La serena vida de mi barrio
- layaparadiotv
- 12 jul
- 2 min de lectura

Por Mario Cippitelli
Hay barrios que uno elige por comodidad y otros que, con el tiempo, terminan eligiéndolo a uno. Hace ocho años llegué a este rincón de la ciudad de Neuquén creyendo que solo cambiaba de domicilio.
Recién con el paso del tiempo entendí que también estaba cambiando de paisaje urbano, de gente, de ritmo de vida.
El lugar donde vivo es un sector del barrio, al que llaman Centro Oeste, está muy cerca del centro neurálgico de la capital y, sin embargo, vive como si hubiera decidido darle la espalda al vértigo y a la ansiedad. La Avenida del Trabajador ruge ahí, a un par de cuadras, al compás de autos y colectivos, pero el ruido se apaga antes de que intente doblar en alguna de las esquinas.
Los árboles todavía son bajos, lo que demuestra que hay sectores que son relativamente nuevos en comparación con los casi 47 años que carga sobre sus paredes el viejo complejo de departamentos que marca los límites con la barda y que se construyó a través del plan Fonavi, en los confines de la ciudad de aquel entonces.
Las calles reciben más caminantes que automóviles y los saludos viajan de una puerta a otra sin necesidad de nombres. Nos reconocemos por la frecuencia de los encuentros, por ese gesto de cortesía de levantar la mano o inclinar la cabeza solo porque nos identificamos como vecinos; apenas anónimos que se ven y se saludan.
Hay días en que el barrio me transporta a la calle Tucumán de mi infancia, la que bajaba detrás del cementerio cuando la calle Islas Malvinas marcaba el fin de la urbanización y el comienzo del desierto. No sé si es el sol se cuela por todos los rincones, el aroma intenso que llega de las bardas cuando llueve, los silencios largos de las siestas, las casas bajas o el canto de los pájaros que todavía se escucha. Algo de eso hay.
También lo noto cuando voy caminando algún mediodía y una ventana abierta deja escapar el aroma de una comida casera. Nunca veo a quien cocina y prefiero no saber quién es. Me gusta imaginar unas manos pacientes revolviendo una olla y una abuela (que podría ser la mía) sosteniendo una tradición que sigue viva a pesar del tiempo.
Quizá por eso me encariñé con este pedacito de barrio. Porque no pretende deslumbrar a nadie y parece estar cómodo con su esencia pueblerina, ajeno al ruido, al crecimiento y al tránsito que acecha todos los días.
A pocas cuadras, la ciudad es una bestia enorme que avanza y se devora todo lo que encuentra, pero mi refugio permanece despreocupado, aunque consciente de que alguna vez cambiará para convertirse en recuerdo.
Mientras tanto, vive el pulso de los días tranquilo y sin contratiempos. Y disfruta el presente con la misma serenidad que tienen los viejos cuando sienten que muy de a poco se va cerrando el círculo de la vida.















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