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“Puedo tener algunas cosas bien complejas y rebuscadas y otras bien sencillitas”

Este artículo fue publicado originalmente en el portal web Va Con Firma


Por Fernando Barraza


El tucumano Nicolás Agulló es el director de la orquesta y el coro de la Universidad de La Sorbona de París y esta semana dirigió a la Orquesta Sinfónica del Neuquén. Lo entrevistamos en un ping pong rápido, pero de respuestas profundas.


Nicolás Agulló, con sus jóvenes 41 años, ha llegado a un sitio de elite musical que más de un director anhelaría con ansias sin par. El tipo lo tiene todo para ser un divo a escala: talento de sobra, mucho carisma en el escenario y debajo de él, un charme importante, un bagaje cultural asombroso y -además de todo- tiene un puesto como director en una de las entidades más prestigiosas de la música académica del planeta. Sin embargo Agulló elige otro enfoque para vivir su presente, pareciera que no puede ni le interesa desprenderse de lo que trae de su territorio de origen. Al verlo venir puede que interpretes que el que está llegando es el gran maestro, pero basta que converses tres minutos con él para darte cuenta que su Concepción de Tucumán natal es él mismo, que la diversidad de vidas del departamento de Chicligasta le susurra cosas tanto en kakán como en criollo. Es maestro, sí, sí. Está posicionado en un sitial destacado, sí, sí. Pero es un sencillo tucumano 24/7.


Cuando habla de su linaje, o de sus orígenes como guitarrista que buscaba siempre algo más dentro de la música, no deja nada afuera, se deja ir y menciona todas las ramas que hoy son el follaje de su actualidad profesional. Desde las familiares, o las de su comunidad, hasta las grandes academias.


A vistas de como se maneja ahora que “llegó” (como se dice en la jerga del “pegarla”), pareciera que nadie le podrá sacar lo tucumano a este muchacho, ni siquiera un recorrido académico en dos de las instituciones más reputadas: el Conservatorio de Reims y el Conservatorio de París, o sus capacitaciones con gigantes de la música como Rut Schereiner, Zsolt Nagy o Peter Eötvös.


Todos los intentos de destucumanizarlo (con toda la pérdida de calidad humana que eso implicaría) podrían ser vanos, porque él trabaja de amontones, sí, pero elige momentos distintos al recorrido del divo o del reputado. Sigue mencionando sobre el escenario a Atahualpa Yupanqui, o se pone la mar de contento cuando alguien en el hall del teatro le regala un cd de Juan Falú y Chito Zeballos minutos antes de comenzar el concierto, o charla con una ñaña que está sola a la salida del recital.




Es que todo pareciera verlo con su sencilla pero profunda lupa. Dice de él mismo entre risas que es “obscenamente curioso”, pero se puede ver que en el fondo lo que hay en él es el carácter sensato de quien sabe de dónde viene y adónde está parado, pero no puede perder el foco solidario y generoso que trajo de su cuna y su sociedad, y no está interesado en dejarse marear por un presente que podría aumentar su ego por cien.


Quizás con esa premisa de vida profesional es que en este viaje a la Argentina (“trato de hacer uno por año”, nos cuenta) aceptó venir a dirigir a nuestra orquesta sinfónica provincial con un programa que fue una especie de viaje sonoro de impacto, con tres compositores coetáneos (nacidos a principios de la década del 40 del Siglo XIX) que tuvieron tres improntas diferentes, talladas por sus propias culturas nacionales, pero con una misma herramienta a disposición: las orquestas sinfónicas en su gran apogeo.


Los tres mosqueteros escogidoss para sonar en la noche de este viernes pasado en el Teatro Español neuquino fueron el francés Camille Saint-Saëns, el noruego Edvard Grieg y el ruso Piotr Tchaikovsky. Tres románticos nacidos bajo el signo inspiratorio de la generación inmediata anterior de animales totales de la música como Beethoven, Haydn, Mozart, Schubert y otros grandes compositores que se encargaron de cargarle combustible neutrónico a la música sinfónica para que los románticos que les sucedieron brillen a gusto y placer.


