¿Quién no quisiera un presidente justo y equilibrado?
- layaparadiotv
- 17 may
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Paolo Sorrentino muestra en “La Grazia”, su último film, que se puede ser presidente siendo un humano imperfecto y frágil sin necesidad de ser un desbordado a punto de colapsar una sociedad entera porque sí.
Por Fernando Barraza
Quien no conozca el recorrido fílmico de Paolo Sorrentino está perdiendo la oportunidad concreta de entrar en un universo ficcional super sólido, marcado por una estética preciosa y por un hilo conceptual nítido y coherente a través de sus films, uno que ciertamente empata su obra con la comedia humana de Balzac, o con otros compendios de obras de autor que, de cabo a rabo, generan sus mundos de sentido propio, como lo hizo Shakespeare, o Fellini, o Borges, por mencionar tres bien fuertecitos e indiscutibles. Puede sonar exagerado ponerlo al mismo nivel que aquellos, pero -más allá de si está o no está Paolo para jugar en esas ligas- no conocer el universo fílmico de Sorrentino es una verdadera pérdida del tiempo. Sí, tiempo, ese que hombres y mujeres de esta tecno postmodernidad global actual solemos perder buscando cosas sueltas por cualquier lado.
La oferta audiovisual en estos últimos 20 o 25 años es abrumadora. Desde que Netflix es Netflix y todos los servicios de streaming posteriores se sumaron para colocar día a día contenidos casi infinitos en nuestras computadoras, celulares y televisores, la impronta de búsqueda se convirtió en algo vertiginosamente random y hasta... drogado. Hemos perdido muchos impulsos básicos y ricos a la hora de escoger producciones culturales y artísticas, pero uno de los principales es el de la emoción de ver cine de autor con paciencia retrospectiva, disfrutando de las estéticas particulares, de los estilos, de las paletas propias de cada director. Y en este ejercicio de confusión por sobre exposición de “alternativas” hemos perdido la oportunidad de algo fundamental y esencial: el poder elegir. A pesar de vivir sumergidas y sumergidos en una oferta oceánica permanente, elegir a conciencia parece no ser una opción válida en estos días. Por todo esto, es bueno repetir la frase del comienzo de esta nota:
Quien no conozca el universo fílmico de Paolo Sorrentino está perdiendo el tiempo buscando cosas sueltas por cualquier lado.
Asegurado esto como preámbulo, pasemos a lo siguiente, que es casi un consejo. Una excelente manera de dejar de perder el tiempo que estamos perdiendo es seguir los siguientes dos pasos: uno, apagar todos los estímulos circundantes -celulares, más que nada, porque la mayoría del “todo” nace allí- y dos, concentrarse sin pausas innecesarias para ver de un tirón “La Grazia”, el último film de Paolo Sorrentino. Una puerta se abrirá, y es probable que ya quede abierta para más.
Per quizás sea justo hablar un poco sobre Paolo Sorrentino antes de pasar concretamente a su última película, que ya pasó fugazmente por los cines de Argentina y ahora está disponible en Mubi.
Nota al pie: si no tenés Mubi porque estás haciendo achique de gastos, sacalo un mes gratis, que se puede porque tiene mes de prueba gratuito, y mirá esta película. Después buceá en su catálogo. Te apuesto algo a que en un mes agarrás la plataforma que ya tenés, la das de baja y te quedás -al menos por un tiempo- con Mubi.
Bueno, basta de vueltas, hablemos de Paolo.

Sorrentino es un napolitano de 55 años al que seguramente conocés por un hecho puntual: en 2014, en la 86° entrega de los Oscar, subió al escenario a recibir una estatuilla a mejor película extranjera por “La Grande Bellezza” y se la dedicó a Diego Armando Maradona. El film no era un documental sobre el Diego, ni por asomo, pero la vida y obra de El 10 siempre fue una fuente de inspiración para el director, y hasta lo hizo aparecer ficticiamente en uno de sus mayores films, como personaje recreado, haciendo jueguitos con una pelota de tenis y compartiendo un baño en una pileta de un spa de salud junto a Michael Caine y Paul Dano (“La Giovanezza”, “Youth”, en inglés, “La Juventud” por aquí) haciendo que el genial Roly Serrano interprete a ese Maradona en recuperación, aquel que buscaba aire y sentido a su vida, alejándose como podía de los consumos problemáticos, antes de irse para Dubai.
