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  • Rubén Boggi

Aquella Mónica, aquel cine

El cine fue un arte del siglo XX. Ahora ya no existe ese conjuro, que se elaboraba trabajosamente y se completaba en la oscuridad de una sala con una multitud reunida en silencio. Aquel cine, antes de la tecnología digital, fue un cine mayormente introspectivo, lleno de silencios, gestos, historias que se contaban desde adentro hacia afuera.


Por eso, tal vez, las mujeres fueron tan poderosas, tan significativas en este arte del siglo pasado.

Maria Luisa Ceciarelli. Mónica, La Vitti
Maria Luisa Ceciarelli. Mónica, La Vitti

En aquel cine vivió aquella Mónica, la Vitti, nacida Maria Luisa Ceciarelli. Algunos dicen que fue la anti diva en un escenario lleno de convenciones y prejuicios; yo no sé si calificarla así, en todo caso es una frivolidad poco conveniente, porque no hace referencia al hecho artístico en sí, sino a sus derivaciones sociales y mediáticas, algo en lo que se ha profundizado también vanamente.


Me alcanza con recordar ahora ese rostro, esa sólida formación arquitectónica construida en el teatro desde la adolescencia, unido a ese cine pleno de existencialismo y de profundidad psicológica, para hacerle honores a aquella Mónica, la que ahora ha muerto, con 90 años, en la lejanía sideral del Alzheimer, orbitando por mundos en los que la fatua estridencia de los conflictos de género y otras paparruchadas pirotécnicas, no molestan, no hacen mella, no dejan marca.


Mónica Vitti fue actriz esencial para algunos directores de cine importantes. Por ejemplo, Michelangelo Antonioni. Dicen que el cineasta la vio y dijo: “Tiene una nuca bonita. Podría hacer cine”. Un comentario que hoy sería condenado como machista, o, en su versión argentina, como “machirulo”.

Vitti fue la encarnación femenina en la denominada trilogía de la incomunicación de Antonioni: La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962): un cine lleno de silencios y pequeños gestos esenciales, un cine metafísico, en fin, algo que hoy se no se ve ni se comparte, para bien o para mal. Con el director italiano hizo también El desierto rojo (1964). Con solo estos filmes hubiera bastado para sembrar la historia y ejercer la magnífica potestad del futuro.


Sin embargo, aquella Mónica fue más, mucho más. Encarnó también el arquetipo de la mujer en la comedia italiana, con actores como Alberto Sordi, Hugo Tognazzi, Marcello Mastroianni, Nino Manfredi, Victorio Gassman. Y hasta fue pionera en la identificación del cómic con el cine, tan practicada en este siglo XXI, poniéndole el cuerpo a la heroína de historieta Modesty Blaise, en 1966, con la dirección del británico Joseph Losey.


Aquella Mónica me recuerda a aquel cine, ese arte perdido. Es un recordatorio poderoso, y también necesario. Urge pensar un poco más y salir de la perdición estroboscópica de la vorágine de los efectos especiales, para sentirnos nuevamente humanos, una conjunción de células mucho más rica que sus primos tecnológicos, los algoritmos.


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