Preparativos navideños...
- layaparadiotv
- 21 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Por Mario Cippitelli
Desde que tengo memoria, los preparativos para la Navidad en mi infancia y adolescencia siempre comenzaban temprano; exageradamente temprano, diría.
La ansiedad, la expectativa, los nervios y la alegría se mezclaban y conformaban un único y extraño sentimiento que fluía durante todo el día y que recién se apagaba después del brindis de las 12. Y era un sentimiento realmente contagioso y contradictorio, con humores que cambiaban en un instante, discusiones que se encendían por una tontera y carcajadas que brotaban de la nada. Era la locura de la Navidad.
Todo comenzaba de madrugada, cuando el sol recién se asomaba a mi habitación, llegaba el aroma de los jazmines de lluvia que se enredaban en las rejas de las ventanas que daban al jardín y se fundían con el olor a lechón asado que mi abuela Lala había puesto en el horno a las 5 de la mañana.
Inevitablemente, ese maridaje de fragancias tan contrastantes me abría los ojos, acaso por la dificultad de intentar hacer una asociación racional entre una flor delicada de verano y un chancho asado con ajos y romero. Supongo que en ningún sueño por más alocado que fuere podría encontrarse semejante relación. En mi casa sí.
A partir de ese momento comenzaba un peregrinaje constante por todo el hogar. Mi papá y mi mamá se levantaban poco después y mis hermanos y yo los seguíamos casi hipnotizados por aquel ritual navideño, pero tratando de no molestar.
La cocina de mi casa era amplia y se fusionaba con un comedor que la hacía parecer más grande todavía. Pero en vísperas de la Navidad todo espacio era poco a la hora de cocinar, por lo que era necesaria una gran coordinación para nadie chocara contra otro o para que ninguna olla, fuente o botella terminara en el piso.
Así, mi papá, mi mamá y mi abuela realizaban una coreografía perfecta como si la hubieran ensayado durante meses. Unos picaban verduras o frutas, otros trozaban carnes, enrollaban piononos, rellenaban tomates, preparaban postres... Todo lo hacían en silencio, con concentración de ajedrecistas.
Los roles se cambiaban de manera tácita o a lo sumo con alguna indicación breve. Y la función del valet seguía con más recetas mientras dos heladeras se iban llenando de manera cuidadosa y tan perfecta que para sacar algo que había quedado en el fondo era necesario elaborar mentalmente una estrategia para no desacomodar nada.
El frenesí de la cocina y los preparativos tenía una pausa después del mediodía y de la siesta obligada para cargar energía. Con mis hermanos aprovechábamos esa quietud temporaria para escaparnos en silencio al jardín donde estaba armada una pileta de lona pequeña que para nosotros era un océano. Allí jugábamos sin que nos importara el sol ni el tiempo; nos divertíamos callados, nos reíamos sin risas audibles, sin chapoteos ni gritos que pudieran alterar el descanso de los cocineros después de tanto trajín culinario.
La calma y el silencio se extendían hasta no más de las 17 cuando los tres mosqueteros de la cocina volvían para los últimos preparativos: poner las mesas, acomodar sillas, baldear el patio embaldosado para refrescarlo, colgar los adornos y guirnaldas en un pino azul natural que estaba en un rincón del jardín, colocar manteles, platos y cubiertos; cuidar cada detalle para una cena acorde a la Nochebuena.
Finalmente era el turno del baño y de vestirnos para la ocasión. Todos prolijos, todos con la misma ansiedad a la espera de la llegada de los primeros invitados: tíos, primos, amigos de mis padres con sus hijos; un batallón de comensales que también traía comida para sumar a la enorme variedad de platos que se habían elaborado en mi casa durante todo el día.
Después llegaba la cena, las charlas cruzadas, el bullicio del brindis, los regalos de Papá Noel y la sobremesa reparadora y reflexiva alentada por la sidra y el champagne hasta que la fiesta se terminaba.
Todas las Navidades que recuerdo de mi infancia y adolescencia fueron hermosas y todas estuvieron precedidas a ese increíble ritual que comenzaba de madrugada y se extendía durante todo el día.
Eran festejos como los de antes, exagerados, multitudinarios, ruidosos, sacrificados. Eran alegrías, entusiasmos y ansiedades que quedaron congeladas en mil fotos y que cada tanto vuelven a ver la luz para llorar un poquito y reír otro tanto








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