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José Luis Castiñeira de Dios despide a Pino Solanas

Como suceden estas cosas, inesperadamente, nos enteramos del fallecimiento de Pino Solanas. Cayó víctima de un virus maligno que se precipitó sobre la Humanidad como una de las siete plagas de Egipto y que no termina de largar sus presas tratando de hacer el mayor daño posible antes de ser neutralizado.


La muerte de Pino, sin embargo, incorporó un elemento trágico al marco general de los efectos de la pandemia, algo vinculado a los designios del destino.

Como César Vallejo, pudo haber pensado, seguramente “me moriré en Paris con aguacero”. Porque fue en Paris, la ciudad donde soñó “el exilio de Gardel”, donde finalmente terminó su brillante, intensa, maravillosa vida de artista y también de héroe, como hubiera querido Richard Strauss. Por momentos parece inevitable pensar en aquella historia tradicional del Medio Oriente, cuando un hombre se entera en Beirut de que la Muerte lo busca y sale apresuradamente hacia Damasco para escaparle. Y allí, en esa otra ciudad se cruza con la huesuda que le pregunta asombrada. “¿Pero no tenías que estar en Beirut?”. Porque da rabia que se haya ido para allá, que no haya esperado la vacuna, que haya ido a meter la cabeza en las fauces del león (¡60.000 contagiados en un día antes de ayer!) en lugar de quedarse aquí con nosotros, aburrido pero en casa, en su tierra, que quiso tanto. Es una queja vana y sin sentido pero ¡qué bueno hubiera sido que hubiese esperado un poco!



Sin embargo, quienes conocieron a Pino comprenderán con facilidad que detener a esa fuerza incontenible hubiera sido una pretensión cercana a la de la niña holandesa que pensaba sostener con su dedito la fuerza del agua en el dique que se venía abajo. Desde el momento en que recibió el acuerdo del Senado y sus cartas credenciales, Pino no dejó de moverse para iniciar la nueva aventura que lo esperaba: de ser un rebelde, un exiliado, un perseguido, pasar a ser embajador de su país, a representar en Paris a la República Argentina ante la UNESCO, el punto de encuentro de las culturas del mundo. Así como Borges se figuraba el paraíso “bajo la especie de una biblioteca”, Pino debía estar esperando con ansiedad ese encuentro en el foro mundial de las políticas de la ciencia, la educación y la cultura para llevar la voz de su país, de América Latina, y también la de la solidaridad con los otros pueblos del mundo.


Me tocó compartir con él años parisinos de soledad (como bautizó Astor su inmenso tema consagrado por el mítico Gerry Mulligan), vivir silenciosamente la condición de extranjero (una de las vivencias más dolorosas que puede experimentar un ser humano…”metecos” llaman despreciativamente algunos franceses a quienes provienen de otras tierras), vivir la picaresca de quienes pueden permitirse todo porque no tiene derecho a nada, sentir la invisibilidad de “la mirada de los otros”, un título que el mismo Pino aplicó a su primer film francés. Pero también vivimos juntos la solidaridad entre los latinoamericanos y la sensibilidad de muchos franceses que se veían en la piel del otro y eran capaces de compartir nuestras indignaciones y luchas. Francia fue generosa con los exiliados, el pueblo francés terminó por aceptarnos con nuestro bárbaro perfil y convertirse en buenos amigos que abrieron sus casas, brindaron sus instituciones y apoyaron las luchas. Como alguna vez comentábamos con otros músicos amigos, no sólo contribuyeron a salvarnos la vida, sino que también tuvieron que soportar que les impusiéramos nuestros gustos, el tango, el folklore…! Pobre gente!


Me esfuerzo en recordar los encuentros preparatorios de la película, las charlas con Astor, la locura de la aventura emprendida por Pino para pintar ese fresco del exilio argentino y latinoamericano en Paris, con sus grandezas y miserias.