Pues todo este fulgor se notó con creces en el Español, porque el viaje tuvo los condimentos de alta newen (fuerza, energía) arrolladora en movimientos como “En la gruta del rey de la montaña” del Peer Gynt de Grieg, o en el “Finale allegro con fuoco” -y vaya que sí hubo fuego- de la Sinfonía 4 de Tchaikovsky, que sonaron como un elegante pero poderoso camión que te va a topar de frente ahi, sentado en tu butaca; pero también tuvo momentos de sutileza conmovedora como en “La mañana” de Grieg, o cuando se introduce el tercer tema del poema musical continuo “Faeton” de Saint- Saës, con esos violonchelos oscuros pero dulcísimos, o en el pizzicato lúdico e inspiradísimo del Scherzo de la sinfonía de Tchaikovsky. Todo sonó de manera intensa y clara, la orquesta tuvo una gran noche, brilló empujada por el buen arte de Agulló. “Esta noche lo dimos todo” dijo una de sus integrantes al salir, en la vereda misma del teatro. Sin dudas.


Es que el tucumano lo había anticipado en la rueda de entrevistas que dio en los días previos al concierto y lo dijo sin ambages: quería que las personas que concurrieran al recital vivieran una experiencia con cuerpo, sintiendo con la música que iban a escuchar que algo -o mucho- los estaba atravesando. El equipo -maestro y orquesta- cumplió con creces, y Agulló lo comentó desde el escenario, contagiando con sencillez la emoción que se transmite al hacer música como él y la sinfónica neuquina supieron hacer durante dos horas. Quizás el momento más patente de esto que se está tratando de contar en esta crónica se dio al final del andantino de Tchaikovsky, cuando en un acto íntimo, de segundos, de espaldas al público, Agulló se sonrió con emoción, se toco el corazón y señalo a la orquesta en agradecimiento pleno.


Todo esto que nos pasó en la sala se agradece. En días en los que lo que se suele promover con cierta malicia fiera el ejercicio de solo prestarle atención a los actos de individualismo puro y duro, una acción colectiva, hecha de música y emociones, en la que la relación de poder sea una propuesta horizontal y circular, sin arribas ni abajos, como fue este concierto, es toda una bendición. Gracias Nicolás, gracias querida orquesta.


Concierto completo de la Orquesta Sinfónica del Neuquén dirigida por el maestro Agulló

En la pausa de un día de ensayo con la orquesta, a mediados de la semana pasada, bastante antes de la función del viernes, tuvimos la oportunidad de conversar con el tucumano. Mates de por medio, metimos una charla express entre tanto trabajo y -en ese trajinar- nos atolondramos por preguntarle muchas cosas y todas muy distintas. El maestro aceptó de buenas a primeras y con muy buen ánimo...



Sin respuestas esquivas, esto es un desafío. Tenés que elegir el periodo favorito de la música académica: contemporánea, clásica, romántica, barroco. Uno solo podés escoger.


Siglo XIX, siglo XIX, del principio al fin. Osea: del 1800 al fin, y en realidad nos vamos hasta 1914, el comienzo de la Primera Guerra.


¿Por qué?


Porque es el periodo de De la orquesta. La orquesta nace como idea en el siglo XVIII, se va configurando, va creciendo, y ya ha llegado el 1800, es LA orquesta. Y bueno, tomemos entonces de 1780 a 1914.


Suponemos que no fue facil decidir. Pero ahora se pone peor: tenés que elegir a un solo compositor de entre todos los periodos de la música académica...


Imposible (se sonríe)


No, no, dale, elegí uno, uno solo, tiene que aparecer tu favorito.


¡No, no, es que es imposible!


Bien, veamos. Juguemos esa hipótesis tiranuela de que te vas a la isla desierta y tenés que llevarte la música de un solo autor...


(Interrumpe) Ninguno (vuelve a sonreir). Me llevo un paracetamol por las dudas, o una gran caja de antibióticos y a los compositores me los voy imaginando de a uno (risas). No, no sé, es completamente imposible, es imposible elegir, enserio.


