Siempre puede volver

Por Hilda López
En 1982/83, trabajaba en LU19 la Voz del Comahue, con el programa “Hilda en el aire”, en el horario de tarde. Entrevistas, comentarios y música atravesaban las horas de los oyentes, con una producción propia que animaba a la audiencia a llamar por teléfono, pedir temas, hacer aportes disfrutando mucho de mi tarea.
Para entonces, sabíamos que había regresado desde su exilio en España, Piero, el autor, compositor y cantante recordado, querido y reconocido entre nosotros por pertenecer a una familia valletana que desde Allen, se convirtieron luego, en famosos vecinos de todos.
Piero tenía programado un recital en Cipolletti (no recuerdo el lugar) y enseguida me puse en marcha para conseguir una entrevista.
Logré su presencia por un productor de grandes figuras que se ocupó de que así sea. Lo llamativo es que, anunciada su visita, empezaron a llegar numerosas personas para verlo, entre ellos, estudiantes secundarios, jóvenes y adultos que aparecieron como milagro. Se instalaron en el terreno que rodeaba la vieja casa de la emisora en la rotonda de Cipolletti.
Piero se entregó de maravillas a una serie de preguntas relacionadas con la música, sus viajes, sueños, su lugar en el mundo. Entre bromas y cosas serias, descubrí un ser de preciosa personalidad, franco, sencillo, locuaz, tierno, inteligente.
En el país vivíamos los momentos (ya anunciados) de la proximidad de volver a las urnas, a la democracia, es decir, a la esperanza. Piero era muy espontáneo para conversar y, si bien no había libertad de opinión en los medios, él se animó a acercar algunas reflexiones que alentaba esa esperanza. Sus temas emblemáticos sonaban de fondo acompañando la charla.
Cuando llegaba el final de la misma, le pedí que se despidiera con lo que él consideraba adecuado o de su gusto. Grande fue mi sorpresa cuando sacó el trompe que llevaba en su bolsillo y pegado al micrófono largó el sonido de “al pueblo lo que es del pueblo, porque el pueblo se lo ganó” retumbó en el estudio, llenó el aire de un clima con perfume místico, el silencio fue un estilete que cortó la pared de las almas que nos encontrábamos ahí.
No hacía falta la letra, solo el sonido con ese instrumento pequeño y profundo de ancestros territorios y su gente. Inolvidable.
Después de un tiempo, volvió al valle con su grupo Prena, pero a esa altura ya éramos amigos de la vida (como él definió) y compartimos charlas, comidas en mi casa con la presencia de su hijo Juan y el Gordo Pier, un increíble e histórico productos de rock nacional.

Tengo fotos, un LP dedicado por él, su sonrisa, sus lentes como sello en ese rostro aniñado, sus palabras, sus letras, compromiso, historias de su Fundación, su amor por Colombia, por el verde de la vida por el compañero.
Es raro pensarlo hoy en algún lugar lejano, nunca se habrá ido, siempre puede volver.















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