No es este de “La Giovanezza” el único Diego de Sorrentino. Reaparece invocado con un fanatismo colosal por el personaje del cardenal Voiello en la miniserie “The Young Pope” (2014/16, “El Joven Papa”) y más tarde evocado a través de los dos goles a los ingleses en el punto medio de tensión argumental en su penúltima ficción, “È stata la mano di Dio” (Fue la mano de Dios), de 2021. Y hay más referencia al 10 en sus films, pero estas que mencionamos son las más profundas.
Toda vez que Diego aparece en la obra de Sorrentino, se da a entender la existencia innata de un orden humano para situaciones divinas. Para Paolo Maradona (el de la cancha) es alguien inobjetable y heroica a niveles divinos y su esfera personalla del Diegote, es solo la corroboración directa de que lo humano está íntimamente ligado a lo milagroso, a lo santo, a la deidad. Nadie que viva en la Argentina DM (Después de Maradona) queda sin entender ese concepto, porque para nostrxs Diego es exactamente eso.
El ejemplo maradoneano/sorrentinesco que acabamos de dar no es casual, sirve para dar a entender cómo es que -argumental y conceptualmente- el realizador napolitano da a entender su universo de ideas filosóficas dentro de sus películas: sus pro-hombres no son pro-hombres, pero sí lo son. A nosotrxs nos corresponde ir buscándoles el lugar “correcto”.
Ahora falta hablar algo sobre su estilo visual. Vamos, ¡que es cineasta!.
Si hay que resumir ese estilo, tomemos a quienes -a favor o en contra- dicen que Paolo es el hijo directo de Fellini. Sorrentino, al igual que Federico (o que Sergio Leone, por que no...) no le teme a la sucesión preciosista de planos generales que se funden con primeros primerísimos planos e incluso miradas efímeras a cámara para narrar sin ambages el alma de sus personajes. También heredó de Federico el apego obsesivo por una iluminación y una fotografía perfecta y, por último, una fascinación por meter pasajes oníricos o casi surrealistas en medio de secuencias completamente realistas de sus films. Si todo eso construye a un auténtico “hijo actual de Fellini”, Sorrentino debe colgárselo como medalla y no temer a que esa apreciación sea despectiva, porque no lo es.
Pero donde el napolitano pica en punta, toma su nombre propio y se separa de su maestro es en la construcción de los personajes.
A diferencia de Fellini -que desde la intimidad de los personajes construía un deslumbrante mundo, personal y único- Sorrentino tiene personajes fuertes sí, pero no son estos los que construyen el mundo, sino que los mete como si fueran muñequitos en un universo que ya posee reglas pre establecidas de manera súper regulada. Son piezas: conmovedoras y profundas, pero son piezas.
Este paquete de “reglas universales sorrentinescas” vienen seteadas desde su ópera prima: “L´uomo in piu” (2001, “El Hombre De Más”), film donde narra la búsqueda existencial común de dos protagonistas que transitan por separado: un cantante de pop al que lo cancelan socialmente tras un escándalo sexual y un futbolista famoso cuya carrera se corta de cuajo por una lesión grave. El universo socio moral e el que se tienen que encontrar a sí mismos estos personajes de aquel film de principios de siglo es exactamente el mismo en el que se tiene que encontrar a sí mismo el protagonista de “La Grazia”, y es el mismo en el que debe hallarse el personaje dark, inestable y caza nazis que protagonizó Sean Penn en “This Must Be The Place” (2011, primera y hasta ahora única película de Sorrentino para Hollywood) o es el mismo en el que el personaje de Titta debe atravesar la vida en “Le conseguenze dell'amore” (2004). Este sistema de reglas socio morales transversal en todas sus peículas y series es, en definitiva, lo que convierte su obra en una verdadera comedia humana.
