Patria

Por Germán Sancho Cano (*)
Yo nací en Julio de 1986. Hice siempre las cuentas y asocié mi nacimiento con cierta sensación de falta, por haberme atrasado unos días y no coincidir en vida con la obra más fabulosa que puede vivir un pueblo: la felicidad y la hermandad colectiva unánime. Hoy, por primera vez lo siento distinto, es que entre tanto llanto desgarrador entendí que ahí adentro de la panza, aún estaba conectado con el sentimiento de lo que estaba haciendo ese pibe de barro y huesos afuera. No nací en una cuna muy futbolera, pero tampoco que le restara importancia. En estos días entendí que esa fue la razón por la que crecí siempre con el deseo de patear una pelota.
Lo que más disfrutaba era pedirle a mi viejo que me cuente cómo había sido el relato de Victor Hugo del segundo gol a Inglaterra. Siempre pensé que papá lo había escuchado en vivo a ese partido, pero nunca le pregunté. Hoy hay otras herramientas: la primera vez que conectamos internet en mi casa lo primero que hice fue descargarme el relato y aprendérmelo de memoria en minutos. En la escuela armaban rondas para pedirme que lo relate. Siempre me preocupaba imitar el suspiro final por sobretodo: gracias dios por el futbol, por Maradona y por estas lágrimas. Después usé ese mismo archivo para preceder a la canción que había elegido en mi entrada a la fiesta de egresados. Desde la primera vez que mi viejo me lo contó, no me despegué de los relatos de los partidos en la radio, incluso cuando pasaban los partidos por la tele y el sonido anticipaba a la pantalla.
El 25 de Junio de 1994 volvíamos corriendo de una actividad de catequesis con mis dos hermanas para llegar a ver el partido de Argentina y Nigeria. Mi casa está en uno de los márgenes del centro de Tandil –hay cuatro avenidas que forman un cuadrado que lo delimitan– y el asilo de donde veníamos quedaba a unas 15 cuadras. Fue mi primer indicio de que algo trascendental estaba pasando: no por el partido en sí; no por el gol de Nigeria a los 8 minutos que vimos desde la vidriera de una empresa de electrodomésticos con todos sus televisores sincronizados; ni siquiera por el después, cuando la victoria Argentina ya era un hecho. Fue la desolación en las calles, que parecían nuestras y que en su silencio atronador nos invitaban a dejarlas y presenciar lo que se sentía el soñar en colectivo.
En el 98 agarré una camiseta, salí de mi casa corriendo, llorando y, desesperado, hice el camino a la inversa. A la vuelta de casa una señora desde la puerta con una bandera arengaba lo que para mí ya era la primera gran demostración de alegría popular que haya presenciado. La esquina de Pinto y Rodríguez repleta de gente de blanco y celeste, desbordadas de felicidad. Habíamos repetido, esta vez por penales, aquel milagro del 86 dejando afuera a Inglaterra.
Alguno dirá: ¿qué tiene que ver el 98 con Diego? Es que ahí sentí en carne propia lo que ya tenía un precedente. Un fragor que venía desde unos años antes y que me habían acompañado en mi primera infancia, como si a la hora de aprender a hablar, uno de los sustantivos más fuertes que volaban en el aire fuera su nombre: Diego Armando Maradona.
Al mundo del futbol lo viví y lo aprendí yendo al club de lunes a sábado hasta los 18 años. A Diego lo veo acompañando los mejores momentos: poniéndome los botines los días que hacíamos futbol en la cancha grande; en el olor a pasto húmedo del estadio, o en el instante previo a una final en el túnel de entrada. Fue consuelo en los momentos más difíciles: todas las derrotas tenían el amparo de que Maradona también había perdido, y en los penales, hasta Diego había fallado. La última vez que lo vi fue en la cancha de boca, en una de las tantas veces que lo ovacionamos en la tribuna.
Hasta acá vengo contando los lugares que Diego llenó e irremediablemente me cambiaron la vida. Lo que nunca esperé, es que después de tanto tiempo de producir todos los milagros faltaba un golpe final. Un knock out existencial: la partida de un héroe terrenal al salón de los grandes mitos argentinos, que ahora además lleva su nombre.
Después de consumar lo que en los hechos es la mayor épica, por lo insólito y por lo magnífico, fue cosechando también imperfecciones y otras virtudes. Hay una de todas que es la que elijo por sobretodo: no haber dejado nunca de reconocer su origen plebeyo. Es esa autenticidad la que usó de escudo y espada para meterse en las fibras más intrínsecas del pueblo. Fue la versión más palpable que tuve para comprender la esencia de la bandera. He sido contemporáneo a un hombre que fue la máxima expresión de la historia reciente de nuestra patria. De aquí en adelante, santificaré su nombre en cada ocasión que precise la suerte de los astros.
(*) Germán Sancho Cano es un medico de la Provincia De Buenos Aires
que vive en Neuquén desde hace muchos años, primero
en Villa Pehuenia y ahora en Neuquén Capital.
Trabaja en el sistem de salud pública y ademas estudia historia en la UNCO
sin olvidar su amor por el futbol y su ídolo, D10S.
Hoy comparte con nosotras y nosotros este relato lleno de ternura haciac el Diego inolvidable















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