• P. Montanaro

Chet Baker, entre el sonido y la furia

Chet Baker fue uno de los artistas más representativos de la historia del jazz. Trompetista y cantante, sus melodías nostálgicas de los años ‘50 lo ubican junto a Charlie Parker y Miles Davis. Su vida estuvo atravesada por la pasión por la música y su obsesión por las drogas, alimentada a su vez por un profundo dolor existencial.

El periodista y escritor Pablo Montanaro traza un retrato del genial trompetista muerto el 13 de mayo de 1988 a los 58 años.



No se equivocó el genial Charlie Parker cuando eligió, entre decenas de postulantes para su gira por Canadá en 1951, aquel sonido que salía de la trompeta de Chet Baker, y que conjugaba melancolía, silencios y sentimientos. Tal fue la impresión que le causó, que llegó al punto de advertirles a los encumbrados Dizzy Gillespie y Miles Davis que tuvieran cuidado con aquel joven de rostro a lo James Dean.


"Al entrar en la penumbra del local adiviné a Bird en el escenario, volando en pleno blues (...) Tocamos dos temas. El primero fue “The song is you”; y luego hicimos un blues escrito por el propio Bird en clave de sol, que se titulaba “Cerril”. Por suerte, yo lo conocía. Después anunció que la audición había terminado, dio las gracias a todos y dijo que me contrataba para la gira", recordó años después Chesney Henry. Baker (su nombre completo), nacido el 23 de diciembre de 1929 en Oklahoma, Estados Unidos y muerto el 13 de mayo de 1988, a los 58 años.


Su gusto por la música se perfiló hacia los 11 años a partir de los discos de Jack Teagarden, destacado trombonista de la época del swing, que su padre ponía en el tocadiscos de la casa de los Baker en Glendale, California. Como no podía ser de otra manera, el primer instrumento que tocó el pequeño Chet fue el trombón en las clases del conservatorio de su ciudad. Poco tiempo después se incorporó a la banda juvenil, imitando a los grandes trompetistas blancos de entonces como Bix Beiderbecke y Harry James, a quienes admiraba. A los 17 años se alistó en el ejército. En plena Guerra Fría lo enviaron a Berlín con la 298 Army Band. Aquella ciudad ocupada por los rusos, Chet arribó como mecanógrafo, pero de inmediato se incorporó a la banda que tenía como función recibir a las autoridades militares. En ese tiempo descubrió lo más moderno del jazz a través de la radio militar.



Paralelamente a su formación, estudió teoría musical y armonía, comenzó a actuar en clubes nocturnos de Los Angeles, lo que le permitió codearse con los mejores trompetistas del bebop como Fast Navarro, Red Roney y el mencionado Gillespie. Posteriormente participó en “jam sessions!”, junto a Paul Desmond y Dexter Gordon. Una decepción amorosa, la primera de una larga lista a lo largo de su vida, lo llevó a reclutarse nuevamente en el ejército, pero fue dado de baja por "razones psiquiátricas".

Al igual que Arthur Rimbaud, el poeta maldito de Charleville que a los 18 años abandonó definitivamente la poesía después de transitar "Una temporada en el infierno" y ponerle color a las vocales, Chet Baker también escribía silencios con su trompeta.


Optó por el lado oscuro, un poco por debajo de la tonalidad, no llegando realmente al bemol, pero sí un poco bajo. "Prefiero afinar ligeramente bajo y luego tocar en el tono", explicaba Chet Baker, intentando ponerle palabras a ese sonido limpio y sereno, succionado con delicadeza. Habría que agregar que su voz susurrante, "de terciopelo" -según los especialistas-, era ideal para esas baladas lánguidas y relatos tristes de amor como "My funny Valentine", "Someone watch over me", "¿How long has this been going on?"


Ese estilo particular y único de Baker se perfeccionó cuando formó parte del cuarteto sin piano de Gerry Mulligan, con quien creara un sonido nuevo y de mayor riqueza melódica entre su trompeta y el saxo barítono de éste. La fusión artística, plagada de encuentros y desencuentros, se vio reflejada en toda su plenitud en el álbum GerryMulligan/Chet Baker (1965), acompañados por la magistral batería de Chico Hamilton y el contrabajo de Carson Smith, que registró una de las mejores versiones de "My funny Valentine", el tema más entrañable e interpretado con total entrega por Chet Baker durante su carrera.