Pero ahora hablemos de “La Grazia”...

La sinopsis que nace desde el equipo de comunicación del film y se distribuye en medios, redes y plataformas parece escrita por Sorrentino. Es perfecta, ajustada y movilizante. Dice:
“El mandato de Mariano De Santis como presidente de Italia llega a su fin y se ve obligado a tomar desgarradoras decisiones políticas y personales. Entre dilemas morales, debe enfrentarse a su propia conciencia y buscar consejo en sus seres más cercanos, entre ellos Dorotea, su confidente e hija”
Todo lo que necesitamos saber antes de ver el film está en este simple párrafo de prensa. Este es el punto de partida y es extraordinariamente nítido: veremos en cámara el camino plagado de dilemas morales que un político encumbrado, que está a punto de dejar el poder, debe enfrentar antes de terminar su función pública. Porque ese -y no otro- es su destino.
Interesante, sí, con peso propio y propositivo, también. Pero no debemos olvidar que estamos viviendo en una época en la que todo es discutible y polemizable en redes digitales. Por eso no demoró mucho en aparecer en escena un dime y direte crítico que criticó esto:
“El personaje del político encumbrado que propone Sorrentino es demasiado ideal”
Y con esa crítica se intentó desligitimar el film todo.
La respuesta de Paolo fue tan sencilla (¡napolitana!) como práctica:
“No me molesta que digan esto, pero deben saber que escribí al político que a mí me gustaría que existiese en el poder, no al que todos quieren criticar”.
Como diría el mismísimo bobocero Adorni: “Fin”. Allí mismo y con esa simple respuesta cayó como castillo de naipes la crítica supuestamente devastadora.
Entonces hablemos sí del film. El personaje de Mariano presidente en retiro -setentañero largo el hombre- es impecable como político: recto, ecuánime (fue juez antes que parlamentario y presidente) y sesudo. El pueblo no solo lo respeta, lo admira.
Ver en escena a un político así, hoy, cuando globalmente el mundo nos presenta a muchos líderes políticos impresentables en corpus intelectual y aberrantes en peso moral, es impactante. Punto para Sorrentino.
Aclarado este escenario en el que vamos a asombrarnos por el presidente genial que se muestra frente a nuestros ojos -en contraste directo con la clase política que lamentablemente se propaga en la actualidad- deberíamos aclarar que el escenario que plantea Sorrentino no está dentro de una sociedad ideal en la que TODOS los políticos son como Mariano. Para nada.
A ver: entender qué es lo que representa un presidente en un sistema parlamentario como el italiano es bueno para comprender claramente que lo que el realizador napolitano nos está proponiendo en este film es adentrarnos concientemente a UN SOLO pro-hombre dentro de en un sistema político falible, con algunos jugadores canallas y con peligros concretos. Interesante.
Durante el transcurso del film se menciona, en dos o tres oportunidades al menos, lo cachivache y corruptillo que es el Primer Ministro al que Mariano debe poner en caja cada dos por tres. Es más: se hace explícito en el guión que el pueblo de Italia agradece a su presidente haber corregido acciones de gobierno super tilingas de aquel Primer Ministro que no aparece sino en menciones durante el film. También se menciona la ecuanimidad de Mariano en el parlamento.
Es que un presidente en Italia es algo parecido a lo que debería ser un vice presidente en Argentina si no tuviéramos el régimen ultra presidencialista que tenemos desde que somos república. Un presidente en Italia es un buscador de ecuanimidad activa (no figurada: real) entre el parlamento y la jefatura de estado (ejercida concretamente por el Primer Ministro).
Mariano en el film: ex-juez, intelectual académico de fuste, jurista que solo posee un departamento modesto en Roma, es -como no- la pieza ideal que el engranaje de su país precisa. Que termine su mandato, entonces, pone en juego muchas cosas. Algunas son políticas y sociales. Otras son -y aquí viene la típica llave de judo que nos va a hacer Sorrentino para ponernos a besar la colchoneta por un rato- de índole estrictamente personal.