Me acuerdo de presenciar la filmación del pasaje de los títulos de la película, donde una pareja bailaba para siempre un tango en uno de los puentes del Sena y de esa manera comenzaba a apropiarse de esa nueva realidad en la que les tocaba vivir dia a día. Astor había grabado con su Quinteto unos temas en Bruselas, de paso en el medio de una gira y ahora su música resonaba a través de los parlantes en un amanecer brumoso sobre el río. Miguel Ángel Solá, Marie Lafforet se entrelazaban en una danza de amor y de pasión bajo el Pont Neuf mientras sus siluetas se recortaban sobre el fondo que brindaba Nôtre – Dame desde la perspectiva del río. Imágenes únicas, como las de la “tanguedia”, esa forma expresiva escénica inventada por Pino que pretendía poner en escena el grupo de artistas exiliados mientras, en paralelo, sus hijos, los “hijos del exilio”, ensayaban en la cúpula de la Gâre de Lyon otro espectáculo que contara su historia, la de los desarraigados. Recuerdo la increíble marcha contra la Junta Militar de la Argentina que atravesó (en la realidad) Paris y que Pino documentó con el rigor que antes había aplicado a narrar la historia de América y del neocolonialismo en “La hora de los hornos”. Encabezaban la marcha enormes estandartes con cuadros creados especialmente por artistas plásticos argentinos y latinoamericanos, todos coordinados por el querido Envar “Cacho” El Kadri, otro gran compañero, con Carpani, de ese tiempo de ausencia y nostalgia intensa.



Y luego la epopeya de la finalización de “El exilio”, cuando la producción de Pino ya no daba más y aún hacía falta una inyección de fondos para llegar al estreno. Cacho El Kadri viajó entonces a Buenos Aires para reunir las energías de nuevos inversores y apareció milagrosamente Vicente Díaz Amo, un empresario vinculado al Automóvil Club Argentino, acercado por el grupo que lideraba Chacho Álvarez y Darío Alessandro, la revista UNIDOS. Con esos recursos de último momento se llegó al estreno con la lengua afuera a la primera gran prueba: Venecia. Todo fue posible por la energía inagotable de Pino. ¡Ah!, y la oportuna colaboración de su hermano, que tenía una poderosa agencia publicitaria en Buenos Aires y lo enganchó a Pino para realizar un comercial carísimo (para el cliente) dedicado a un producto muy tradicional y muy argentino: la caña quemada Legui. Primero se pensó en filmar en la Escuela Española de Equitación de Viena. El trabajo se hizo, pero, como sucede a veces en la publicidad, no convenció. Entonces se pasó al Hipódromo de Palermo, donde unos sofisticados personajes se preguntaban por qué le habrían puesto caballos en la etiqueta de Legui. Pino me encargo la música y, con vastos recursos, escribí un malambo a lo Ginastera que funcionó perfectamente con la imagen, después de haber superado una discusión con el “producto manager “ de la agencia que me criticaba haber empleado trompetas en la orquesta. Cuando todo iba a explotar, Pino terció y llegamos a una solución salomónica. El cliente satisfecho.


También pienso en esa primera presentación de la película en Venecia, en el marco del Festival, donde finalmente recibió el primer premio consagratorio que inició una larga serie de reconocimientos mundiales. Pino había tenido la generosidad de invitarnos a algunos pocos miembros del equipo, César D´Angiolillo, editor y director, Miguel Ángel Solá, Marie Lafforet, Philippe Léotard… Sólo Pino tenía alojamiento en el hotel del Festival. Nosotros compartíamos un hotel más modesto en las afueras, donde fuimos recibidos por Francesco Negrini, el “conde” Francesco Egli Negrini, un inclasificable personaje italiano que en la Argentina había creado la revista de arte “Lyra”, que en algún momento dirigió mi padre. Y esa noche, en la proyección, con la ovación de la sala…! qué momento!

Y el regreso a Buenos Aires para el estreno, cuando Pino había tomado la decisión de cambiar el bellísimo afiche publicitario europeo por la imagen de Gabriela Toscano y su amiga con chambergo. Todos nos horrorizamos al pensar que era un gran error de

comunicación. Pino tuvo tanta razón que el chambergo se volvió moda entre las adolescentes argentinas y los cines se llenaron de gente joven que descubrió en la película un modelo identitario nuevo a seguir, y se pusieron a aprender a bailar el tango.


