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Los días de equilibrio y los días de escopeta

Por Fernando Barraza


Ya pasó casi una semana desde el episodio de violencia escolar en Santa Fé. ¿Qué sabemos las y los adultos de Argentina sobre lo que les pasa nuestros jóvenes en el cotidiano?


Pasan los días, porque pasan. No hay tutía, es así, es rapidísimo: se van, es algo inevitable. Que nos llenemos de vértigo no es su culpa, algo estamos haciendo de más con cada día que vivimos. Porque existir no se da a velocidades estresantes, mas bien transcurre en ciclos que nos muestran con claridad lo equilibrada que es la vida a nuestro derredor. Toda.


Miremos con atención muda y veremos claramente que en invierno todo es quieto, que en primavera empieza el movimiento de todas las vidas y un resurgir. Se ve en cada color, en cada brote. Luego llega el verano y todo estalla, no hay como no notarlo y rendirse frente a semejante evidencia. Y cuando llega el otoño todo comienza a menguar. Véanlo ya mismo a través de la ventana, porque está sucediendo ahora. Los amarillos, los ocres, las aves que estaban en los patios hace una semanas y ahora no están; nuestros perros y gatos durmiendo por demás; las hormigas inquietas. Esta la amplitud térmica. Las moscas que mueren solas, de la nada, sin que andemos echando aerosoles por la casa. Todo, absolutamente todo mengua en armonía.


El tablero de las vidas es perfecto, sin embargo en medio de todo ese equilibrio superior estamos nosotros, los seres humanos, padeciendo los años como si no comprendiéramos nada sobre el orden natural del todo, como si los terabytes que circulan por segundos en nuestros miles de millones de teléfonos celulares no contuvieran absolutamente ninguna respuesta sobre cómo son las cosas, sobre cómo funciona este todo. Da la sensación de que podemos verbalizar lo que nos pasa, cada cosa, pero no entendemos nada.


Entonces, en medio de esta marea de confusa desconexión, garantizada por hiperconectividad, consideramos que la “realidad” es esta cadena de cosas extrañas que vivimos reproduciendo en reels, memes y publicaciones de red social. Ninguna de todas aquellas cosas que verdaderamente están se están dinamizando a nuestro derredor en una danza maravillosa son lo que llamaremos verdad, o realidad, o certeza de vida. Nada. Ninguna.


Y si bien hay un interesante número de habitantes del planeta que estamos atentos, hay cosas que nos desconciertan mucho. Somos un buen número de personas a las que cada día nos está costando comprender como es que hay una marea de ciudadanos (millones de ellos) que son capaces de sintonizar y apoyar a líderes políticos y CEOS corporativos que actúan como si el planeta fuera un videojuego al que están jugando en sus mansiones. Es triste y preocupante ver algo así. Encima estamos viendo como -con aquel apoyo que le están dando- estos años, los de post pandemia, se han convertido en el “reinado” de los violentos chiflados totales.


Y si bien no podemos ser tan simplistas de asegurar que estos líderes “están en todos lados”, sí podemos asegurar -sin que nos acusen de mentir- que están en lugares de poder notables y también que gran parte de los gobiernos del mundo “civilizado” los deja ser y actuar sin cuestionarles formalmente nada. Lo vemos cada día, cada semana: allí donde habría que tomar acciones diplomáticas conjuntas inmediatas para frenar un atropello criminal, no hay más que silencio. Y hay miles y miles de vidas en juego por cada guerra desatada, o en cada intervención que se atreven a formalizar sin ningún tratado internacional que les quede sin pisotear. Pero nada.


En este marco de desconcierto global (¡y no nombramos el local!) vamos juntado el estrés. Los días nos parecen segundos.


Encima y de repente nos puede llover una noticia como la que nos llegó el lunes de esta semana, cuando un adolescente santafesino de 15 años entró a la escuela a la que concurre dairiamente con la escopeta de su abuelo, le disparó a varios de sus compañeros en un baño de sangre y mató a un niño de 13 años al que -todo indica- ni conocía.


La noticia nos llega de manera inmediata, como lo hacen todas las noticias. Es un momento de conmoción per (¡un pibe mata a otro pibe a los tiros!) y el sacudón nos frena en seco y nos saca de la velocidad de marea trepidante hecha de memes, placas y reels sueltos e inconexos que provenien del estrecho de Ormuz, de la nueva casa de Adorni, del odio de grieta, del último partido de la selección y de perros y gatos que hacen cosas graciosas en videos.


