• Rubén Boggi

El arte, la brujería, y las verduras.

El arte a veces sirve para sustentar económicamente una vida, o varias, y otras veces, no.

Hay millones de ejemplos de artistas que fracasaron en el propósito de hacer de su trabajo algo rentable, que sirviera para parar la olla. Algunos, muy pocos, persistieron, y murieron de hambre, o enfermos, y su arte quedó para la posteridad, o para el olvido. La mayoría, no. La mayoría siguió viviendo y haciendo otra cosa. Y una minoría, privilegiada y exquisita, pudo congeniar las cosas, y vivir del arte, incluso, muy bien.


Mi amigo, por ejemplo, llamémoslo Cacho, fue un actor esencialmente frustrado. Trabajó en teatro, para chicos y grandes, hizo bolos en TV, participó en alguna película innombrable, y anduvo galgueando y viviendo de prestado durante muchos años.

Hasta que decidió, en una de esas dictaduras argentinas interminables, asumir el oficio de brujo para señoras adineradas. Comenzó a atenderlas, adivinarles el futuro, y consolarlas de pesares y males de amor. Así, se llenó de plata en menos de dos años. Compró residencias, departamentos, invirtió. Y, al final de su vida, volvió a hacer teatro, montando y bancando su propia compañía.


Foto ilustrativa - web.
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Otro conocido, al que llamaremos Raúl, fue artista plástico durante buena parte de sus años mozos. Talentoso, fue apreciado en el ambiente. Ganó un premio nacional y se labró prestigio. Pero, los mangos no aparecían ni por casualidad, y, en un rapto de enojo consigo mismo y con el gobierno de turno, tiró a la mierda los pinceles, la paleta y los bastidores, y puso una verdulería. Entre zanahorias y berenjenas encontró que todavía no estaba satisfecho, y consiguió irse del país. Tiene dos bares en Barcelona. No piensa, por ahora, retomar las alturas estéticas a las que había llegado por esfuerzo propio.


Tengo otro ejemplo para los distinguidos lectores. Les aclaro que son posta, es decir, reales, y no estoy inventando nada. Digamos que se llama Hugo, y aclaremos que estamos protegiendo identidades para no herir una intimidad necesaria. Hugo tocaba el violoncello como los dioses, formó un dúo, recorrió el país, anduvo por América, grabó obras, y, de pronto, también terminó con una exitosa verdulería, con cuatro empleados y un bien ganado prestigio por la calidad de su mercadería.

Foto meramente ilustrativa - web.
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Dice mi amiga Ida que es la fuerza de la tierra, la que convoca a tantos artistas que se alejaron de ella, desafiaron la ley de gravedad, y volaron por un tiempo. Yo creo que la magia atorrante, y las verduras, guardan un sentido oculto, algo de cierto esoterismo todavía no vislumbrado plenamente, y que se expresa de manera contundente en esa relación culposa que hay entre la creación y la billetera, el vuelo del espíritu y las necesidades de la carne.


Rubén Boggi


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