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La mirada anticolonial de Martel

El siguiente artículo fue publicado originalmente en el portal web Va Con Firma

La plataforma de la N acaba de estrenar “Nuestra Tierra” de Martel. Verla es una experiencia altamente positiva y ayuda a fortalecer conceptos sobre algunos temas serios que no debemos soslayar.


Por Fernando Barraza


Mientras los súper millonarios del mundo cenan con sus empleados, también millonarios, y hablan de la llegada del anticristo y del comienzo de una nueva guerra santa, para la que ellos pondrían a disposición del bando “del bien” sus tropas de drones y robots, Lucrecia Martel está completamente en otro plan e imagina otros escenarios posibles, entregándole al planeta un documental sobre un “pequeño” juicio regional, enclavado no ya en un escenario global de IA's y estados tecnofeudales, sino en la Provincia de Tucumán; un proceso judicial llevado adelante para elucidar el homicidio agravado contra un sencillo campesino, Javier Chocobar, un hombre de casi 70 años al que la sociedad de su región -dependiendo desde dónde se posicionasen ideológicamente- reconocía públicamente como:


a) un indio

b) uno que se disfrazaba de indio

c) el “cacique” o ñatiták de una comunidad chuschagasta diaguita


En la última película de Martel, Javier, es nombrado de todas esas maneras, y otras más, que intentaremos mencionar a lo largo de esta reseña, que son precisamente las que salió a buscar la directora para que queden impresas en su film. Algunas de estas maneras son las que tendremos que nombrar quienes miramos la película una vez que ésta termine.


Si bien Javier, el indio (léase “indio” con un desprecio urbano afectado), o “el que se disfrazaba de indio” (también léase esto con desprecio afectado) o el cacique, ñatiták de una comunidad chuschagasta, se convierte en la lente de Martel en la llave para que se abra el film, no todo empieza y termina en él. En su presencia/ausencia Javier es el protagonista, es cierto, pero hay más. Mucho más.


Ponernos a conocer íntimamente a su comunidad, a sus familiares queridos, a sus hermanos de sangre/nación y por otra parte hacer que identifiquemos con elementos incontrastables la estatura moral de sus asesinos y adversarios, es lo que motoriza a este documental precioso (en el más amplio sentido del término precioso) que la directora salteña nos entrega en un minucioso rompecabezas notable.


El film primero se estrenó en salas de cine de todo el país y el mundo, luego -desde el domingo pasado, para ser más exactos- se lanzó en la plataforma internacional de la N. En ambos formatos de proyección le está yendo muy pero muy bien, lo cual es más que auspicioso, sobre todo teniendo en cuenta que las tendencias globales o regionales indican que un film documental no es exactamente lo que el público en general “está esperando”.


   

A pocos laburantes del arte se les pone en tensión constante en la perspectiva del peso específico de su propia trayectoria como a las y los cineastas. A cantantes, inclusive a escritorxs, actrices y actores (solo por nombrar las más reconocidas labores del trabajo cultural actual) no se los evalúa en el espejo de TODA su obra anterior como sí se suele hacer recurrentemente con quien dirige películas. A actores, pintores, escritores o cantantes a lo sumo se les confronta comparativamente con algún trabajo anterior puntual en especial. Se suele decir “la actriz de tal película” o “el cantante de tal canción”. Y listo. Pero quien realiza audiovisualmente y tiene ya un nombre ganado en la industria y con el público, está medio al horno con este temita, porque siempre va a cargar con su propio catálogo completo a cuestas cada vez que estrene un nuevo trabajo suyo.


No es exageración. Hagan un ejercicio: busquen en línea críticas de “La Voz De La Luna” de Federico Fellini, y verán que en cualquier texto que elijan leer se mencionarán comparativamente y como mínimo cinco de sus películas anteriores... ¡y es Fellini!.


En este sentido, el de “pesada herencia retrospectiva” (¡ja!) Lucrecia, la presidenta latina en Cannes, la Doctora Honoris Causa de universidades nacionales e internacionales, la que clavó un palo en la tierra media de la historia del cine argentino con “La Ciénaga” en 2001, la joven que revolucionó el Festival de Berlín, la niña mimada de los ojos de Almodóvar, la que vio como la ovacionaban de pie en la Biennale de Venecia, etcétera, etcétera, etcétera, decide no colgarse de su propio status, ese que -al moento del estreno de la realización y posterior estreno de este documental- ya venía con la vara súper altísima a raíz del recorrido internacional de su anterior y celebrada “Zama”. Puntazo a favor de Lucrecia, porque en “Nuestra Tierra”, a diferencia de algunxs realizadorxs que no se animan a salirse del corsé propio, optó por olvidarse de la chica multi premiada por sus ficciones elaboradísimas para pasarse a un género, el documental, que no cultivó en cine (sí en episodios buenísimos de algunas tv-series federales como “Aulas Vacías”) y utilizar ese género para concretar en cámara frente a todxs nosotrxs el viejo, efectivo y siempre vigente truco artístico y comunicacional de pintar una aldea para pintar el mundo.



