la medida de una industria que solo viene a la Argentina buscando un buen negocio, y, por lo tanto, no se compromete con ninguna posibilidad de legado cultural importante. Es más, no le interesa. Si acierta alguna vez con este tema, será por casualidad.


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