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La orquesta se movía


Por María Aurelia Martínez


La orquesta se movía. Se movía al ritmo opaco de esa música, música de cabaret falso, suspendida sobre una superficie de humo. El humo de tanto cigarrillo que se fumaba en la descomunal carpa de “El Sagitario”, primera y única taberna surgida en los pantanos de Las Zancudas, de acuerdo con la memoria más confiable y más antigua que por allí había.


El pianista castigaba el teclado con pasión, las manos algo entorpecidas por el alcohol barato. Lanzaba miradas de perfecto canalla hacia las dos mujeres que se besaban en los labios y se acariciaban las piernas. Había vasos de vidrio ordinario desparramados sobre la tapa del piano, que era enorme como una tarántula llegada de otro territorio. Todo el espacio que no ocupaba la orquesta, estaba atiborrado de sillas y mesas.

La orquesta se balanceaba semejante a una ballena musical que de a ratos perdía la orientación.


Lina y Zwel tenían medias negras de red y unas faldas cortas que, parecía, nunca habían tenido color alguno.


En alguna parte Lina había dejado su casa y sus hijas. Hastiada de las tareas domésticas se le despertó el deseo de un amante, de una historia sórdida que la ofuscara y la alejara de la servidumbre. Una valija y un abrigo fue todo lo que se llevó con ella en el camino que la acercó hasta “El Sagitario”, donde lo único que aprendió a hacer fue bailar como pudo e imaginó que se hacía. Y allí estaba. Los amores conseguidos no le habían dejado mejor gusto que su vida con el marido. La pieza donde vivía no era más grande que su cocina de antaño.


Zwel apareció en un momento del que nadie recordaba nada. Escapada de un orfanato, no sabía que existían los hombres y conocerlos le produjo un incontenible pavor. Miedosa de ellos prefirió la cama de Lina y aprender también a bailar. Tenían la noche para estar despiertas, fumar mucho y escaparse de todos los sitios posibles después de su show de bailarinas apresuradamente viejas. El hombre bala se movía entre las mesas, saludaba a los que lo saludaban, hacía muecas y vigilaba el balanceo de las piernas de la caramelera. Tenía puesta la musculosa rubí y su piel rezumaba un aceite de ciprés que le daba brillo de metal. El parche que llevaba en el ojo ya no causaba miedo a nadie, en cambio le agregaba una belleza de ángel que era difícil definir.


Lucila cargaba en bandolera su caja de golosinas y el traje amarillo se le pegaba al cuerpo. Aburrido, Renato se sentó a una mesa frente al domador y encendió otro cigarrillo pensando, sin lamentarlo, que nunca iban a cerrar el negocio en común que planificaban desde hacía diez años: vender elefantes en la Antártida, que seguramente no los había.


Todos los que estaban en “El Sagitario” sentían que oscilaban al compás de la orquesta.

Lina y Zwuel se cansaron de besarse y mirándose en los espejitos de mano, estallaron en carcajadas que se abrieron parecidas a un mazo de cartas sobre la mesa. Después, con servilletas de estraza, se quitaron el rouge desparramado en la cara. El Corto, que tenía pecas en los brazos y en su cara de niño, con habilidad de camarero les alcanzó a cada una un vaso de licor enverdecido con aceitunas. Les dijo algo al oído, ellas volvieron a reir con él, como si estuvieran por desarticularse y después se refrescaron la garganta. Y al rato siguiente, como una brasa que arde, estaban otra vez dándose besos.


Se miraban Renato y Lucila porque se deseaban. Ella pensaba que esa noche volverían a discutir por lo mismo, mientras estuvieran frotándose bajo las sábanas. Volverían a discutir por el otro deseo de ella, que era el de irse, abandonar Las Zancudas. Reunir el dinero le había llevado mucho tiempo pero alcanzaba para los dos, sin embargo Renato se demoraba en la decisión de partir. Igual, bajo el cuerpo de él, su deseo, el de ella, terminaría esfumándose para transformarse en ese otro, en el de sucumbir a caricias y besos que no la dejaban pensar más y la arrastraban a abandonar su obsesión para el siguiente día.


La sensación de columpio suspendía a todos en el aire. La orquesta parecía borracha.

Arriba del escenario y a los gritos, pese al micrófono, Marko se balanceaba junto con ella mientras anunciaba el sorteo de esa noche que, como siempre, sería el de su terrible mascota y decía, presentándola:


Ésta es una clase de vertebrado ovíparo, poiquilotermo, con el corazón dividido en dos aurículas y un ventrículo, circulación doble pero incompleta y miembros atrofiados que la obligan a caminar casi rozando el suelo con el vientre”. Y la víbora se deslizaba con cierta torpeza alrededor del cuello de su dueño, mostrándose igual que una meretriz boba, como todas las noches en que nadie compraba un solo número.


Cerca del ingreso, la cajera sonreía en proporción a sus dientes y fumaba cigarrillos mentolados, sus uñas pintadas de verde tamborileaban sobre la mostradera envejecida. Con la otra mano se frotaba la piel, justo en el agujero que la media tenía en el muslo. La mirada se le alargaba y llegaba lánguidamente hasta la espalda del pianista, que tenía puesta su única camisa amarilla y allí se quedaba demorada. Sería que él la presentía porque se daba vuelta y le guiñaba un ojo.


La orquesta se aquietaba por un instante que no era eterno y conseguía elevar una música de apertura para el próximo espectáculo.