Muy bien, muy bien. Entonces también sería imposible elegir un instrumento favorito dentro de una orquesta. Vamos, intentemos con esto. Tu favorito, el que vos digas, ese que lo escuchás afinando y decís “ay, por favor,cómo me gusta cómo suena esto”.


Tampoco. Tenés razón: esto también es imposible (se vuelve a sonreir). La única cosa en el mundo que tengo así como “un preferido” son las empanadas tucumanas (risas). Pero así, el resto de la vida y del mundo, elegir entre colores, compositores o elegir entre instrumentos, no, no: me es muy difícil. Soy tan enamorado de todo, tan curioso, obscenamente curioso. Entonces no puedo, no puedo (piensa...) No me quedó linda la frase ¿no?, ¡pero es así!.



Bien, te sacamos del mundo específico de la música y te llevamos un rato al terreno de la sociedad. La pregunta es: ¿pensás que la derecha va a seguir avanzando en el mundo?.


Hay un autor que se llama Leandro Simioni, escribió un libro hace ya varios años en italiano, yo lo leí en francés, “Le Monstre Doux” se llama, El Monstruo Dulce. Y este señor, de manera muy lúcida, expone cómo toda esta derecha va avanzando globalmente, pero no de la manera antigua, con golpes de estado, de manera violenta, abrupta, sino de manera dulce. Por eso “El monstruo dulce”, está claro. Hay estrategias, hay comisiones, hay todo un plan, digamos, para enamorar, que va llevando a las acciones de “qué visibilidad tengo acá, qué persona presento allá”. Entonces, la verdad da mucho más que temor, da casi terror. Y para mí, en algunas instancias, es escandaloso. Y silenciosamente escandaloso. Y por eso es terrorífico, porque como que avanza subrepticio, va avanzando y se lo ve globalmente. Algunas cosas también han aportado las campañas por redes sociales y las comunicaciones que después mantenemos en redes sociales. Bueno, eso también forma parte, yo creo, de este periodo de la historia.


O sea, la respuesta es "sí"...


Y sí, lamentablemente sí. Pero hay que buscar soluciones. Trato de que mi respuesta sobre estos temas no sea solo pesimista, va a seguir avanzando el autoritarismo, y bueno, estamos en un proceso y hay que buscar soluciones.


Volvamos a la música. ¿Qué te ha dictado la experiencia cuando has tenido que recomendarle música académica a gente que no está tan empapada de la música académica? ¿Qué obra les recomendás? Como actor protagonista y difusor quizás te hayas dado cuenta, con qué cosas en particular (o repertorios) suele engancharse la gente.


(Piensa) Me parece que primero trato de percibir en la persona cuál es una afinidad como de base, porque a través de ese recorrido el camino es más cercano. No sé, si veo que la persona es más rockera, le sugiero que escuche la “Sinfonía del Nuevo Mundo” de Dvořák, que es muy rockera. Y muy así en 2 y en 4 y contratiempos. Si la persona es más bien de lo melódico, que escuche Schubert, que escuche mismo Tchaikovsky, ¿no? Grandes melodistas, Mozart, no sé...


Entonces, según la afinidad o según el bagaje que la persona ya tiene, busco una afinidad de base, invitando u orientando a cada persona, porque es como mostrar una puerta de acceso y después, que vaya para adelante. También hay que entender que mirar con atención antes de sugerir algo forma parte de no prejuzgar. Entonces bueno, a ver: la persona sensible tiene confianza en su sensibilidad, abre los poros y escuche lo que escuche, lo va a sentir, lo va a entender. No digo que se vuelva fanática, pero lo va a entender, no hace falta tanta explicación a veces.


Sos súper analista, ¿no?


Sí, sí. De todo. Muy obsesivo. Obsesivo... bueno, qué sé yo. Sí, pero sí: me obsesiono. Como que soy “inner”, este término, así, en inglés, que me parece adecuado. Mi recorrido es estudiar y entender, estudiar... Hace un rato hablaba de la curiosidad que siempre tengo, como un pecado de curiosidad (se rie) y tratar de entender todo...