Cómo olvidar la noche de la entrega de los premios César, el Oscar de la cinematografía francesa. Ni Pino ni Ástor habían podido concurrir por diversos compromisos, así que me tocó a mí, acompañado por Susana Lago, con quien creé Anacrusa, una artista

extraordinaria que cantó las canciones del film de forma magistral, estar presente en esa sala colmada por todo el medio artístico internacional y la prensa. De repente, en medio de un silencio expectante, se escuchó la voz de quienes presentaban el rubro mejor música – el coreógrafo Maurice Béjart y el compositor Maurice Jarre - pronunciando el nombre de Ástor y el mío. A continuación, y como llevado por una tromba, recorrí en el aire la larga pasarela, subí con falso aplomo los escalones del escenario y recibí de manos de Jack Lang, el Ministro de Cultura de Francia, esa estatua preciada, que de algún modo resumía esos años difíciles y tan creativos en Paris. Agradecí a unos y a otros, lo hice en mi nombre y en el de Pino y Astor y partí con el trofeo en las manos, sin saber bien dónde me encontraba. Al salir a la calle, todo estaba nevado, a pesar de lo cual la gente se agolpaba para ver a los famosos. Cuando vieron que yo enarbolaba el premio, empezaron a aplaudir, sin saber muy bien quién era, pero convencidos de que por alguna razón lo habría merecido. ¡Y no se equivocaban!, porque la película luego fue premiada con el premio Charles Cross de la Academia del Disco, con el Coral del Festival de la Habana, con el premio de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina…El furor duró dos o tres años y cuando regresé a Buenos Aires en 1989, me contaron que los nenes en los jardines de infantes hacían una coreografía cantando nuestras canciones en la parte en que decía “…y sentirse cucaracha…!”


Pero también me acuerdo de 1989/90, cuando ambos habíamos regresado a la Argentina y él encabezaba un “colectivo” de artistas, gente de la política, agrupaciones diversas que había sabido congregar (lo que mejor hacía) en torno a una causa: la entrega a este “colectivo “de las Galerías Pacífico, entonces amenazadas por la privatización de los bienes del Estado en plena era de Menem. Pino proponía un proyecto para convertir a las Galerías venidas abajo (hasta se suponía que en una parte habían servido de ”chupadero” ) en un Centro Cultural de América Latina. Para eso había movilizado a artistas y figuras de todo el mundo y había realizado una convocatoria nacional para doblarle el brazo en la pulseada al entonces Secretario de Cultura de la Nación, Julio Bárbaro, que, curiosamente, había formado parte del grupo UNIDOS hasta las elecciones, cuando se reubicó de tal manera que lo llevó a ocupar la entonces preciada Secretaría de Cultura de la Nación.

El Arquitecto Livingston, que había sido el director del Centro Cultural Recoleta, había diseñado un proyecto que unía las Galerías con la iglesia situada en la otra vereda de la calle San Martín, que quedaba peatonalizada. Me veo junto a muchos amigos de entonces, el actor Lito Cruz, los directores de cine peronistas, mucha gente del periodismo contestatario, músicos, artistas plásticos, gente de teatro, todos aglomerados en la calle San Martín, en la vereda de enfrente a la Galería, mientras Pino arengaba a las masas desde un micrófono instalado precariamente, y vituperaba a Bárbaro y el gobierno de Carlos Menem. (Mientras esto sucedía, el presidente había arreglado con su amigo el empresario Mario Falak, concesionario del Hotel Alvear, para que se realizara una obra que implicara cavar un piso más, convertir las Galerías en un Shopping y, a cambio, dejarle los dos últimos pisos a la Secretaría de Cultura de la Nación). Con escándalos y controversias el proyecto siguió adelante y fue finalmente inaugurado en 1992 con la visita del Rey de España en ocasión de actividades del Quinto Centenario. La derrota de Pino lo llevaría a iniciar un enfrentamiento directo con el gobierno que terminaría trágicamente.