El saxofonista oscilaba junto con su instrumento y lo empujaba hacia arriba con movimiento de caderas, mientras miraba a la cajera que le mostraba sus dientes y le respondía pasando la lengua por los labios y subiendo el dedo medio de la mano hacia arriba. Él se sonrojaba, mordido por el desconsuelo, metía mal los dedos y unas notas musicales se despistaban y volaban despavoridas.


Anunciada por la garganta afónica de Marko, que había abandonado momentáneamente el sorteo, en el escenario aparecía una pareja.


El lanzacuchillos se llamaba Said y tenía una tira roja atada a la cabeza a manera de vincha, que en parte le cubría un tatuaje de dragón sobre la frente. Se probaba cada filo de los 27 cuchillos sobre la piel del brazo. En el otro extremo, su mujer armaba su cabellera larguísima en una sola trenza, mientras el vestido verde se le cruzaba entre las piernas. Ocupada en esa tarea tenía tiempo para sentir, profundizados en el aire espeso, cómo le llegaban los ojos del Corto y también los del pianista. Esa noche no tenía buenos presentimientos y se acordaba de la gitana vieja que le había predicho “mala fortuna” por culpa de persona cercana. Said era esbelto y donoso pero no le gustaba que sus manos estuviesen sobre ella. Con estos pensamientos terminó de acomodarse mientras el Corto se inflaba como un pavo, seguro de que Madí lo único que quería era eso. Antes y después.


Alguien había puesto el tablón de dos metros sobre la pared del costado donde se podían observar las marcas infinitas de puntas clavadas. Cuando Madí se acomodó sobre la tabla, se suspendieron los alientos, el cuerpo de ella elevaba un vaho umbroso y animal. La orquesta disminuyó la intensidad de la música y comenzó con el estribillo que identificaba la presentación del gitano y su mujer.


Los cuchillos empezaron el vuelo y fueron a clavarse uno tras otro entre las piernas de Madí, entre los brazos y el torso, rozando el cuello, trozando en parte la trenza. Said se quitó la vincha en el cuchillo número dieciocho y el sudor le atravesó los ojos pero no se detuvo. Uno tras otro se clavaron todos los cuchillos, Madí suspiró para quitarse la zozobra del pecho. “La culpa es esa espesa enredadera del alma que no da tregua cuando has estado viéndote todas las noches posibles con el Corto en el pantano, mientras tu marido duerme envenenado con malas hierbas…”, había dicho la madre-gitana. Y ella había seguido haciéndolo de la misma manera hasta esa noche en que su único bolso estaba preparado para partir, encendida para siempre en la constelación de su amante.

Acabados los cuchillos, se aflojó la espesura del aire y de las bocas.


Los habitués no respiraban ni estornudaban, el ventilador zumbaba los giros de las paletas, pesado.


El baterista sostenía el palillo que golpeaba en continuado sobre el redoblante y el número del hombre bala empezaba a continuación, mientras Lina y Zwuel se levantaban y salían por un costado oscuro, sin destino fijo. En un abrir y cerrar de ojos el cuerpo de Renato salió disparado al aire, dejando un rastro borroso en los ojos de Lucila, habituada al insignificante número que no interesaba a nadie. Y la noche seguía.

La cajera número dos sustituyó a la primera. Comía caramelos de arándano y tenía ojos de loba. Estaba mirando al trombón que le devolvía el mensaje con sonrisa de entendido. Con la intimidad que le daban sus mutuos secretos, ella le hizo una promesa levantando la falda mucho más allá de las rodillas. Se sonrieron los dos lanzándose los deseos a la cara.


Madí buscó el hueco de las escaleras para desertar lo más pronto posible del escenario pero no pudo evitar que Said se acercara para ayudarla. Ella, por no dejar que él la tocara, por no sentirle la piel, por no verle los ojos del amor, se adelantó. En adelantarse ganó el final de su propia función y la muerte vino a buscarla entre las bambalinas mientras caía por los escalones.


La orquesta volvía a mecerse. Algunas parejas insistían en bailar unos compases al ritmo sostenido de la nueva música de fondo, al mismo tiempo las cosas comenzaron a correrse de lugar y parecía que iniciaban una lenta procesión hacia arriba. La orquesta ya no se detuvo, se movía, decolaba, partía, como si se fugara del pentagrama. Enorme, se levantaba. Los músicos suspendidos continuaban tocando en el aire tibio de sudores.

La altura de la carpa siempre había sido extraordinaria y hasta allí llegó la orquesta con sus músicos que no dejaron de tocar. Todos quedaron alelados, mirándola. Antes de llegar al techo se produjo el desastre: la gran ballena melódica cayó con un estruendo desconocido, levantando esa enorme nube de música y restos. Los que estaban allí, fueron alcanzados por el estampido y por ese vago olor a naufragio que surge de las cosas que no tienen asidero.


De lo que se sabe, se recuerda: a un marido que llegó después de la tragedia preguntando por su mujer, con nombre y apellido. Traía con él a dos silenciosas niñas vestidas de rosa con bolsos bordados. Nadie supo darle datos, era bien conocido que las amas de casa no se acercaban nunca por Las Zancudas. A una mujer de profesión cajera que apareció días después, y que con cierto temblor en sus uñas verdes se empeñó en buscar los restos del piano. Y también hubo aquel rumor extraordinario sobre un hombre-bala, del que poco se conocía, que apareció en zonas aledañas a Las Zancudas luciendo un bello jacket de la mejor confección, con galera y limusina, acompañado de cierta actriz de segunda que sabía imitar sin pudores pero muy mal a Jean Harlow. Y por último, aquella enorme serpiente que se arrastraba por el lugar devastado, en busca de algún destino que había perdido.

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