Sala de espera

Por María Aurelia Martínez
Tuvo conciencia clara de que el suelo sucio se le trepaba por las piernas, más allá del pantalón mojado de orina. El olor de la inmundicia estaba clavado en su entrecejo, como una lanza paciente. Encerrados por la venda que daba vuelta en el diámetro de la cabeza, sus ojos no miraban más que una continua cortina negra.
Los dientes eran piezas extrañas en la boca, rondando su lengua espesa.
Y las muñecas por detrás de la espalda, quebradas por la cuerda que todavía no le habían sacado.
El aire tenía la dureza que le daban los gemidos y una espera en redondel, cebándose a sí misma.
Inmovilizado y ciego, sin otro sentido libre, más que el del oído, era imposible saber cuántos cuerpos como el suyo había en ese no lugar.
Hasta ese momento alcanzaba a reconocer esos detalles y también los ruidos de los carceleros, que a veces traían pan o agua para todos.
Una puerta, la única puerta, se abrió y otra vez un cuerpo fue dejado en el piso. Se oyeron risas.
- Traélo a ese –
Y sintió que lo levantaban por los brazos mientras los huesos se le despegaban.
Alguien que adivinó como uno de los guardias, le palmeó la espalda y le dijo:
- Tocá madera pibe, que tengas suerte y te atienda El Cabeza y no La Trucha, como le tocó a éste.















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