Y ahí me veo, con mi padre, José María, secretario de cultura de la Nación del gobierno de Carlos Menem, camino de la clínica en la que habían internado a Pino después de haber sufrido un cobarde atentado que casi le cuesta la vida. Llegamos al sanatorio apretando los dientes y con el alma oprimida, para encontrarnos afortunadamente con que Pino supo distinguirnos de su justificada furia y fue un grato reencuentro a pesar de lo trágico de las circunstancias.


En los años subsiguientes Pino desarrolló una furiosa actividad política que lo fue llevando a crear y destruir partidos, polemizar en la TV con todo el mundo y ocupar cargos en la Cámara de Diputados y en el Senado. Su acción no cesaba, pero nunca dejó de lado sus proyectos cinematográficos, y con “El viaje” inició una serie de relatos fílmicos muy críticos hacia el gobierno de Menem y con una clara postura contra el avance del modelo neoliberal en América Latina y el mundo. Muchos de esos trágicos testimonios retomaron la forma del documental político pero nunca se dejó desanimar ni por la situación del país ni por sus propias obligaciones y compromisos: siguió filmando, siguió produciendo.


Coincidimos en Cuba, en el transcurso de una edición del festival de cine de La Habana al cual había sido yo convocado como jurado y él como invitado. Compartimos una langosta, nos reímos con el chileno Miguel Littín, nos olvidamos por un momento de urgencias y nos quedamos mirando el mar. Nos volvimos a encontrar varias veces en los dos últimos años, ya embarcados en las actividades políticas que concluyeron con el triunfo del peronismo a mediados del año pasado. En ese período, Pino quintuplicó sus flamígeras presencias en programas de TV, activó en universidades y provincias, reunió a quienes se habían enemistado a lo largo del período macrista, incluso a quienes se había enojado con él, y conformó diversas agrupaciones que promovieron un movimiento de oposición crítica, orientado a terminar con la humillación que este tiempo impulso al pueblo argentino. El resultado de su acción se pudo ver en la víspera de las PASO, cuando se manifestó como uno de los principales referentes de la oposición y un forjador del nuevo acuerdo político que tenía que llevar al triunfo. Y así llegó, exhausto pero feliz por haber podido concretado la tan ansiada unidad y, como siempre, promoviendo la esperanza.


A fines del año pasado, cuando concluyó su período como senador, comenzamos a llevar adelante un proyecto del que habíamos hablado en los últimos años: convertir en un “musical” “El exilio de Gardel”. Habíamos comenzado a intercambiar ideas y soluciones escénicas y estábamos por realizar un encuentro creativo en Paris para darle un empujón al proyecto. Así lo charlamos en casa antes de fin de año y luego telefónicamente a partir de su partida. Cuando llegó a Paris me llamó para prometerme llegar a un boceto más o menos avanzado para fines del verano, o sea, para septiembre y yo empecé a pensar en un viaje para el momento en el que las restricciones se levantaran y pudiéramos sentarnos a conversar con tranquilidad. “En Paris vamos a poder hacerlo, José”, me aseguró en varias oportunidades. Claro está, en la Argentina para él le era muy difícil cortar con los infinitos compromisos que la política va urdiendo y necesitaba un período de reposo y concentración para avanzar en el trabajo teatral y luego dejarme en mis manos la adaptación de la música.


Inesperadamente sucedió lo que sucedió. Primero la noticia de su enfermedad, luego la de su internación, por último su último video ya internado. Un período larguísimo, eterno, de penurias y un final trágico. ¿Quién podía esperarlo? Ahora no me queda más que despedirme. Pino querido, héroe y artista, combatiente por las causas justas y pulverizador de convenciones, visionario y poeta, gran latinoamericano, inmenso argentino. Los que nos quedamos aquí te recordaremos siempre y trataremos seguir tu rumbo, sabiendo que nos vas a faltar enormemente, ya que fuiste quien abrió las picadas y nos mostró el camino.


José Luis Castiñeira de Dios

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