Si bien es cierto e indiscutible que “Nuestra Tierra” cuenta ajustadamente y en detalle el proceso del juicio oral y público por la muerte de Javier Chocobar, aquel “comunero” indígena Chuschagasta, del monte en el Departamento de Trancas, Tucumán, asesinado en 2009 en el marco de una disputa territorial, el film no se cierra solamente en el caso judicial, tal y como suele ocurrir con la gran mayoría de los documentales de este sub género que se vienen estrenando con suceso masivo de vistas en todas las plataformas de streaming desde hace casi veinte años.


Es que el crimen, que ocurrió durante un intento de desalojo por parte de Darío Amín -un empleado público de la Legislatura Tucumán- y de y dos policías retirados, es el punto de partida perfecto para contar, como ya remarcamos, pero no solo es un crimen plagado de condimentos cinematográficos, sino que tras de sí late una historia notablemente mayor, que expone a venas abiertas los argumentos y las acciones directas del colonialismo que sufren los campesinados fiscaleros y las comunidades originarias (muchísimas veces la misma cosa) en toda la Argentina.



Lo notable y extraordinario, lo que hace tan atractivo -y suponemos también que es lo que hace exitoso en audiencia al film- no es ya “el qué” nos está contando Martel sino cómo ha decidido narrárnoslo. Lucrecia no resigna ni una sola de sus poderosas herramientas estéticas, del más puro cine de autora (esas que han cimentado su fama y buen nombre) y utiliza la belleza técnica y la comprensión íntima para narrar lo que en rigor a la verdad es brutal y doloroso, logrando llegar entonces a una crónica documental más total que puntual.


El tema del film amerita este tratamiento precioso. Pensemos un poco: si hubiera que realizar un desglose racional del colonialismo actual, quizás habría que elegir conceptos bien precisos. Y Martel lo hace con prolijidad cinematográfica. Territorio es el primero concepto a analizar, el más fuerte y el que lo genera todo, ya sea en la antigüedad romana, en la modernidad expansiva del Siglo XV de España, Portugal, Bélgica, Francia, Holanda e Inglaterra, o en la actualidad mas coyuntural. Elijan cualquier época, el patrón se repite. Por eso es impactante que el documental comience en el espacio exterior y vaya entrando de a poco en el territorio ancestral chuschagasta mientras suena el Kyrie de Ramírez cantado por la negra Sosa. Con un inicio tal, estamos comprendiendo que lo que vamos a ver en el film es universal y necesitamos llegar desde el mismísimo cosmos para entender sus aristas más injustas.


Más no es solo territorio lo que la directora tomará para narrar, porque de ese concepto madre salen flechas sinópticas a otros conceptos fuertísimos como: tensión social, avaricia, mestizaje, ancestralidad, memoria, despojo, manipulación jurídica, construcción maniquea de los relatos oficiales. Todo esto es tomado por Lucrecia, y puesto en la película en un tapete particular: el del vivir en esta era actual, tan especial, que en el nombre del bien pensar y “los valores civilizados y de bien” tolera, fomenta o directamente pondera a la brutalidad y los argumentos de odio más simplistas y primitivos.


Observar de cerca a un empleado público que supuestamente va a “conversar” y “negociar” con una comunidad por un conflicto territorial (eso es lo que dice Amín en el juicio, completamente en paz con su propio testimonio) y a tales efectos lleva al lugar a dos ex policías con sendos prontuarios penales de brutalidad y corrupción de lo más violentos y criminales, es quizás el ejemplo más claro de este bruto espíritu de época antes mencionado. Y precisamente los momentos del juicio en los que Martel narra con imágenes las distintas formas de contar los acontecimientos, o los careos entre ambas partes frente a la jueza, son de una potencia monumental.


Dueña total del manejo de los planos, las palabras, las miradas y los pequeños silencios gestuales, la realizadora nos lleva a habitar sutilmente ese espacio de conciencia en el que detectamos hasta que punto hay una parte poderosa de la sociedad que busca seguir justificando el desprecio racista y el colonialismo. Porque, como dijo Carlos Elorza en el artículo «Nuestra tierra. (In)justicia y colonialismo en el siglo XXI» para el portal El Contraplano: “(...) lo que está en disputa no es solo un pedazo de tierra, sino la memoria, la identidad y la continuidad de una cultura”. Entonces no hay como no celebrar esta maravillosa manera tejida en narrativa de telar que Lucrecia ha encontrado para mostrarnos con su film precisamente ESE punto clave.


