Pequeño manual para contar la censura
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Esta conmemoración del medio siglo es una oportunidad de lujo para contarles a las nuevas generaciones, de manera manera didáctica, de que madera está hecha la estúpida y fatal censura.

Por Fernando Barraza
Aunque la promoción global en demérito de las ideas de igualdad social y DDHH están siendo fogoneadas permanante para que lo justo se perciba como algo malo o atrasado, este 2026 por suerte nos está trayendo una gran circulación de muchísimos contenidos que invitan a efectuar un buen ejercicio -individual o colectivo- sobre la memoria por el 50° aniversario del golpe .
El grueso de las propuestas es mayormente audiovisual y va por redes, que es el lenguaje más circulante de estos tiempos a través de contenidos para ser vistos en teléfonos. Por eso hay que detenerse un rato frente a la catarata y disfrutar un poco de cómo los contenidos por memoria, verdad y justicia entran en sintonía con esta época en la que el eclecticismo es rey. Entre tanto video de perritos, de gatos, de bloopers más o menos violentos o de mensajes de autosuperación, aparecen los contenidos que nos acercan con conciencia a este cincuentenario, Y si bien el tema es uno (el concepto integral que aúna memoria, verdad y justicia) felizmente no existe un solo estilo de publicación, porque (al igual que con los perritos, los gatitos y los bloopers) abunda la variedad. Podemos encontrarnos con viñetas de historietas que narran el periodo con síntesis perfecta, o mini documentales en formato reel que en un minuto te dejan ver cosas importantes, o animaciones artesanales, o las más resistidas animaciones con IA; pueden ser micro canciones ilustradas, o emotivos monólogos frente a cámara de testimoniantes directos y hasta humor gráfico del más irreverente. Hay de todo, y eso es buenísimo.
Dentro de este mar de propuestas encontramos material impulsado en redes por personas, instituciones de los estados provinciales y/o municipales o entidades de la vida civil varias. ¿Y el gobierno nacional?... No, mejor dejá que esos no hagan nada, ¡es preferible!.
Surfeando esta marea podemos ver como en muchas de las propuestas subyace de manera más o menos explícita un interés común a destacar: tener muchísimo cuidado y cierto sano grado de insistencia tozuda para dejar bien en claro que se necesita llegar con el mensaje de memoria a las juventudes, a las adolescencias y a las infancias.
En esta oleada de mensajes como el que está gestándose en 2026, un sol debe brillar como guía de navegación en torno a esta invitación al ejercicio de la memoria colectiva, algo que la convierta en un mensaje útil y no en una formalidad sin espíritu, casi de pasteuriación institucional. Y quizás esto de insistir en actualizar el lenguaje y las estéticas para que las juventudes, adolescencias e infancias sepan y comprendan bajo sus propias herramientas de consumo qué fue lo que pasó en Argentina desde el 24 de marzo de 1976 hasta diciembre del '83 -y no lo vean en una lejanía anecdótica de color sepia- sea precisamente esa esa luz/sol que estamos necesitando para cargar de vida los recuerdos que nos trajeron muerte, hambre y terrorismo de estado a toda la nación.
Teniendo en cuenta que el año es largo, y no solo hay que conversar sobre nuestra historia reciente en vísperas del 24 de marzo, aprovechemos cada portal que pueda abrirse para que el ejercicio de la memoria avance a paso firme.
En este sentido, hablar con las nuevas generaciones sobre las canciones prohibidas en la dictadura -algo tan sencillo, que no ha perdido vigencia (la canción como género popular) y tan asible- puede ser una excelente manera de entrarle a las pibas y pibes con un planteo de actualidad. Es menester que a la pibada nuestra historia, que también es la suya, no les suene a vieja película en blanco y negro, tal y como nos sonaba a nosotros cuando nuestras maestras en la escuela nos hablaban de la Segunda Guerra Mundial. La manualización escolar de los acontecimientos históricos es una posibilidad útil como herramienta didáctica, no seamos brutos como para decir lo contrario, pero a veces esa pátina sepia sobre la historia reciente es contraproducente. En esta línea de razonamiento didáctico, la de actualizar más que “musealizar” lo que se narra, lo mejor es ordenarse. Probemos un par de separaciones didácticas en torno al ítem canciones prohibidas y dictadura.
Primer paso: canciones eran las de antes, pero también las de ahora
Si vamos a hablarles de casos emblemáticos de censura sobre las canciones (con el consecuente asedio y persecusión a cantautores e intérpretes) lo primero que deberíamos hacer es traerles a la memoria un puñado actual de canciones, algo que les permita un anclaje en sus propias vidas, las de hoy.