La ausencia de contrapunto pianístico, la flexibilidad rítmica y la libertad de movimientos otorgada por Mulligan, resultaron el mejor bagaje para la época de aprendizaje y conocimiento por la que transitaba Chet Baker. Los entendidos anunciaban que el sentimiento de Baker era bien distinto al de Miles Davis o Dizzy Gillespie. Se lo consideraba un trompetista ubicado entre el bebop y el cool, desbordante de sentimientos y emoción cardíaca sin eludir los instantes hot.

Después de su paso por el grupo de Mulligan, Baker decidió armar su propio cuarteto.


Fue en 1953 junto con el excelente pianista Russ Freeman con quien alcanzó momentos brillantes reflejados en "Chet Baker Quartet: Jazz at Ann Arbor". Se ganó el aplauso europeo, especialmente en Francia, donde grabó entre 1955 y 1956 con músicos franceses, recopilación volcada en "Chet Baker in Paris" que consta de tres volúmenes. A esta altura, mediados de los ‘50, con tan sólo 26 años, los críticos especializados consideraban a Chet Baker el mejor trompetista, por encima de Miles Davis y Dizzy Gillespie, cumpliéndose, de alguna manera, aquel vaticinio inicial de Charlie Parker.

Mientras Europa aplaudía su calidad de músico, Chet Baker ingresaba en un cono de sombras por su consumo de drogas.


Detenido en Italia, compartió comisarías con delincuentes y drogadictos, se bancó el desprecio de los carceleros que ponían en duda su condición de artista; fue expulsado de Alemania por ser acusado de traficar con heroína... Este fue, en parte, el lado más oscuro de los itinerarios de Chet Baker que, en un pasaje de su autobiografía, publicada bajo el título "Como si tuviera alas" (Mondadori, 1999), señala a su amigo, el bajista Andy Lambert, quien lo puso en contacto "con la María [marihuana], bendito sea; me encantó, y seguí fumando María durante los ocho años siguientes, hasta que empecé a probar de vez en cuando las drogas duras y al final me enganché al caballo [heroína]. Me gustaba muchísimo la heroína; la estuve consumiendo de una forma u otra durante los veinte años siguientes, si se incluye la metadona [sustancia sintética derivada del opio que se utiliza para el tratamiento de la dependencia a la heroína] que no proporciona la menor sensación de euforia a no ser que uno esté limpio del todo".


De nada le sirvió el tratamiento con metadona en el Hospital Federal de Lexington porque continuó seducido por los alucinógenos para culminar preso, otra vez, en la cárcel de Rikers Island, en Nueva York, lo que lo llevó a declararse "un monstruo de las drogas". En "Como si tuviera alas" cuenta que llegó a consumir hasta diez gramos de heroína y otros tantos de cocaína por día.

Compartía sus días con sus dos musas: la heroína y la trompeta; que le brindaban plenitud y euforia para tolerar el despertar y apuntalar la pasión mientras se sumergía en las más crueles de las depresiones.


Un mapa de arrugas

En 1968, mientras intentaba encauzar su carrera artística y su sentido de vivir, dejando de consumir drogas y grabando con el "Chet Baker Quintet", un grupo de matones lo interceptó en el barrio Fillmore, en San Francisco, donde habitualmente compraba droga, y le destrozó la mandíbula. La deuda que, aparentemente, el músico había contraído con quienes le proveían la heroína le convirtió su cara en un mapa de arrugas.

Su férrea voluntad y el dinero prestado por el dueño de una estación de servicio que lo cobijó unos meses, mientras Baker trataba de alejarse de las drogas buscando una vida más tranquila y sin perturbaciones, lo llevaron en varias oportunidades al quirófano. (Recorriendo las láminas de sus álbumes observamos la metamorfosis de su rostro: de príncipe azul con estilo rebelde a lo James Dean a sobreviviente de un campo de prisioneros).


Pasaran algo más de cinco años hasta que Baker volvió a practicar con la trompeta. En 1975, retornó a los escenarios, ayudado por Dizzy Gillespie. Entonces, un nuevo sonido salía de su trompeta, aunque su voz, algo agrietada por el tiempo y los años de silencio obligado, ofrecía un especial intimismo.

