• Hilda López

Virgilio López Azuán y una carta a Dios


Virgilio López Azuán, es un poeta, escritor y animador cultural de República Dominicana. Autor de importantes libros traducidos a diversos idiomas, es un fervoroso lector y escritor de cuentos. Eligiendo aquellos que tienen características simples, anécdotas sencillas y jugosas, publica un cuento que tiene un ribete crítico de la realidad que se conoce en distintos países del mundo, haciendo centro en Latinoamérica.


Aquí está su publicación: Por Virgilio López Azuán



Cuando descubrí que los cuentos me apasionaban, jamás he dejado de leerlos. En mi infancia las lecturas de cuentos infantiles y narraciones de aventuras eran frecuentes en la biblioteca de mi pueblo. En la etapa juvenil, siendo alumno de la Universidad Católica Madre y Maestra -UCMM-, hoy Pontificia, recibí docencia con un extraordinario profesor de español, el Licdo. Ricardo Miniño quien sin proponérselo y sin saberlo estimuló mi pasión literaria, lo mismo que Carlos Fernández Rocha. El profesor Miniño nos puso a leer los cuentos Luvina y Diles que no me maten de Juan Rulfo.


Jamás he podido olvidar el impacto emocional que me causaron esas narraciones. Desde entonces, no he dejado de leer y escribir cuentos, y mucho menos olvidar a ese distinguido profesor que no he vuelto a ver.

Por cierto, por esos días, ya hablo del año 1979, conocí y visité en su oficina al doctor Bruno Rosario Candelier, entonces catedrático de la UCMM, quien iniciaba sus teorías y tertulias del Movimiento Interiorista. Su mejor pupilo en lo poético, al menos eso percibía, era el jovencito Pedro José Gris, que se presentaba como una de las grandes promesas en el género poesía de la República Dominicana.


Pero esa es otra historia. Lo cierto es que he seguido leyendo cuentos de todas las épocas, de todas las culturas, de todos los autores que he podido alcanzar. Y como nos pasa a todos, la memoria pone sobre sus lienzos, algunos episodios, hechos, vivencias y lecturas (como son estos casos) que son imposibles de borrar. Diré que el cuento Luvina, Diles que no me maten y ¿No oyes ladrar los perros de Rulfo, sobrevuelan mis tiempos y mis espacios y permanecen intactas de forma primigenia las emociones que destaparon.


Lo mismo pasa con otros cuentos como La Casa Tomada de Julio Cortázar, La mujer que llegaba a las seis de Gabriel García Márquez, La Mujer de Juan Bosch o El Aleph de Jorge Luis Borges, entre tantos más.

Pero todo lo antes dicho no es más que un pretexto para mencionar un cuento, que tiene la impronta de un cuento rural o criollista, utiliza un lenguaje llano en su composición; y que, por su chispa de humor, por la naturaleza de la sociedad actual en que vivimos, es un cuento al cual siempre haré referencia y recomendaré.


Se trata del cuento Una Carta a Dios, del mexicano Gregorio López Fuentes, quien escribió varias novelas y una colección de cuentos que apareció en el 1940 con el título Cuentos campesinos de México, donde demuestra gran interés por el folklore, las costumbres y la psicología de los tipos rústicos que pinta.


Bueno, Una carta a Dios, trata la historia de Lencho que vivía en la única casa que había en todo el valle, en medio de los sembradíos de maíz y frijoles. En un momento empezaron a caer gruesas gotas de lluvia y luego una granizada que dejó a los árboles deshojados, el maíz hecho pedazos y los frijoles sin una flor. Esa noche fue solo de lamentaciones para la familia de Lencho, quien pensó en el hambre que sufrirían por la pérdida de los cultivos.


Lencho era un hombre de mucha fe, muy creyente y esperanzado. Se le ocurrió la idea de escribirle una carta a Dios para que los ayudara.

Así lo hizo, la carta decía: “Dios, si no me ayudas pasaré hambre con todos los míos, durante este año: necesito cien pesos para volver a sembrar y vivir mientras viene la otra cosecha, pues el granizo…” Lencho rotuló la carta “A Dios”.

La depositó en la oficina de correos del pueblo, y viendo el destinatario, el jefe de la oficina admiró la fe de quien escribía esa carta. Pero enviar una carta a Dios, la entrega sería imposible. Y para no defraudar al remitente, a ese hombre de tanta fe, en la oficina de correos los empleados hicieron una colecta y la devolvieron al remitente. Al recibir Lencho la carta apreció que solo tenía sesenta pesos dentro, el dinero recaudado en la oficina.

En seguida Lencho escribió otra carta al mismo Dios. Le dice: “Dios, del dinero que te pedí, solo llegaron a mis manos sesenta pesos. Mándame el resto, que me hace mucha falta; pero no me lo mandes por conducto de la oficina de correos, porque los empleados son muy ladrones. -Lencho”.

Hoy que el tema de la corrupción en la República Dominicana ocupa primeras planas como noticias de periódicos y de impacto en la televisión, hoy que está en crisis la gente por muchas desesperanzas, este cuento es recomendable para su lectura. En la mayoría de los casos los cuentos dejan un aprendizaje, un espacio para la reflexión sobre el mundo y los hechos, sobre la sociedad y sus avatares, sobre la vida misma. El cuento bien logrado siempre cuenta con una carga de fascinación y de impulso vital con el cual el lector se eleva y tiende a ser seducido.


H.López - La Yapa.

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