Por ejemplo: el popurrí de sus propios temas (que incluyen entre otros "EoO", "Nuevayol" o "Baile Inolvidable") que hizo Bud Bunny en la tan comentada apertura del Superbowl, es un buen material para mencionar, porque el piberío lo conoce, les ha llegado a sus teléfonos, lo ha hablado en casa, mas allá de que les guste o aborrezcan al conejo. El álbum “Free Spirits” de Paco y Ca7riel también es válido como referencia. Solo por dar dos ejemplos que cuando vean esta nota en la web en diez años quizás será una mera referencia vintage.
Hay que esforzarse, hay que partir del lugar en el que las nuevas generaciones están situadas, sobre todo porque el postmoderno entrenamiento de la segregación entre generaciones es otro de los grandes mandatos para disociar la historia que el poder actual nos tiene preparados. Toda esta cosa de hacer chocar a la generaciones, que tiene sus expresiones más odiosas y brutas en conceptos como el de “viejos meados”, pero que antes de esa barbaridad troglodita posee un largo abanico de anulación de discurso y demérito a las personas grandes y construye valores anti-memoria adulta, esos que occidente ha perfeccionado de manera casi caricaturesca para que todos seamos unos pavos sin pasado.
Si la canción no ha muerto -ni mucho menos- y sigue siendo uno de los vehículos directos para la transmisión cultural, uno que no hemos abandonado ni “desmasivizado” desde hace más de un siglo, cuando nacieron los medios y las herramientas de difusión fonográfica, esforcémonos y busquemos en los contenidos actuales algo que pueda empatar lo que pasó con lo que podría volver a pasar.
Hurguen en versos. Busquen fuentes. Lleven estrofas a las conversaciones que tengamos con los más jóvenes.
Las premisas teóricas de la censura durante la última dictadura fueron claras: “se prohiben los cantables con contenidos relacionados con la difusión de ideas de marxismo, contenidos sexuales y uso de drogas” decían los memorandum del Comité Federal de Radiodifusión (COMFER). Bajo esta premisa, varias canciones de Paco y Ca7riel quedan afuera de un plumazo por llenar varios de los casilleros d elo que stá prohibido cantar. Divididos y su reciente hit “Aliados en un viaje” también cae en saco censor, porque habla de organizarse cuando la opresión es notable . O el mismísimo “El apagón” de Bud Bunny, que tiene contenido sexual con “Quiero las chochas de Puerto Rico”, pero también tiene contenido político de protesta: “Yo no me quiero ir de aquí/ No me quiero ir de aquí/ Que se vayan ellos, que se vayan ellos”. Si buscás, es claro y bien nítido. Ejemplos hay de a cientos, porque canciones siguen habiendo de a miles.
Lo que debe quedar en claro cuando hablemos de esto con la pibada es que la propuesta de la dictadura no fue criticar los contenidos, como se hace hoy en redes, donde todos odian y desdicen a todos. La propuesta y la acción de la dictadura fue -literalmente- desaparecer las canciones del espectro de difusión, anularlas por completo. Y en ocasiones, desaparecer también a sus autores.
Segundo paso: sucedió aquí, en tu comunidad
La idea de que todo esto pasó en una geografía lejana en el tiempo y un poco ajena al propio vivir cotidiano -como cuando veíamos las películas de la segunda guerra- es uno de los elementos más frecuentes que se utiliza para distanciarnos convenientemente de nuestra propia historia. En este sentido, narrar cómo los actos directos de censura sucedían en nuestras propias geografías, es fundamental.
En el caso puntual de la prohibición de la difusión de canciones en radios y televisoras en nuestro Alto Valle hay casos notables. Aquí también se “desaparecían” canciones y era fácil porque los medios eran poquísimos.
Testimonios de locutoras, locutores y operadores de las radios AM (las únicas que existían en los 70's en la región) recuerdan como, por ejemplo, el popular comunicador folklorista Coco Payote -encargado de la discoteca de LU19 de Cipolletti- rayaba con clavos, monedas, alambres y lapiceras los surcos de los discos de vinilo que contenían las canciones que estaban en las listas negras del COMFER, como para que se cumpliera a rajatablas la premisa de desaparición del éter de todos esos cantables.
Estas actitudes civiles, más papistas que el papa, eran frecuentes en todos los medios. Es cierto, no había una orden oficial directa de rayar surcos, como para que este señor, o cualquier persona que trabajara en un medio se pusiera manos a la obra; pero el clima de época -basado en la amenaza de intervención de la fuerza pública y en una campaña de atemorizamiento psicológico constante contra la sociedad pensante- terminaba por “construir” a estas personas como para que actuaran como soldados del regímen sin uniforme oficial.
