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¿Qué ves cuando lo ves?

Este artículo se publicó originalmente en Va Con Firma


En solo cinco años los seres humanos pasamos de tener un promedio global de una hora cuarenta y cinco de tiempo diario en pantalla a seis horas y media. Con más de la mitad de nuestras horas de vigilia recibiendo contenidos desde la virtualidad ¿qué mundo estamos habitando?


Por Fernando Barraza


Desde hace algo más de un lustro nuestro cotidiano está atravesado por todo tipo de discursos virtuales. Como mínimo, desde la pandemia para acá, en muchísimas partes del planeta -en la mayoría, dicen los estudios- vivimos espiralados anímica y mentalmente en pensamientos, contenidos y conceptos que surgen exclusivamente de la pantalla del teléfono y -a pesar de que por lo general sentimos exactamente lo contrario- son contenidos que nacen, viven y se quedan en esa virtualidad, ese territorio que habitamos cada vez más. Sin embargo la sensación al final del día es la de que lo que vivimos a través del teléfono fue “la vida” y no todo lo otro, lo real.


Esta manera de vivir el cotidiano, que de a poco estamos convirtiendo en algo parecido a nuestra más pura “realidad diaria”, es cada vez más expansiva, intergeneracional e interclase. Años atrás tomar lo virtual como una palabra santa o, como mínimo, como la mayor fuente de contenidos o sentidos orientativos morales de nuestra vida cotidiana era solo el ejercicio de percepción de un rango social definido: la clase media/alta urbana, que es la que poseía conectividad. Ahora ya casi todas las sociedades y estratos del planeta estamos dentro del mapa de la habitación virtual de la vida.



Repasemos algunos datos: en un mundo en el que al 91,7% de la población posee cobertura 4G, solo un 27% de la humanidad no tiene ni usa teléfono celular inteligente u otro dispositivo de pantalla. Todo el resto, tenemos y usamos celulares y ordenadores a diestra y siniestra. Lo que antaño era un privilegio (“vivir” la virtualidad) hoy es una consagrada realidad interclases. Algo “global”, como tanto le gusta apologizar a los tecnócratas dominantes.


Es cierto que en países en crisis como el nuestro vemos cada día como hay gente pobre o indigente que cae y va quedando afuera de la habitación digital. Eejercicio bien práctico: bajen la ventanilla del auto y pregunten en un semáforo a un pibe o piba que está limpiando vidrios si tiene celular para que le mandes plata. La gran mayoría no tiene dispositivo, o lo ha tenido que vender recientemente para comprar víveres. Pero contra esta tendencia local hay que decir que a nivel mundial es que cada vez mayor la cantidad de gente que interactúa más con un teléfono que -en el plano de lo real- con personas.


Muchas veces el smart es medio de comunicación entre personas, es cierto, sí, pero cada vez más es un fin en sí mismo, eliminándose de la ecuación el ejercicio de intercambio entre las personas y pasndo a imponerse la acción de “conversación humano y máquina”.


Hace quince años no, pero hoy las principales redes sociales (entran todas, desde la antigua Facebook a BeReal) solo te muestran un 12% de contenidos generados por tus contactos directos, por las personas de carne y hueso que has elegido agregar a tu red. El 87% de lo que ves son sugerencias publicitarias o algorítimicas (o ambas cosas a la vez) y cada día más gente conversa temas sentimentales, filosóficos, espirituales y morales con las inteligencias artificales disponibles en conocidas aplicaciones de chat.


Aun no hay datos concluyentes, porque esto recién empieza, pero en noviembre del año pasado la consultora transnacional YouGov realizó una encuesta para “The Economist” y determinó que en EEUU y en varios países de Europa hay un crecimiento exponencial de personas que toman a las inteligencias artificiales como canales oficiales para tratar problemas emocionales y relacionados con su propia salud mental. En un solo año, el pasado, que fue el boom de las aplicaciones gratuitas de IA en celulares, el número creció del 1.5 al 17% de usuarios que lo están haciendo así: se psicoanalizan con la IA. De este porcentaje se desprende un 80% de personas que ya abandonaron la terapia con especialistas humanos para pasar a consultarle exclusivamente a un bot. Dicen que este año el porcentaje, como mínimo, se duplicará durante 2026.



Por todas estas circunstancias -cada vez más notables y visibles en todo el planeta y en todas las franjas sociales y etareas- la cosa suena bastante distópica. Pero no, no es conspiranoia ni mal agüero. Es algo bien pero bien real: las y los individuos de las sociedades -cada vez más globales y uniformadas en un solo discurso- construyen cada vez más un discurso diario de razonamientos maniqueos con datos que no son de la realidad que viven, sino que proviene de todo aquello que se ve y se lee a través del teléfono. El ejercicio, para mal de peores, es individual y disociado de lo colectivo y ya ni siquiera confía en lo que se puede experimentar vivencialmente y en sociedad y -de paso- le quita ánimos a cualquier ejercicio periódico para construir cualquier pensamiento crítico y reflexivo propio.


Y esto no ha sucedido como por arte de magia, devino directamente del uso intensivo que hacemos del celular para consumir contenidos algorítmicos, que en la mayoría de los casos ni siquiera son contenidos que escojamos personalmente.


Los datos son precisos, tanto como que se pueden mensurar desde nuestras propias huellas digitales, que quedan plasmadas a nivel estadístico con una precisión del 99%. Los números dicen que en 2025 a nivel mundial las personas tenemos un promedio diario global de entre 6 horas y 38 minutos y 6 horas y 43 minutos frente a pantallas (incluyendo móviles y ordenadores).


Esto es más del 50% de las horas de vigilia de una persona promedio frente a las pantallas.


