¡Murciélagos al ataque!
- layaparadiotv
- 4 ene
- 3 Min. de lectura

Por Hilda López
El matrimonio tenía una casita de adobe y techo de paja en las Sierras de Córdoba: campo, cielo abierto, naturaleza, paz. Lugar de inspiración para el tío Pedro y la tía Peli, que dieron diecisiete hijos a la humanidad y que compartían lugar y familia con el resto de la parentela que llegaba todos los veranos a poblar el calor de enero.
El grupo familiar estaba compuesto por una docena de pibes de distintas edades que se encontraban en el abrazo y los juegos como buenos primos que eran. Dormían en distintas camas improvisadas, algunas en catres de patas cruzadas y sábanas limpias una al lado de la otra, de manera tal, que no existiera la duda de que se trataba de una bandada dispuesta a poner en jaque la noche.
Ellos jugaban durante el día, andaban a caballo y se bañaban en el cercano río San Clemente inventando naves con flotantes de colores y desafiándose con la cabeza abajo del agua para ver quien resistía más hasta salir airoso de la prueba. La competencia provocaba bandos a favor de unos y otros, con gritos, risas y burlas prolongando el juego hasta llegar a la taza de mate cocido con rebanadas de pan casero como una merienda imperdible y saludable.
Sin embargo, había en esa casa de ventanales por todos lados, algunas sorpresas que habitaban el lugar familiarmente. Se trataba de las vacas que en su andar por el campo solían asomarse por alguna de esas ventanas para mirar qué pasaba adentro de esa casa tan llena de vida. Con su amigable mugido, se asomaban unos instantes y seguían su andar como si nada. Otra de las visitas diarias y nocturnas, eran los murciélagos que, abriendo sus alas entraban por la noche a las habitaciones como invasores sin reparo alguno. Los bichos con su chirrido se convirtieron en un ejército que atentaba contra la tranquilidad de los pibes. Los más chicos asustados obligaron a los más grandes a tomar la decisión de organizar su propia tropa para enfrentar el ataque.
Durante el días hablaban sobre la estrategia a poner en marcha, entre sacudones en el agua, carreras entre las piedras para alcanzar al más veloz, se tejían toda suerte de ideas para derrotar al enemigo de la noche: los murciélagos. Mientras tanto la tía Peli, que era muy inocentona, los miraba algo extrañada por tanto secreto dando vueltas y, comentando con su marido su preocupación, se encontró con Pedro, canchero, restándole importancia al asunto.
Esa noche se puso en práctica la defensa contra el ejército de los murciélagos. Los pibes se acostaron ordenadamente, se taparon hasta la cabeza con las sábanas blancas, que era el punto de atracción con el brillo de la luna que entraba por las ventanas, y esperaron el ataque. Los bichos entraron raudamente, sobrevolando amenazante ante los ojos aterrados de los pibes. Sin más ni más comenzaron a tirar con zapatillas, zapatos, piedritas como granadas contra los cuerpos blandos de los bichos y hasta tomaron a uno de ellos y contra unos clavos que había en la pared lo dejaron estacado, inmóvil y chillando.
La habitación se estremeció con la batalla y algunas pajas del techo volaron por todos lados. Los murciélagos se retiraron, si no vencidos, al menos asustados. La calma volvió a la habitación y los pibes, cual soldados triunfantes, se metieron debajo de las sábanas para dormir en paz con la luna como guardiana insoslayable.
Al otro día, la tía Peli comentó que había escuchado ruidos raros al lado de su pieza. El tío Pedro, una vez más, no le dio importancia al comentario y siguió poniendo la monta a su caballo. Los pibes volvieron al río, a los juegos, a las risas y a la hora del mate cocido, levantaron las tazas enlozadas brindando por el éxito de la batalla.
La tía Peli seguía sin entender y el tío Pedro tampoco.








Comentarios