Ahora todo se detiene y es el momento en el que los adultos del país dejamos, casi al unísono y casi en el mismo instante, el teléfono celular en la mesa, boca abajo, e intentamos entender de manera inmediata qué fue lo que exactamente sucedió. Entonces se produce un silencio existencial que dura lo que dura (a veces minutos, a veces horas, por lo general... segundos) y nos esforzamos en tratar de comprender qué es lo que llevó a ese chico a hacer lo que acaba de hacer.


¿Qué queremos?. Queremos respuestas, y si son inmediatas y super sencillas, mucho mejor. El espíritu de esta era nos ha entrenado para esto: para que se nos explique todo de manera rápida y simple, a un solo golpe de tik tok, a un meme de distancia, a un recorte de noticia en twitter, o a un comentario categórico en la espera de la verdulería. Así estamos: listos y dispuestos a disipar nuestras dudas con urgencia. Pero en este sentido la noticia de la muerte en la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal no es alentadora ni mucho menos. A todos nos ha ido pésimo en este caso puntual, pues desde el primer minuto de cobertura mediática no hemos escuchado explicaciones. Más bien hemos navegado avistando solo vaguedades que intentan ser análisis sociales de lo que sucedió y hemos visto decenas de periodistas con miedo evidente en la cara, enterándose al aire que no hay detrás de todo esto una historia lineal y explicable, con abusos y padecimientos que justifiquen de manera simple y directa la mezcla de ira y anestesia que tiene que haber dentro un pibe de quince para empezar a dispararle a sus pares hasta matar a un niño de trece que ni siquiera conoce.


Los días corren desde que los disparos desataron el pandemonio. Desde los medios -y nosotros en espejo, como espectadores sufrientes, por qué no- surgen intentos de explicación del caso. Algunos culpan a la madre del chico que disparó, por tener una crisis que devino en padecimientos anímicos mentales, que ni siquiera sabemos cuales son. Otros al padre camionero que tiene -según se comenta, como en chisme nacional- algún tipo de consumo problemático. Otros insisten en que sí hubo bulling y acoso permanentes por parte de los compañeros del pibe, pero se lo está ocultando. Y hay quienes hasta están mencionando como responsable de este episodio horrible a una supuesta logia internacional subterránea, que actúa discretamente en redes y está coptando a los adolescentes del mundo para que vayan y asesinen.


Hay más teorías de explicación instantánea dando vueltas por allí para analizar el terrible episodio del lunes, y el mundo adulto las está esparciendo por los medios y redes sociales todo el tiempo desde que esto pasó.


¿Por qué?. ¿En qué nos ayudaría una respuesta simple e instantánea a dilucidar lo que en realidad sucedió? En nada. Toda esta desesperación por explicar las cosas YA simplemente está pasando porque estamos muertos de miedo.


Muertos de miedo porque no sabemos nada sobre lo que pasó, porque no somos capaces de tomar una lectura amplia de lo acaecido para comprender que lo que sucedió es parte de algo muchísimo más complejo que una simple respuesta de telediario o de posteo en redes. Algo que -señoras y señores- nos involucra a todas y todos y nos tiene como co-protagonistas.


Claro que sí, exactamente eso es lo que nos aterrando.


Alguna data que salte por sobre el miedo



Teniendo en cuenta que lo que pasó es gravísimo y que la justicia ya tiene el caso entre sus manos, quizás sea prudencial hacer volver de a poco aquel silencio que nos sobrevino ni bien conocimos lo sucedido. Es saludable para nuestra sociedad darnos cuenta que hemos roto aquel silencio de sacudida interna solo para empezar a opinar sobre el caso como si fuéramos especialistas en salud mental, o en análisis sociológicos de la actualidad y notar que no somos otra cosa que no somos lo qeue creemos. No somos adultos que comprenden a la perfección a nuestras juventudes. Más bien todo lo contrario.


Y podemos usar ese silencio para analizar datos, que están ahí, solo hay que dejar de estar tan aletargados y verlos.