Es bueno que los pibes sepan que si entran a la vieja discoteca de LU19 con la lista de las canciones prohibidas en la mano, aun podrán encontrar algunos de esos discos con surcos rayados. Y también es bueno que sepan que esto mismo sucedió en cada una de las radios de nuestros pueblos. No en Noruega, ni en Kazajistán. Y que eso era algo que afectaba -sí, lógico- a cantautores e intérpretes, pero también afectaba y agredía a todos nosotros, las personas de un pueblo, porque si hoy volviera a suceder algo así, el gobierno de facto no dudaría en bloquear las canciones prohibidas de las plataformas que hoy usan los pibes y pibas para escuchar la música, y eso sería espantoso tanto para los artistas como para todos nosotros. Ojo, dificil no sería de implementar, eh: detección algorítimica es una de las herramientas más fáciles de obtener en un mundo digitalizado como el que habitamos.
Todo esto es un buen ejercicio didáctico: que imagine nuestra juventud que sucedería si fueran a poner en YouTube o en Spotify su canción favorita y solo saliera silencio y apareciera un cartel avisándoles que esa canción está prohibida por decreto. Es un ejercicio potente al imaginarlo, y nos lleva a un tercer y último paso de ordenamiento didáctico...
Tercer paso: hubo una institucionalización para que la censura funcione

Es importantísimo enseñar, difundir y dar a conocer a las nuevas generaciones que hubo un andamiaje teórico institucional estatal para que lo peor de las premisas dictatoriales se cumplan.
Aunque se disuelvan los poderes de la democracia -como sucedió en 1976- todo gobierno, hasta uno horrible y de facto, necesita la letra ordenada como para que las acciones se lleven a cabo.
En el caso de la desaparición de canciones en Argentina, la herramienta institucional -como ya hemos señalado- fue el COMFER, que fue tan pero tan importante que durante toda la dictadura (1976-1983) dependió directamente de la Presidencia de la Nación y estaba subordinado en un lazo estrecho y sin mediadores a la mismísma Junta Militar. Tanto así que la denominada Secretaría de Información Pública y Comunicaciones poseía un directorio integrado por representantes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, elegidos a dedo por las máximas autoridades de cada fuerza.
Miren si no era importante dentro del plan de gobierno de la Junta el acto de la censura...
El COMFER funcionaba como un brazo ejecutor de la política de censura del llamado "Proceso de Reorganización Nacional", que era el nombre institucional que se le dio al plan socio/político/cultural/económico que llevó a cabo el régimen cívico militar eclesiástico y empresarial que gobernó Argentina durante aquellos años.
La premisa principal en el COMFER era la de asegurar la circulación del discurso oficial y silenciar cualquier voz opositora o disidente.
Durante los primeros años lo hicieron de manera ordenada, pero sin una letra fundada por escrito. Todo cambió cuando nació la Ley de Radiodifusión 22.285 (sancionada por decreto en septiembre de 1980, publicada en el Boletín Oficial el 16 de ese mes y ese año). Allí se determinó con prolijidad algo que ya estaba funcionando aceitadamente: que el control de lo que se dice y canta sea total y que el directorio del ente estuviera compuesto por siete miembros, incluyendo representantes de las tres armas.
Es bueno saber que si bien los términos de establecimiento del directorio no se llevaron a la práctica cuando retornó la democracia a Argentina, ésta Ley duró en vigencia -con muchos de sus artículos ordenando la comunicación del país- hasta 2009, cuando entró en vigencia la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que por más que a la derecha le encante llamarla “Ley K de Medios” fue votada por mayoría absoluta de todas las fuerzas políticas argentinas en el Congreso.
Volviendo puntualmente a la prohibición de las canciones durante la dictadura -no olvidemos que estamos aquí por eso- es bueno señalar que ésta fue una de las primeras consignas de la dictadura que tuvo un orden teórico bien prolijo e institucionalizado, ya que casi inmediatamente se organizó un listado efectivo y una circular nacional que se envío a cada uno de los medios de comunicación del país.
Ya en 1977 había una copia de la circular denominada “Cantables cuyas letras se consideran no aptas para ser difundidas por los servicios de radiodifusión” pegada en cada emisora del país. En esa lista llegó a haber 221 canciones que quedaron completamente prohibidas.
Analizar el carácter y la variedad de esta lista nos ayuda a entender como funcionó -y puede seguir funcionando si la cosa se tuerce más- la censura. No olvidemos que la premisa del COMFER era la de prohibir “los cantables con contenidos relacionados con la difusión de ideas de marxismo, contenidos sexuales y uso de drogas”, sí, es cierto; pero inclusive es bueno dar un paso analítico previo a esta premisa y notar que la dictadura no le llamaba “canciones” a las piezas a censurar, sino que les les llamaba “cantables”. Esto es notable, porque en vez del sustantivo “canciones”, eligieron usar ese adverbio que pone de relieve el acto de las personas por sobre lo que origina esa acción.