Mariano sabe perfectamente bien que es ex-juez, ex parlamentario, académico jurista retirado y que muy pero muy pronto será también ex presidente. Pero... ¿sabe quién es él como persona, como tipo, como padre, como hombre de “la tercera edad”? No mucho. Es más, esto es una película de Sorrentino, así que con certezas no sabe CASI NADA de sí mismo.
Y Mariano está aquí, damas y caballeros, en el mundo de las reglas morales sorrentinescas, frente a cámara, muchas veces en primerísimos planos (¡a la vista plena de todxs nosotrxs!) haciéndose las preguntas pertinentes que traigan posibles respuestas claras y precisas que le ayuden a llenar ese vacío existencial que siente.
Aquí mismo, en este nudo argumental existencialista y personal es donde la catarata sorrentinesca comenzará a caer encima nuestro como una verdadera Garganta del Diablo. Y todo esto -el genio del napolitano es así- comenzará a suceder no a mitad de película, o desde el primer punto de giro, a los 20 minutos, sino desde el minuto cero del film, cuando aparezca Mariano fumando un cigarrillo en la terraza del palacio presidencial en medio de dudas y preguntas, durante los mismísimos primeros segundos del metraje del film.
Y no todas las dudas existenciales que aquejarán al hombre/presidente (que recuerden que tiene que resolver altísimos temas de estado antes de marcharse) nacerán de dentro de él mismo. Algunas sí, pero otras -como en la vida real misma- vendrán por añadidura a través de la interacción con sus seres queridos.
Todo sucederá como en los grandes dramas de la historia del arte; como el príncipe Hamlet, interpelado existencialmente por un amigo o por un simple y circunstancial sepulturero; o como Giulietta de los espíritus, interpelada por una vecina enigmática o un colega de su marido. Como los grandes, Sorrentino teje las dudas cruciales de su protagonista en una mezcla perfecta de intrsopección y de accionar directo de los personajes de su enojo.
Así y en esta línea, la duda sobre si firma o no la ley de eutanasia antes de retirarse, a pesar de que su amigo el Papa (¡negro, con rastas, que anda en moto vespa!) le amenace para que no lo haga, es tan importante y gravitante como encontrarle respuesta al enigma de quien fue la persona con la que su gran amor, su esposa, muerta desde hace años, lo engaño hace tres décadas atrás. Ambas cuestiones son igual de importantes para Mariano, para el universo que lo rodea en la ficción y -lo que es genial- para nosotrxs, que estamos en el recorrido catártico de la ficción tan cerca de él que no podemos dilucidar -como él- que es “lo que más importa” entre esos dos asuntos.
Lo público, que implica poder y acciones de genialidad, buen recorrido social y hasta luz de carisma, se funden con el gigantesco tamaño de las simples y cotidianas dudas existenciales que cualquier ser humano es capaz de tener y padecer. Como El Diego, el de la vida real y el de las películas de Sorrentino. Los dos. ¡Como todxs!.

De las actuaciones poco hay que decir. No existe ni una sola película de Sorrentino en la que los actores y actrices no la rompan toda. Ha de ser uno de los mejores directores de actores del cine de todos los tiempos. No es exageración, es un facto. Por eso no mencionaremos ni un solo nombre, ni siquiera el de Toni Servillo (Mariano) que ha de llevarse todos los premios habidos y por haber por esta actuación.
En fin, vayamos redondeando:
Hilada como un film de autor de altísimo fuste y de a ratitos como una telenovela napolitana (sesuda, controlada estéticamente con preciosismo, pero culebronesca al fin) la película es una llave de acceso ideal al sensible e inteligente universo de Paolo Sorrentino. Verla es pensar y sentir un montón de cosas importantes que nos pasan personal y colectivamente en estos tiempos líquidos. Nada mal, eh.
No verla, como ya dijimos con esta tres veces dentro de una misma nota, es una verdadera pérdida de tiempo.
Vos vela y... ¡decime si exagero!















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