La loca y la hija de la guacha
- layapanqn
- hace 20 horas
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Por Alejandra Prada
Antes que se termine el mundial quiero compartir un recuerdo que tengo con mi mamá. Mi mamá falleció el martes 7 de julio, el día que jugamos contra Egipto. Ese día en medio de la tristeza de estar tan lejos de mi familia, de no poder abrazar a ninguno de mis seres queridos, jugábamos ese partido.
Cuando Argentina salió campeón en el año 86 en México, yo tenía 12 años. Vivíamos en un barrio que se llamaba "Los Álamos" entre Longchamps y Glew, es una historia del conurbano bonaerense.
Era un lugar bastante incomunicado por lo menos en ese momento, me imagino que ahora las distancias se habrán acortado. Mi casa estaba en la entrada del barrio. Para llegar a Los álamos tenías que bajarte en Longchamps y luego tomarte un colectivo, el 506 que eran viejísimos, destartalados. Yo no tenía muchos amigos en ese barrio porque iba a una escuela que estaba bastante lejos. Mi familia había estado muy bien económicamente y eran épocas de vacas flacas, esas vacas nunca más volvieron a engordar. Mi mamá se deprimió muchísimo en esa época, cosa que me doy cuenta ahora. Había engordado mucho, tengo el recuerdo de que durante mucho tiempo usó un mismo vestido.
En ese mundial Diego Maradona estaba en pleno esplendor. El mundial la sacó a mi vieja de ese bajón anímico que atravesaba y se había vuelto muy organizativa en la casa y con las cosas que había que hacer, estaba concentrada, tenía tema de conversación, estábamos muy unidas.
En casa, en ese momento a pesar de ser muchos hermanos, solo estábamos los dos más chicos, el resto se había ido a buscar la vida a otra parte. Mi casa, pasó de ser una casa silenciosa, desordenada, a ser una casa en la que vibraba por el fútbol y por las hazañas de la selección comandada por Bilardo.
Me acuerdo de la locura de mi mamá y de como me transmitía su pasión por la camiseta, por la bandera, hablaba de los jugadores y les decía "los chicos" yo sentía que eran parte de nuestra familia, me acuerdo de que ya no me pesaba tanto estar en mi casa, al contrario, me motivaba estar ahí con esa mamá futbolera y mi hermano más chiquito que era una promesa también del fútbol, estábamos todo el día jugando a la pelota, nadie nos retaba al contrario, era nuestra razón de ser.
Mi mamá casi siempre se tenía que ir a la mitad de los partidos porque los nervios la volvían loca, no soportaba, mirarlos enteros, me acuerdo que yo salía atrás de ella por la calle y que se iba a toda velocidad y que siempre metíamos un gol y que las dos nos abrazábamos en la calle en la que no había nadie, y que gritábamos enloquecidas, bien argentinas, fanáticas, irracionales, con esa alegría desbordante.
Me acuerdo del gol contra los ingleses, de mi mamá gritando " tomá, tomá" como si ese gol fuera la propia medicina que no te mata ni te cura pero que te permite vengarte de una manera de nuevo irracional por el daño que nos causó como país la guerra de Malvinas. Llegó el día de la final y ese día estábamos todos en casa y mi mamá antes del final, se escapa sin que yo me diera cuenta y cuando ganamos me di cuenta que no estaba y salí a la calle a buscarla. Cuando la encontré y le dije que habíamos ganado no me creía, ahora me doy cuenta porque no lo creía, nunca había ganado nada, la vida había sido una putada con ella, huérfana, siempre sola, si bien había tenido muy buenas épocas, esa no era la buena, y me acuerdo de su expresión de no caer en que sí eramos campeones y que sí podíamos festejar hasta que las velas no ardan.
En eso, un camión con acoplado lleno de gente se acercaba a esa esquina del barrio Los Alamos y desde el camión nos gritaban que si queríamos subir, que se iban al obelisco a festejar, vivíamos casi a 30 km del obelisco.
Nos miramos, ella loca y yo la hija de la guacha, de un solo movimiento saltamos al camión y nos abrazamos con todos los desconocidos que iban en el acoplado del camión, no importaba nada, en ese momento tocábamos el cielo con las manos, mi mamá estaba radiante, todos éramos pura luz celeste y blanca. Tanto saltamos para no ser ingleses que el camión se rompió llegando a Avellaneda, faltaba un tirón para llegar al obelisco pero habíamos recorrido kilómetros cantando, gritando, abrazándonos, conociendo a personas que nunca más volví a ver.
No llegamos al obelisco y nos quedamos mucho tiempo esperando que se reparara el viejo camión, fuimos libres, pocas veces la vi tan libre y tan feliz, tan libre y tan feliz, que por más que quiera hacer memoria, no me acuerdo de cómo volvimos a casa.















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