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Señales del Convento. *Por Hilda Lopez

Una pieza al lado de la otra. Persianas altas cubrían la puerta de entrada de ellas. Piso de pinotea soportaban los baños de lejía y la cera semanal. La cocina estaba enfrente. En medio de ambos, el patio común, baldosas blancas y negras y un pasillo que terminaba en un patio menor donde estaban los piletones y los dos baños comunes que se los llamaba “excusados”. (Pasaron los años y comprobé que a veces necesitamos una excusa para ir al baño).


En el piso de arriba, al que se accedía por una escalera de mármol a la intemperie, había cuatro habitaciones y un baño común: ese era de lujo: inodoro, lavatorio, y baldosas de colores en las paredes y en el piso. Allí vivíamos nosotros, una familia llegada con los cabecitas negras del interior del país en la época de Perón, año 40 y pico.


Mis padres descendientes de españoles, no eran cabecitas negras, pero sí lo eran por ser peronistas, claro.

Foto ilustración - Google
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En el piso de abajo: las turcas (tres mujeres solas: madre e hijas solteronas), Doña Cándida, viuda, con una hija llamada Elvirita, un poco más allá : Doña Josefa con una caterva de hijos rubios y morenos (evidenciaba su apertura sentimental a la hora de elegir padres), después Don Pedro, un español al que le faltaba un ojo, era rengo y con un bastón arrastraba la pierna que le era útil, de aquí para allá.


Lo que lo hacía curiosamente atractivo a Don Pedro, era su ambular solitario canturreando coplas españolas, algunas muy graciosas y otras que también lo eran pero parece ser que no eran correctas. Lo digo a juzgar por una situación que viví con mi madre. Don Pedro cantaba y nosotros, los chicos, caminábamos despacito detrás de él escondiendo la risa que provocaba sus dichos. Había una que me había encantado y fui corriendo a repetirla a mi madre.


Decía sí: anda, anda ¡ los huevitos con pelo y el pajarillo pelao!!!!!. Me llevó años comprender la cachetada que me dio mi madre diciéndome enojada: ¡¡cállate, no repitas eso, es una asquerosidad!!!. En fin: hay verdades que llevan tiempo comprobar!

Doña Cándida, tenía el pelo sujeto en un rodete atrás de la nuca que parecía hecho por un escultor: líneas perfectas y ni un pelo fuera de lugar. La cara lavada, alta con el delantal de cocina de la mañana a la noche. En su habitación compartida con Elvirita, siempre había olor a lejía: era muy limpia, cuidaba detalles, era prudente y de poco hablar. Tenía un novio que nadie pudo conocer. No sabíamos a qué hora entraba y salía de su pieza. El único indicio de la visita, era que enviaba a Elvirita a mi casa, a mi pieza a jugar y que debía volver a la suya solo cuando su madre la llamara. Esa era la señal: a veces de mañana, otras de tarde, pero nunca de noche: después de los años comprendí que hacer el amor se puede hacer a cualquier hora y que la trampa no tiene reloj, y que la noche está reservada para la legalidad matrimonial.


De Doña Josefa, nunca tuvimos noticias de cuantos maridos había tenido para tener tantos hijos tan desiguales. Pero, nos conformábamos constatar que era legítima madre a la hora del reto, de la comida, de la llamada a tomar la leche: gritaba como pocas lo hacían” ¡ nene!! Vení o te voy a buscar de las mechas!!”, lo mismo fuera varón o mujer, las mechas eran las riendas.


Si embargo Doña Josefa tenía algo de romántico para mi. Como me gustaban las cosas del arte (sin saber bien qué), las sábanas que ella colgaba en el alambre que atravesaba el patio de atrás, estaban bordadas. Sí bordadas!. Resulta que ella veía muy poco, casi nada, entonces para remendar las sábanas agujereadas lo hacía con hilo negro: quedaban como mapas gigantes en el centro de la tela blanca. Parecían pinturas del impresionismo francés!. Con los años comprendí que el arte es una expresión que no tiene escuela, es de adentro, tan adentro como Doña Josefa lo mostraba desde su limitada visión y la habilidad de sus manos.


Dos de sus hijos, vivían en otra de las piezas, habían hecho rancho aparte. Se los veía poco y se los escuchaba mucho: cantaban, tocaban la guitarra, mucho chamamé, chacarera, zambas.

Las turcas se peleaban mucho, todos los días había una sección de boxeo. Llegaban a tomarse de los pelos y a los gritos se decían cosa en su lengua que nadie entendía pero que parecían insultos bravos!!!. Todo comenzaba adentro de la pieza en la que vivian juntas y terminaba en el centro del patio como un ring elegido a propósito para que la tribuna pudiera disfrutar de un espectáculo imperdible. Después de mucho entendí que en la familia a veces hay distancias que no se superan y que junta maquillan una realidad que los atrapa.


Arriba estaba el matrimonio Roldán de Corrientes. Cerrados, serios, distantes. Tenían un niño pequeño que los habilitaba al saludo forzado con los vecinos. Salía olor a tortas fritas permanentemente de su cocina pequeña, un documento que los presentaba con todas las letras.


En el patio más grande, daba la habitación de un matrimonio de ascendencia alemana, muy rubios con dos niños también muy rubios. Eran como espigas de trigo en medio de tanta morenidad. Salían mucho y cuando estaban en la casa, se los veía muy poco. No participaban de la cotidianidad del convento. Siempre nos preguntábamos adonde irían tanto tiempo fuera de la casa, la respuesta nunca se tuvo. Aprendí , mucho después, que la privacidad es sagrada.


Por último, nosotros, la familia López: peronistas de pura cepa: él gallego, obrero; ella mezcla, enérgica, laburante, modista en horario corrido. Me vestía con los retazos que quedaban de sus clientas y aparecía yo con combinaciones que lucía como princesa. Mi hermano, futbolero a tiempo completo, difícil de atrapar para el baño semanal en el fuentón y celoso buchón de mis travesuras.


Carnavales, murgas, bailes de navidad y año nuevo, cohetes y fuegos artificiales, las noches de San Juan y sus fogatas, los velorios de vecinos, los casamientos y nacimientos en fiestas colectivas, la solidaridad como militancia diaria de todos, el panadero, el almacén, el carbonero a domicilio, la soda, el vino con cuentagotas, la manzana partida en cuatro, el puchero de los lunes.


Todo transcurría en ese pedazo de Buenos Aires, en el barrio, paisaje imborrable: Barracas al sur. Lo demás es apenas un pasaje de ida.


Hilda López

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