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  • P. Montanaro

Alejandra Pizarnik, un cuerpo hecho con poemas

Pablo Montanaro recorre algunos aspectos de la poeta Alejandra Pizarnik, cuya obra se presenta como una de las más originales y profundas de la literatura argentina.


Alejandra Pizarnik concibió a la poesía como un acto absoluto y de carácter trascendental. Su conflictiva y breve existencia (tenía 36 años cuando murió en 1972) se deslizó como “un barco sobre un río de piedras”, tomando uno de sus más estremecedores versos.


Pizarnik es la poeta argentina más leída y traducida en las últimas décadas. Una poeta de la desdicha, del dolor como así también del misterio que en septiembre de 1972 decidió terminar con su vida. “No quiero ir más que hasta el fondo”. Ese fue el último verso que Pizarnik dejó en el pizarrón de su departamento. Su suicidio cierra, de alguna manera, un intenso y lúcido ciclo vital, a la vez que liga su poesía a una “vocación trágica”, poco frecuente en la tradición hispanoamericana.

Había nacido en Avellaneda, el 29 de abril de 1936, estudió estudió filosofía y se formó de la mano del pintor surrealista Juan Batlle Planas. Entre los años 1960 y 1064 vivió en París, donde trabajó como traductora, crítica literaria. Fue el tiempo en que entabló una fuerte amistad con Julio Cortázar y con el poeta mexicano Octavio Paz, quien escribió el prólogo al libro “Árbol de Diana” de Pizarnik, publicado en 1962. Los poemas de este libro consolidan un universo cuya intensidad existencial parecen afirmar las obsesiones de su poesía: el oficio de vivir y la muerte, ese íntimo conflicto entre la razón del ser y la sinrazón de vivir.


Anteriormente había publicado “La tierra más ajena” (1955), “La última inocencia” (1956) y “Las aventuras perdidas” (1958). En 1965 se editó "Los trabajos y las noches", tres años después "Extracción de la piedra de la locura", en 1969 “Nombres y figuras" y en 1971 “El infierno musical”. Luego de su muerte, en 1982, se publicaron sus "Textos de sombra y últimos poemas", con edición de Olga Orozco y Ana Becciú; en 1994 Cristina Piña fue responsable de la edición de "Obras completas"; y en 2001 publicó "Poesía completa".

Además en 1998 apareció “Correspondencia Pizarnik” un libro que incluye algunas de las cartas que la poeta enviaba a sus amigos escritores y a sus familiares.


Son pocas las veces en que un poeta transforma su vida materializándola en una poética. Este es el caso de Pizarnik que postuló y cumplió “hacer el cuerpo del poema con mi cuerpo”, como escribió en uno de sus poemas más relevantes. Inmediatamente pensamos en Nietzche “ya no es un artista, sino que se ha convertido en una obra de arte”.

La actualidad de la obra de Pizarnik es fuertemente seductora por esa mirada, por esa ¿herida?, que hace con respecto al presente y al futuro: “es tan lejos pedir, tan cerca saber que no hay”.

Caso único en la poesía argentina en la que una poeta concibe a la poesía como un acto absoluto, de carácter trascendental y que llevaba consigo una ética. Igual al pensamiento de aquellos poetas “malditos” (Rimbaud, Lautreamont, Artaud), románticos alemanas del siglo XIX. Toma de posición, apuesta, aspiración.

Para la escritora e investigadora Cristina Piña, quien acaba de publicar el libro “Alejandra Pizartnik. Biografía de un mito” (Lumen), en la obra de esta poeta se pueden observar diferentes etapas, “dos momentos”.


El primero que va del comienzo hasta “Los trabajos y las noches”, en el que los poemas se van haciendo cada vez más breves y condensados, en el que hay una auténtica pulsión centrífuga en su poesía que aspira a decir en unas pocas palabras lo máximo posible.


El segundo momento para Piña lo ubica después, de “Extracción de la piedra de locura” a “El infierno musical”. “Es como un movimiento centrípeto y contrario, en el que pasamos del poema extremadamente condensado a poemas extensos, que cubren toda la página y que van aflojando esa condensación extrema para decir lo máximo posible, pero no en el menor espacio”, explicó Piña. Y agregó “creo que la obra de Alejandra comprende esas dimensiones que son como contradictorias entre sí, lo cual le da una gran riqueza y variedad”.


Para Pizarnik poeta y mujer “todo es posible, excepto la vida” (Cioran) porque la poesía la convocó a asistir al juego, por ello habló desde el lugar “en que se hacen los cuerpos poéticos”. En síntesis, escribir, para la poeta, es la construcción de un silencio, pero de un silencio luminoso.

La poeta pretendió alcanzar la página en blanco y dar claridad a tantas formas extrañas que acosaban cada noche. Envuelta en confusión, en desorden, en lejanías, en pasos perdidos. Fue fuego del cansancio, fue el fuego mismo y pretendió revivir aquel instante que no dejó sombrar. Destino de ciertas cosas y su desierto corazón.


Pizarnik escribió que la poesía es “lugar donde todo sucede”. Ese compromiso, ese espacio del suceder tiene algo que ver con lo corporal. Escribir con el cuerpo, escribir con el todo. Y así lo escribió en su libro “El infierno musical” (1971): “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.


La transmutación del cuerpo en texto, del acto en poema me parece un rasgo de una intensidad enorme. Se convoca totalmente a la literatura y se disuelve como persona. “La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Por hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi intento de hacer literatura con mi vida real pues ésta no existe: es literatura”, sentenció.


Esa obsesión de hacer del cuerpo el poema le confiere una autenticidad “en el jugarse al poema”, según Piña, que le confiere a su poesía un peso muy especial y muy conmovedor. “Cada poeta es una aventura vital y cuando es arrolladora y arrebatadora como la de Alejandra deja huellas muy profundas en el lector”, describió su biógrafa.

En Pizarnik podemos encontrar una especial relación formada por cuerpo-lenguaje-escritura. “Hablo del lugar en que se hacen los cuerpos poéticos”, dejó escrito. La decisión de ser transformada por la poesía, por el ejercicio poético. “Halla la máscara del infinito/ y rompe el muro de la poesía”, escribió la poeta para llevar el silencio como respiración eterna y poética; por eso para ella la muerte “es una palabra”.


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