Lo más peligroso de todo para la dictadura no era el mensaje de las canciones, sino la aceptación y el ejercicio de reproducción cantada que el pueblo pudiera ejercer. Interesante ¿verdad?, sobre todo porque da cuenta del miedo que les generaba el poder de acción popular posible dentro de una canción.
Analizar la variedad con la que la censura actuó deja expuestas las verdaderas razones de su accionar. Veamos: censura es miedo -ya lo dijimos en la oración anterior- pero también es confusión.
¿Qué censuraban, por qué lo censuraban? Si bien había premisas “claras” (no marxismo, no libertinaje, etcétera) existía una confusion notable en los criterios aplicados.
Dentro de la nómina de canciones prohibidas hubo ejemplos estúpidos y poco conocidos, no tanto como el que suele mencionarse cuando -desde el hoy- contamos que bajo ordenanza del Poder Ejecutivo Nacional en 1978 se prohibió el manual de físico química “La cuba electrolítica”, que hablaba del proceso de cataforesis para pregnar en metales y pintar en la industria automotriz, y se lo prohibió porque tenía la palabra cuba en su título.
En la lista de canciones no tenemos una brutalidad semejante, claro, es muy dificil de empardar; pero sí hubo canciones inexplicablemente censuradas, como la divertida y bailable “El Tero Tero” de Marcos Velásquez, porque contenía versos “subversivos” como este:
“Es cosa importante tero tero/mantenerse unidos/ gritar tero en una parte/ y tener en otra el nido/ Tero tero tero tero/ Tero tero tero tero/ ¡Muy bien por el compañero!”.
Ejemplos así de ridículos, encontrarán a raudales, porque todo -pero absolutamente todo- les daba miedo a los censores. Si no es por el miedo, como se explica que hayan prohibido “Que no me llamen tu mujer” de la cantautora romántica Tormenta, una canción simple y pegajosa que daba cuenta de la historia de una mujer que se cansaba, se separaba y se iba de su casa:
“Perdóname, me voy de casa/ Lo decidí esta mañana/ Me desperté y vi ese sol/ Sentí mi vida sin amor/ Porque entre tú y yo no existe nada”.
El miedo al empoderamiento de las mujeres frente a la falta de amor de pareja los dejó tiesos e inmediatamente hicieron lo mejor que sabían hacer: desaparecer cantables.
La lista llegó a tener exactamente 221 canciones (“cantables”, para ellos), muchas de ellas son conocidas por su fuerza socio política explícita. A éstas se las suele tildar desde el post-postmodernismo de hoy como “fuertemente politizadas”, como si eso fuera suficiente como para haber intentado desaparecerlas desde el estado. No entremos en ese juego, porque es una canallada. Es más, es bueno que las nuevas generaciones sepan que esas canciones, las mas “rebeldes” desde lo político, eran las que los torturadores usaban para poner a todo volúmen en las salas de tortura de los centros de detención clandestina.
Es interesantísimo leer los testimonios volcados en el ensayo “Satisfaction en la ESMA: música y sonido durante la Dictadura” (Gourmet Ediciones, 20121) del periodista y músico Abel Gilbert. Allí, entre otros sucesos y procesos importantísimos, se narra precisamente esto: los torturadores sabían que canciones eran parte de la vida de sus torturados y se las ponían a todo volumen.
En Neuquén tenemos un ejemplo clarísimo: la última canción que el maestro Orlando Nano Balbo pudo escuchar bien antes de que su daño auditivo sea irreversible hasta la sordera por aplicación de picana eleéctrica en sus orejas, fue “The Sound Of Silence” de Simon & Garfunkel, que sonaba a todo lo que da en la sala de torturas que habían armado en la sede de la Policía Federal en pleno microcentro de Neuquén. La escritora Gabriela Grunberg lo cuenta a la perfección en su conmovedor relato literario “Los sonidos del silencio”.
Dicho todo esto, quienes recordamos haber tenido que sacar un disco en casa porque nos advirtieron que no se podía escuchar, tenemos el copromiso de dar a conocer a quienes no tuvieron un aproximamiento vivencial a estos sucesos todo lo que nos sucedió, porque a la luz de realidades que se presentan, con prohibiciones oficiales de libros en potencias como EEUU, ataques explícitos de funcionarios a cantantes, literatos y artistas en todo el mundo -incluida Argentina, claro está- debemos dotar de conocimientos precisos sobre nuestra historia reciente a esas juventudes, adolescencias e infancias.
Vamos, que tiempo tenemos, pero no tanto...








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