Empecemos con el primero. ¿Sabían que el Departamento Unidad de Investigación Antiterrorista (DUIA) de la Policía Federal Argentina es quien lleva la investigación en casos de violencias armadas en escuelas e instituciones públicas habitadas por niños, adolescentes y jóvenes?. Bueno, entre 2024 y 2025 allanó a nueve menores de edad que prometían cometer masacres en redes sociales como Telegram y Discord. ¿Y saben quién es el organismo que les informa de esto?: el FBI norteamericano, porque son la institución que tiene el control transnacional de la información cibernética de casi todo el planeta.


Pero no nos distraigamos pensando lo que sería material para analizar en otra circunstancia. Volvamos. Estos nueve casos intervenidos por la DUIA suman a una estadística nacional que indica que en Argentina la violencia intraescolar está tan arraigada que 6 de cada 10 estudiantes de primaria (63%) sufren agresiones de sus pares, incluyendo bullying y ciberbullying. Todos estos casos vienen creciendo exponencialmente desde la pandemia, cuando nuestras infancias y adolescencias -al igual que todos nosotros- desarrollaron un uso intensivo cotidiano de redes que ha tornado inevitable y casi imparable la habitación de nuestros jóvenes en la vida virtual. En muchos casos equiparando o superando la cantidad de horas de vida en pantallas a las de la vida real.


Estos datos que acabás de leer son super recientes y surgen del informe “Desafíos de convivencia en la escuela primaria: discriminación y conflictos entre pares” que hicieron desde la ONG “Observatorio de Argentinos por la Educación” con datos de las evaluaciones nacionales “Aprender 2023”del ex Ministerio de Educación. Todos estos informes -y más, de otras ONG y reparticiones de educación de gobiernos de distintas provincias argentinas- están en línea, a un simple golpe de google.



Las estadísticas demuestran claramente que los casos de bullying en las escuelas se distribuyen en todo el país con la lógica de las mega urbes, siendo CABA (18%), el conurbano de la Provincia de Buenos Aires (14%), Rosario (8%), Córdoba (7%) y Mendoza (6%) quienes lideran el ranking de violencias intra escolares. Los tipos de violencia detectadas incluyen violencia física, psicológica, sexual, castigos corporales, amenazas con armas de fuego y acoso virtual (ciberbullying).


¿Y tenemos herramientas legales para enfrentarnos a tal pandemia?. Sí. No toda la ciudadanía lo sabe, pero está en vigencia en nuestro país una “Ley de Convivencia Escolar” (Ley N° 26.892, sancionada en 2013, durante una sesión parlamentaria efectuada el emblemático día 11 de septiembre, para más datos). Esta regla de reglas busca proteger la integridad de los estudiantes en un articulado que contempla muchos aspectos que, de recibir el respaldo económico institucional del Estado que amerita una Ley tal, muy probablemente evitaría que la situación de violencia intra escolar sea exponencial año tras año. Pero ya sabemos lo que opina el gobierno nacional con respecto a reforzar -ni hablemos de ampliar- los dispositivos del estado que no sean los del reino de lo financiero...


Sigamos mirando datos: los mismos pibes de la Argentina son los que han podido poner en palabras cuales son las violencias intraescolares que sufren. Se les preguntó y han empezado a decirlo, de a poco rompen ese silencio. Los motivos de discriminación más frecuentes entre ellos son: el aspecto físico, los intereses y gustos personales, la orientación sexual, la identidad o expresión de género, la vestimenta, las calificaciones, el lugar de nacimiento, la religión, la situación socioeconómica de la familia, el pertenecer a un pueblo indígena u originario y la discapacidad. Todos estos puntos están tipificados y cuantificados en el informe que mencionamos más arriba


Hay un dato notable para agregar: las provincias con mayor proporción de estudiantes que se han animado a reportar el haber vivido situaciones de discriminación son Chaco (49%), Santiago del Estero (46%) y La Rioja (45%). Tres provincias claramente identificadas como “interior rural y profundo”. Lo curioso -o no tanto si se lo piensa detenidamente- es que los índices más bajos en ese ánimo y capacidad por denunciar están en las mega urbes como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Córdoba y Rosario (entre 19 y 26% de animación), o en metrópolis surgentes con dinamismos sociales y migración que las están convirtiendo en grandes conglomerados urbanos, como nuestra Neuquén (29%); o en ciudades de tránsito poblacional muy fluctuante, como Tierra del Fuego (29%). Las grandes ciudades, está claro, no brindan la confianza que un niño o un joven necesitan para poder poner en palabra sus propios padeciemientos, sean estos co-etarios o inter-etarios. Nuevamente la velocidad y la concentración de población mareada por el vértigo de días trepidantes es compañera del miedo. En este caso el miedo a hablar.


