Lejos, la libertad
- layaparadiotv
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Por Hilda López
Cada tarde que entraba al hall de recepción de ese enorme espacio frío y gris, sentía en mis rodillas el punzante dolor del miedo. Llevaba delantal blanco sobre la vestimenta común de una mujer de esos tiempos, pero con un pantalón que cubría las piernas hasta los talones. Lo indicaba el reglamento: no debía percibirse las formas del cuerpo de una mujer.
Era el año 1965/66 y el Gobierno había lanzado la Campaña Nacional de Alfabetización abierta a quienes quisieran participar con solo el título secundario. La convocatoria llegó a ese pueblo de casas silenciosas, calles desiertas, con habitantes del lugar, familias de gendarmes y de la empresa YPF, en el norte de la Argentina, con el nombre de San Ramón de la Nueva Orán.
¿Qué se podía hacer allí, en medio de tanto silencio y soledad?.
Fue una decisión tomada en medio de tardes eternas con el calor que quebraba las siestas y los jejenes organizaban festivales sin control. Me anoté en la Campaña y esperé. Pronto me llegaron papeles, elementos e indicaciones para desarrollar la enseñanza primaria en la Cárcel de Encausados de Orán. La Cárcel estaba ubicada frente a la plaza principal del pueblo, cercana a la única iglesia con el único párroco cuyo nombre olvidé. Era un edificio con un ingreso importante, a los costados, estaban las oficinas de administración, luego un patio estrecho y más allá, alejadas, las celdas donde estaban alojados los presos. En el patio más importante estaba el comedor y la cocina, espacio de encuentro a la hora de comer y a partir de la Campaña donde se dictarían las clases.
Recuerdo que el comedor contaba con una mesa extensa y bancos largos de madera. El lugar se conectaba con la cocina a través de una apertura que oficiaba de corredor de los platos a la hora de la comida. Para el dictado de clases el espacio era ocupado totalmente.
El régimen de funcionamiento del organismo era estricto. Los presos no tenían aún condena, estaban en proceso, de ahí el nombre de cárcel de encausados. Todos estaban a la espera con alertas permanentes sobre sus cabezas, preguntándose a diario sobre alguna novedad que nunca llegaba.
La rutina diaria se refería solamente a mantener la limpieza de los lugares que ocupaban, comer, salir un rato al patio y …esperar.
Las clases se dictaban a diario en tres niveles: para los que no sabían leer ni escribir, siguiendo con el curso de media y final de ciclo. Para cada etapa había un programa a cumplir con registro en planillas que había que completar cada semana y enviar a una dirección central en Salta. Cada jornada era un desafío a la imaginación, una caja de sorpresas, una oportunidad de saber algo más sobre lo que les pasa a las personas cuando la libertad es una quimera. Había quienes se despachaban con relatos fantásticos sobre los delitos cometidos y contaban en detalle el próximo a realizar en cuanto salieran.
Otros, escribían sobre recuerdos de infancia y los que no sabían escribir aún, copiaban letras una y otra vez hasta formar palabras.
Había un joven, recuerdo, llamado Luis, que gustaba de escribir versos muy simples de amor, y en ellos, mi nombre aparecía tímidamente. Era muy joven confesando que había matado a un hombre en una refriega cuando tenía 17 años. Al tiempo, borracho, lo confesó en un boliche de campo donde un policía que estaba presente lo detuvo y entregó. Tenía la palidez de un niño asustado, un rostro sin dolor, solo enormemente asustado. Otro de los detenidos, de apellido Barros, era carnicero y manejaba muy bien los cuchillos. Con uno de ellos mató a su mujer encontrada en la cama con otro hombre que escapó. Era pequeño, moreno, callado, sufrido, con el alma en duelo, sin dudas. Con un pedazo de madera arrancado de un escritorio abandonado en el patio, y un estilete creado con algún resto de metal de un tenedor, talló una pequeña guitarra que me regaló bajando la mirada y con alguna palabra que masticó por dentro.
Para aliviar el peso del tiempo y crear un clima de acercamiento, les dije que ellos eran alumnos y ninguna otra cosa mientras estábamos trabajando. Se reían y repetían sus nombres llamándose “soy el alumno tal”, mientras se gastaban chistes y bromas, jugaban y volvían a reír.
Otro de ellos, se había rebelado, no quería estudiar pero sí permanecer en clase. Se apostaba del otro lado de la cocina y contemplaba lo que sucedía festejando las bromas y dichos de sus compañeros. Nunca fue delatado, había elegido ser testigo o custodio. Era uno más.
Los informes que enviaba a la central de la campaña, estaban con algunas consideraciones que ayudaba al alumno para el resultado final. La vara era flexible, porque la restricción estaba en cada celda de cada día de cada uno. Suficiente. La humanidad había quedado detrás de unas rejas sin otro destino que esperar.








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