Como quien tela, quien de todo hace telar, tratando de tejer lo que analiza y ve en acciones posteriores en la vida. Es todo un trabajo eso, porque ahí hace falta análisis y sensibilidad en dosis parejas, ¿o no?


Sí, sí, sí. Y un poco de meticuloso amor al arte. Ojalá un día me salga un lindo telar...


¿Cuándo supiste que ibas a ser músico y no otra cosa?


Tenía 16, 17 años. Yo había empezado a estudiar ingeniería biomédica, muy inspirado por Favaloro. Tuve una abuela que tenía problemas de rodillas y yo -en mi ilusión totalmente juvenil, adolescente- quería salvar el mundo y quería diseñar unas articulaciones, unas rodillas que le mejoren sus vidas a todas las abuelas que, como la mía, sufrían. Y empecé a estudiar ingeniería biomédica. Mirá. Y después de unos meses dije no, bueno, no. Simultáneamente había entrado en la Escuela de Música de la Universidad de Tucumán. Había empezado a cantar en el Coro Universitario de la Universidad de Tucumán, que fueron experiencias muy valiosas, que me reencauzaron. Y un día fue así como que bueno.., “va a ser música, nomás”. Fue darme cuenta de que soy esto.


Una pregunta clásica de esta sección. ¿Cuál es el lugar en el cual estuviste tocando o dirigiendo y dijiste “qué hago tocando acá”? Ya sea porque que dijiste maravillado “guau, estoy tocando acá, mirá el lugar en el que estoy tocando”, o al revés, que dijiste para tus adentros: “por favor, ¿qué hago tocando acá?” Por lo positivo o negativo. Elegí lo que quieras. Lugares extraordinarios.


Es un poco complicado aislar situaciones puntuales, porque no soñé “tal cosa o tal otra” esperando lograrla. Como que no había mucho plan, fui viviéndo este recorrido de música y llegué hasta aquí. Pero... (piensa)... un día me encontré dirigiendo un concierto en el primer piso de la Torre Eiffel en París. Y casi que hasta después del concierto no me di cuenta. Me dije: “qué loco haber dirigido un concierto con una orquesta y un coro y un público y toda esa gente acá”. Eran como 300 personas ahí arriba, en el primer piso, en el Salón Gustavo Eiffel de la Torre Eiffel, que parece muy cliché, ¿no? Parece una cosa así muy de “ay, claro...” (pone cara irónica de snob)...


No, pero eso debe haber sido bien fuerte.


Claro, y nunca lo había imaginado. Y se dio, me invitaron, y estoy agradecido,


¿Y a dónde te gustaría ir a dirigir a vos, personalmente? El lugar que vos elijas como sueño.


Y bueno, el sueño de todo director -y yo soy uno más del montón- es dirigir en la Orquesta Filarmónica de Berlín en su casa. Ese sería como el punto, es el ápex.


Claro, eso sería -como para darlo en una metáfora así un poco ramplona- como agarrar la Ferrari y manejarla...


Sí, sí, pero es más que eso. Es como que yo puedo tener algunas cosas bien complejas y rebuscadas y otras cosas bien sencillitas. Y este sueño es bien “sencillito y de Alpargatas”. Es tan buena esa orquesta y esa sala es tan, tan extraordinaria. Estuve ahí. Es un sueño. Es un sueño que ojalá un día se haga realidad. Es posible. Y si no, que sea un sueño, lo disfruto como sueño también. Pero hay otras cosas que me han pasado, que no las soñé, y que se dieron, y que las disfruté mucho, como lo de la Torre Eiffel. Y también otra cosa que me pasó hace poco, que fues dirigir en Cusco, en Perú, ahí en el Valle Sagrado, la Orquesta Sinfónica del Cusco, muy buena orquesta, en el Teatro Municipal de Cusco. Maravilloso llegar a ese lugar y vivir eso, que nunca lo había soñado. Y dije, qué maravilla vivir esto, qué afortunado que soy.

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