¡Bang Bang!



Si bien desde 1997 solo se registran cuatro casos de uso efectivo de armas de fuego en escuelas argentinas (en tres hubo muertes), no se puede cuantificar con exactitud la cantidad de veces en las que hubo y hay amedrentamientos directos con armas blancas y de fuego dentro de las escuelas de Argentina. Los motivos de este impedimento estadístico pueden ser varios, pero los dos más importantes son, por un lado que no existe una tipificación contravencional o delictiva directa tipo “uso de arma en establecimiento escolar” que nos permita mensurar el uso de éstas dentro de los colegios y escuelas. El otro motivo es simple y a la vez trágico: muchas veces las docencias o autoridades de las escuelas optan por resolver de manera discreta e interna los distintos casos de portación de armas que se les pueden presentar en el cotidiano. Sea como sea, y juntando las explicaciones que haya que juntar, hoy en Argentina no sabemos con exactitud cuántas armas en silencio concurren a las escuelas cada mañana, cada tarde, cada noche.


¿Cuál es el rol de los estados en todo esta problemática? Arranquemos de lo esencial, denotando que el mapa de la educación pública es -desde hace décadas- completamente federal en Argentina y cada provincia organiza las estructuras de acción de la educación en sus territorios.


Veamos de cerca el caso de Neuquén y Río Negro, que son las dos provincias en las que más se lee nuestro portal. En ambas funcionan -a diferencia de Nación- sendos ministerios de educación. La cuestión ministerial no es algo meramente nominal. La historia del país lo ha demostrado a través de las décadas que tenemos como nación: que la educación tenga o no tenga rango ministerial no es un tema menor. Y si bien un ministerio no garantiza por sí mismo la efectividad plena de la calidad educativa en un territorio, al menos da a entender cual es el sitio que una gestión política y una sociedad están dispuestas a darle a su propia educación.


Para los temas de violencia intra escolar Neuquén tiene un armado institucional llamado “Programa de Convivencias Escolares” que trabaja con la Dirección de Contenidos Transversales y con diversos dispositivos de los ministerios de Salud y de Gobierno, Mujeres y Derechos Humanos (que es el que lleva los temas de acción social). Los recortes presupuestarios -tan de moda a nivel nacional y contagiados en las provincias- son un mar que tienen que surfear quienes trabajan sobe este tema año tras año, pero el programa está vigente.


En Río Negro todos los trabajos sobre violencia intra escolar se centralizan en la Dirección de Educación del Ministerio de Educación y DDHH de la provincia, quien posee diversas alternativas de acción, como protocolos y dispositivos que se trabajan en conjunto con algunas áreas del Ministerio de Desarrollo Social y de Salud. Al igual que en Neuquén, los programas funcionan pero las consideraciones que la comunidad educativa y sus representantes sindicales hacen de los problemas por desfinanciamientos es algo -desgraciadamente- más que habitual.


En este mapa de violencias escolares que pueden devenir en hechos trágicos como los de esta semana, podemos ver algunos números y algunas descripciones muy generales sobre el rol actual de los estados para abordar este tema.


Pero si volvemos con la lupa por un rato al tema que nos trajo a esta columna, que es: nosotras y nosotros mismos, de frente a lo que pasó el lunes pasado en la escuela de San Cristóbal; podríamos retomar allí donde dejamos al comenzar este artículo, con esos dos factores en danza que el mundo adulto argentino tiene en este momento en torno al caso de Santa Fe: la ausencia de respuestas y el tremendo miedo que esta ignorancia nos ocasiona.


Frente a esta catarata de miedos e ignorancia nos seducen -¡repitámoslo!- las respuestas rápidas y simplificadas.


En este sentido ya hay comunicadores que han optado por no tratar de ayudarnos a dilucidar que está pasando con la violencia y las infancias, adolescencias y juventudes sio que han elegido empezar a polemizar sobre las edades de imputabilidad.