Los estudios demuestran que Sudáfrica, Brasil y Filipinas lideran el ranking con más de 9 horas diarias, pero el resto del mundo le viene en saga. En el desglose por dispositivo vemos que este “usuario promedio” pasa aproximadamente 3 horas y 43 minutos en el móvil y 3 horas y 14 minutos frente al ordenador. En la variación por edad hay un dato más escalofriante aun: las y los adolescentes (11-14 años) pasan un promedio de aproximadamente 9 horas al día frente a pantallas. Los adultos jóvenes (16-24) promedian más de 7 horas. No hay vueltas que darle, podemos disfrazar el diagnóstico de cualquier otra cosa, pero de los 25 años para abajo los seres humanos están viviendo mucho más a través de una pantalla que en la vida real. Y la tendencia no es muy alentadora, ya que el tiempo de pantalla sigue aumentando, con un incremento de unos 6 minutos diarios por año respecto a 2023.


¿En Argentina como andamos? Te preguntarás. Pues estamos entre los países con mayor consumo, superando las 8 horas diarias en el top 5 mundial. En cualquier momento podemos ganar también este mundial, eh.


Estados de ánimo polares, una pandemia de anhedonia (incapacidad persistente de las personas para experimentar placer, interés o satisfacción en actividades que antes resultaban gratificantes), problemas de ansiedad y hasta trastornos físicos como escoliosis, afectaciones a la vista u obesidad son solo algunos de los efectos colaterales que esta “nueva” manera de vivir está trayéndole a las personas y las sociedades. “Nueva” va entre comillas, porque la alienación de las masas en realidad es algo milenario.


¿Es posible revertir este proceso que va in crescendo a pasos agigantados, año tras año, con un día a día tan algorítmico y cada día más atractivo desde su tentador desarrollo tecnológico/digital? No hay respuesta conclusiva, pero dentro del comportamiento humano sabemos que cualquier tendencia -por más consolidadad que esté en un momento dado de la historia- es reversible. Esperemos que no haya que llegar a un punto crítico por el cual habitar en cualquier sociedad se parezca a un espantoso capítulo de Black Mirror, o a una sociedad como la que nos contó Philip K. Dick en “Ubik”. No se trata de abandonar las herramientas digitales. Sería ridículo. Tan ridículo como decir que hay que abandonar el mundo de la virtualidad y escribirlo en este artículo, que contiene datos críticos y estadísticos extraídos de diferentes estudios publicados en línea, y que tiene en sí mismo -como artículo- un canal de publicación en línea, que es este portal de noticias.


Las herramientas digitales ya están aquí, no hay que abandonarlas. Solo hay que empezar a revisar minuciosamente cómo hacemos para no convertir su uso en una adicción mórbida, ya que no estamos en el camino hacia esa realidad: la estamos habitando.


Empecemos por un simple click: dejemos de lado “la verdad absoluta” de que el espacio virtual es la única fuente de certezas y de deseos y empecemos a experimentar una vida social fuera de las pantallas. Es, como mínimo, lo primero que deberíamos hacer. Puede que esto nos traiga sus efectos colaterales positivos. Como no. en lo material y ambiental: menos recursos hídricos para que funcionen los motores de IA de las megaempresas tecnológicas, menos necesidad de nuevos dispositivos (que derivará en una baja directa del extractivismo mineral y en una disminución de las islas de deshechos tecnológicos), entre otras cosas sumamente positivas.


Ni hablar de lo que nos hará a nosotras y nosotros como personas y comunidades. La de ánimos, sensaciones, lazos y matices que recuperaremos en un camino de regreso a lo esencial como este. Un simple click, el de apagado o suspensión de los dispositivos.


Georges Perec, un escritor, novelista, ensayista y cineasta francés que vivió toda su vida en el Siglo XX, fue un inetlectual que se tomó muy enserio la batalla contra las alienaciones, por eso -además de pensar seriamente y fundamentar su obra en sólidos argumentos racionales, sociales y humanistas- fue un capo total en juegos lingüísticos (como lipogramas y palíndromos) que, según él y los miembros de las escuelas a las que adhería, servían para plantar beneficiosamente nuestras conciencias en cosas mejores para todas y todos a partir de lo lúdico. Este personaje -al que te invito que investigues... ¡en línea, ja!- tiene un párrafo precioso y al hueso en su texto “Lo infraordinario”, mini ensayo en el que asegura que lo que nos habla e inmediatamente nos llama la atención por sobre el resto es siempre “(...) el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: la primera página a cinco columnas, grandes titulares. Los trenes solo empiezan a existir cuando descarrilan, y cuantos más pasajeros muertos, más existen; los aviones solo acceden a la existencia cuando los secuestran; los autos tienen por único destino estrellarse contra los plátanos: cincuenta y dos fines de semana por año, cincuenta y dos balances: ¡tantos muertos y tanto mejor para la información si las cifras no cesan de aumentar! Detrás del acontecimiento tiene que haber un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida solo debiera revelarse a través de lo espectacular”.


Bueno, perdón, cité otro párrafo, el que quería mostrarles es otro, en el que se vislumbra una suerte de solución a la alienación de lo espectacular, que en nuestra era es lo que nos proponen los algoritmos. Ese párrafo dice:


Cómo hablar de estas 'cosas comunes', cómo asediarlas, cómo hacerlas salir, arrancarlas del caparazón al que están pegadas, cómo darles un sentido, una lengua: que finalmente hablen de lo que existe, de lo que somos”


Así sea.


Y ahora los dejo, tengo que apagar la computadora e irme a regar las plantas de la huerta, esos queridos seres que pueden enseñarte muchísimo más sobre solidaridad mutualista y cohabitación territorial en sociedad que cualquier bot que te esté mandando en este momento un video -de un minuto de duración- sobre autoayuda y superación individual.



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