En una de las tantas charlas que dio Martel para dar a conocer el estreno del film, la salteña habló sobre esta obsesión que las sociedades urbanas tienen por poner en tela de juicio las identidades originarias, por intentar atolondradamente negar los procesos de desculturización que ha sufrido el campesinado indígena, tratándolos de “falsos indios”, un mote ofensivo a rabiar, útil al poder dominante que se esparce en la sociedad como un virus desde hace ya un par de siglos, un argumento que lamentablemente no cesa de brotar, y tiene una vigencia dolorosa en nuestro días.



De los chuschagasta de Trancas se dice todo el tiempo esto, dentro y fuera de la película. Nosotras y nosotros aquí en el sur del mapa sabemos perfectamente que se siente cuando el sistema lanza esas acusaciones xenófobas: de Rafael Nahuel y de su lof se dijo lo mismo, de Cushamen también. De Paichil Antriao en Villa la Angostura, otro tanto. En Xawün Ko, el territorio donde está Vaca Muerta también sucede exactamente lo mismo: el lof Campo Maripe tuvo que presentar en la justicia un informe antropológico académico para que se reconociera su pre existencia y se validara jurídicamente su cultura mapuche. Al lof Füta Txayen todavía le deben ese derecho, y en cambio se opta por difamarlos por usurpadores y “falsos mapuches” en medios de comunicación masivos y en despectivas declaraciones públicas de funcionarios de los tres poderes del estado. Curiosamente -o más bien habría que decir: lógicamente- los casos de desplazamiento territorial forzado de los chuschagasta de Trancas que vemos en el documental y el del lof Füta Txayen son IDÉNTICOS. Ambas comunidades fueron corridas de territorios fértiles con decretos emitidos en los periodos que fueron desde los años finales del Siglo XIX a la última dictadura cívico militar y reubicadas en lugares más áridos y peliagudos, para volver a intentar desplazarlos de allí adonde los habían mandado, ahora que se descubrieron en sendos territorios posibilidades extractivistas millonarias: en Tucumán minas, en Tratayen gas y petróleo no convencional. A chuschagastas y a mapuche, habitantes comunitarios históricos de estos territorios de reubicación se los acusa de lo mismo: de indios vagos o falsos indios, y de no poseer los papeles en regla. El primero de los argumentos es la misma difamación moral sarmiento-mitrista que se usó como excusa para llevar a cabo un genocidio en la llamada Campaña del Desierto. El segundo es ladino desde lo leguleyo y completamente cínico: las comunidades “comuneras” no poseen los papeles en regla porque ningún gobierno ha accedido a regularizarla la habitación y tenencia comunitaria de esas tierras en ningún momento de los dos siglos que lleva la Argentina constituida como república, por más que haya estado casi 20 años en vigencia una ley nacional como la 26.160, la denominada Ley de Emergencia Teritorial Indígena sancionada en 2006.


Regresando al film y poniendo nuevamente el foco en el trabajo de Martel para este documental, podemos ir cerrando este artículo volviendo a ponderar el amor por el cine que la realizadora prioriza por sobre todas cosas a la hora de avanzar en el metraje del documental. Esa pasión estética hace que minuto a minuto Martel yuxtaponga las rústicas y tensas escenas de juicio (incluida la mismísima y brutal filmación del crimen, que se hizo aquel día desde un teléfono celular) con la reconstrucción amorosa que las ñañas chuchagastas hacen de su propia historia comunitaria a través de hermosísimas fotos y de contadas con tiernos y sencillos relatos en primera persona. Es así como la historia de la comunidad se despliega en esos testimonios de voces, fotos, manos y miradas, mientras la cámara de vez en vez sale a volar como un ianec (condor) y nos muestra el territorio todo. A la par, vemos nuestra sociedad global dominante (colonial) en todas y cada una de las escenas del juicio.


Que Martel haya hecho un potente cine en el que apostó al entrecruzamiento de lenguajes (txurunzungu, le decimos lxs mapuche) en el que vemos con claridad de cercanía tanto al estrado, como al territorio, como a lo que queda y lo que se ha arrebatado de la cultura chuchagasta, es el mayor potencial de esta película.; es lo que convierte a este film en una pieza fundamental para entender una problemática que -mas temprano que tarde- tendremos que empezar conversar para poder reparar tanto daño hecho.


Vos date un tiempo. Vela hoy mismo. No vas a poder sacártela de la cabeza por varios días, en el mejor de los sentidos, eh. Pegale una mirada, dale y... ¡Decime si exagero!

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