La próxima semana se dará la audiencia en donde el muchacho agresor será imputado para luego ser sobreseído, ya que es un menor no punible y el nuevo Régimen Penal Juvenil aún no está vigente. Este hecho ya ha encendido a comunicadores que polemizan indignados exigiendo una inmediata “condena ejemplificadora”. Ninguno de ellos sabe cómo y por qué pasó lo que pasó, pues están tan nublados como todos nosotros en el horizonte de las respuestas, sin embargo ya han echado a rodar el carro de la mano dura. Encima no podrán contar con material periodístico de divulgación por mucho tiempo, porque el fiscal regional de la 5° Circunscripción Judicial de Santa Fe, Carlos Vottero, confirmó que la investigación puntual por la muerte del niño Ian Cabrera -y por tratarse de menores de edad en ambos lados- se va a realizar en completo silencio público y mediático, bajo reserva de actuaciones, ya sea en lo que concierne al autor del hecho como a las víctimas y testigos.


Es decir, todos los comunicadores que gustan de editorializar que veas de aquí a las próximas semana actauarán a sus anchas sin datos. Ojo con eso, sobre todo si lo que vos estás queriendo es entender qué nos está sucediendo como sociedad en referencia a este grave problema.


Lo que se cura



Que el sistema penal vigente en la actualidad -hablamos del que rige hasta que la nueva ley bullricheana entre en vigencia- garantice medidas “curativas, tutelares y de resguardo” sobre el menor, aunque no lo encarcele, no le bastará ni satisfacerá a quienes militaron mediática o socialmente la baja de imputabilidad. Ya veremos y padeceremos al aire en interminables y vehementes editoriales -y en los posteriores recortes que recibiremos a través de facebook, whatsapp, youtube, instagram y twitter la mayoría de los argentinos- como se criticará a “la vieja ley”.


Frente a ese aluvión de descrédito mediático que se viene, quizás deberíamos analizar la denominación que la “vieja” legislación penal para menores tiene para brindar justicia en casos fatales como el de Santa Fe. Veamos cada concepto de las palabras del encomillado del párrafo de arriba. La Justicia Argentina llama a sus medidas de minoridad frente a crímenes graves con el nombre de “curativas, tutelares y de resguardo”. Piensen en cada una de esas palabras, que son las que se desprenden de los contenidos jurídicos de la ley, y no de una fantasía abstracta. No es necesario el cacareo por mano dura, la justicia de este país ya cuenta con las adecuadas herramientas para tomar medidas a través de sus agentes, gabinetes y dispositivos judiciales para que trabajen de cerca con/sobre el joven agresor.


Pero -ávidos como estamos por querer explicarnos todo de manera instantánea- corremos el peligro de que nada de lo que la justicia pueda hacer, en este u otros casos, valga socialmente si no hay endurecimiento de las penas. Somos un colectivo humano que estamos entrando a considerar como válidas solamente a las medidas de castigo duro, como si una república se contruyera en el infantilismo mortal de un “palo y a la bolsa” continuo como única posibilidad de justicia. Lo estamos aprendiendo a través de contenidos super infantiles, simplistas y violentos que día a día nos entran por el teléfono. Todo es “lo domó”, así pareciera que se manifiesta lo justo hoy en día.


Lo notable es que esta infantilización maniquea de lo que “es justo o no”, no la están viviendo exclusivamente las niñeces y juventudes, sino que en este embrollo estamos metidos hasta la coronilla todos nosotros, las y los adultos, personas que ocupamos los cargos de responsabilidad social dentro de nuestras familias, en instituciones, en ramas del estado, en las empresas. En todos lados. Nosotros también actuamos de manera catártica y pueril frente a los problemas que deberíamos resolver sin miedo e ignorancia operando de por medio. Muy poco entendemos, pero de todo tenemos que opinar.


Mientras tanto la vida sigue trascurriendo en armonía a nuestro derredor. La encerrona de vértigos e insensateces es nuestra, es un problema humano. Pues como humanos deberíamos empezar a solucionarlo.


Un abrazo muy grande a la familia del niño muerto y a la del muchachito alienado que entró con la escopeta a esa escuela.

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