Sorteó innumerables dificultades y limitaciones, convirtió esta etapa en la más fructífera en cuanto a actuaciones y grabaciones se refiere. Estados Unidos, Suecia, Alemania, Holanda, Francia, fueron algunos de los sitios que compartió con Stan Getz, con quien grabó un disco en vivo en Estocolmo, en febrero de 1985, y con la formación Archie Shepp-Chet Baker Quintet in memori, en marzo de 1988.

Unos años antes, en 1982, Elvis Costello compuso su espléndida canción "Almost blue" en homenaje a las inolvidables baladas de Baker. La canción sobre la guerra de las Malvinas, "Ship-Building", escrita por Robert Wyatt, juntó a Baker y Costello.


Triste, solitario y final

El itinerario de autodestrucción de este músico notable finalizó el 15 de mayo de 1988, al caer de una ventana de un hotel en Amsterdam. Hastiado del mundo ¿buscó la libertad que jamás pudo alcanzar, salvo con la música? O acaso ¿una vieja deuda, por suministro de drogas, jamás saldada? Lo cierto es que ese cuerpo desparramado en la entrada del hotel contenía en su interior la música que comenzaba a ser recuerdo.


"Vi los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos,/ arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico pinchazo", aseguraba el poeta de la generación beatnik norteamericana, Allen Ginsberg, en su poema "Aullido". Nunca más oportuno este testimonio para ejemplificar el derrotero del músico que con el cuerpo siempre encorvado hacia abajo (a diferencia de trompetistas como Gillespie o Miles Davis que tocan hacia arriba) prolongaba su música tenue, espaciosa, algo depresiva pero naturalmente extraordinaria.


En el cine

Su aire rebelde e inconformista hicieron de Baker un producto modelo para la industria del cine. A mediados de los años ‘50 participó en una discreta película hollywoodense, "Hell´s horizon", en la que interpretaba a un soldado que en plena noche desesperaba a sus compañeros de regimiento con su trompeta. Además integró el elenco de comedias italianas, "Urlatori alla sbarra", con Adriano Celentano, y "I teddy boys della canzone", filmadas entre 1950 y 1960.


El director Michael Anderson se inspiró en la imagen romántica y rebelde que ofrecía el músico para su película "Los jóvenes caníbales", de 1960. Asimismo colaboró interpretando temas en las películas "Theme music from the James Dean story", documental que Robert Altman dedicó al protagonista de "Rebelde sin causa". En 1985, el francés Bertrand Tavernier, presentó su filme "Alrededor de la medianoche", sobre los jazzmen negros de los ‘50 en París, inspirados en las personalidades de Bud Powell y Lester Young. Chet puso voz y trompeta en algunos de los temas del filme lo que llevó a Herbie Hancock decir que "muchas personas han reconocido el importante papel que Chet y su música ejercieron en sus vidas amorosas".


Antes de la muerte de Baker, el talentoso realizador francés Bertrand Fevre hizo un documental homenaje llamado "Chet Romance". Durante los diez minutos del filme la cámara de Fevre registra la imagen del trompetista acercándose y girando mientras interpreta la canción "I’am a fool to want you". Pero será en "Lets get lost", película de Bruce Weber, director y afamado fotógrafo de modas, realizada en 1987 en ocasión del festival de cine de Cannes, la película que ofrece el retrato perfecto de Chet Baker a partir de largas entrevistas con él, a sus amigos íntimos, familiares, músicos, amantes, esposas e hijos, mezcladas con sesiones de grabación, paseos por las playas californianas, conciertos televisivos, y demás imágenes protagonizadas por Baker, quien en un momento del filme asume haber vivido entre la luz y las tinieblas.


Autobiografía

En 1997 la tercera esposa de Chet Baker, Carol, entregó los manuscritos de los testimonios escritos por su ex marido entre 1950 y 1960. Dos años después, la editorial Mondadori publicó "Como si tuviera alas. Las memorias perdidas", libro autobiográfico donde el músico retrata sus años de juventud, su pasión por el jazz, ofrece numerosas y sabrosas opiniones sobre otros músicos, pormenores de sus innumerables amores y desamores y su relación con las drogas como así también los inconvenientes con la policía. Escritos que parecen encubrir un pedido de redención para su agónica existencia: "perdónenme por mi música los desbordes de mi vida", confesó.


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A Hilda la escuchás AQUI

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