Un relato de nuestro sur
- layaparadiotv
- 17 ago
- 5 Min. de lectura
¡Le damos la bienvenida a Felipe Issa a #LaYapaWeb!
Felipe vive en Mar del Plata después de habitar varios lugares del planeta. Es escritor, poeta, gestor cultural. Construyó un centro cultural en su propia casa y con sus propias manos, cerquita del mar. Vivió en Neuquén varios años. Aquí nació uno de sus hijos y el recuerdo neuquino vuelve una y otra vez en su pluma talentosa.
Es un placer darle la bienvenida a este espacio reservado para quienes, por voluntad y sueños, se animan a meter dedos y escribir tan bien. ¡Gracias Felipe Issa!

Más al sur
-¿Será que llueva, Rosendo?
-Qué importa que llueva, apurá noma’s, que de seguro cae don Riquelme
-Puta, se me enredaron las riendas carajo
-Así te van a coser como matambre si no montás
Ni se dieron vuelta, apurando la noche cerrada sin luna en esos campos allá en el sur, que supieron ser de los Urquía en el Neuquen profundo. Después los compró un tal Riquelme, el chileno que le decían, de tanto traer el ganado para las veranadas le había echado el ojo al campo, sabedor el hombre de las buenas pasturas. Fue allá por el treinta cuando el ambiente estaba caldeado en la Capital, por lo de Yrigoyen creo, y vaya a saber las razones por las que los Urquía se irían a Europa.
Y de ahí es que se vino mucha gente buscando trabajo porque dicen que había una crisis en Buenos Aires, eso decían, la cosa es que en esas épocas llegaron los hermanos Palermo, baqueanos ya de arrear en las estancias de La Pampa.
Les había llevado tiempo ganarse la confianza de don Riquelme dicen, duro y seco como buen patrón de fundo, pero que les había tomado buena porque listos para las órdenes le ponían harto empeño al trabajo, encariñados ya con los caballos que montaban y estaban como esperándolos.
Hasta que le dijeron que ellos querían comprárselos para montar como capataces que ya eran y se los descontara del sueldo, ahora que les subieron la paga y algo les quedaba del mes y que los cuidarían más que a nada y se lucirían como los del Mauro y el Julián, los Obreque, eso cuentan los peones que ahora estaban en el almacén.
Y así se hicieron de sus caballos.
El alazán y el tordillo eran su orgullo, los dos de crina corta y cola recortada, parecían brillar en la noche oscura; al alazán moro, Estrella le puso Rosendo porque era moro estrellado con las pintas blancas como estrellas; al tordillo dorado con crines rojizas, Ramón lo llamó Soleado porque parecía un sol al galope.
-Salgamos de la huella y cortemos pa’l monte- gritó Rosendo entre el golpear de los cascos en la tierra seca, al galope y sin aflojar doblaron el recodo de los álamos y ahora entre los pastizales buscan rumbear donde tantas veces se guarecieron.
Porque esa noche fue diferente, la cosa se puso fea allá en el almacén cuando ya entre copas Ramón dijo que el Soleado era mejor monta que el más pintado de todos los que estamos acá, -pará carajo que estamos entre amigos- iba a decirle Rosendo cuando se viene el Julián Obreque, que tenía un tobiano azulejo más lindo que un paisaje del sur, y lo encara al Ramón listo para cobrarle la ofensa.
Ramón se ladea y lo deja seco en un lance a fondo, los peones sujetan al Julián antes que caiga con las piernas temblando de alcohol, cuando Rosendo facón en mano se le planta al hermano de Julián, el Mauro que viene a salvar el honor, y lo deja mudo, con los ojos turbios buscando la luz antes de caer lento, esperando a su alazán lucero para que en su sueño lo lleve a casa. Porque si de algo estaban orgullosos los capataces de esos campos, era de sus caballos, su mejor pertenencia y alarde, compañero sabedor de sus amores, desventuras y las noches de trago alegre y pendenciero después, como aquella en el almacén de los Riquelme, donde compraban los vicios con los vales que les pagaban mensual y unos pocos pesos para que se los gasten en vino, ginebra y sus caballos. Con la paga extra que les dejaban las esquilas dos veces al año, una las pilchas, al pueblo y la otra para los aperos relucientes que les llevaba meses a don Heriberto, viejo conocedor de los cueros y las artes de la platería.
Ahora, los peones quietos que no se atreven, saben que no es de ellos la cosa, el cantinero conocedor de entreveros, los finados pagando por su hombría, la luz esquiva del farol que todo lo ensombrece, los perros bajo el alero, los caballos al palenque, la historia de una y mil veces de los hombres solos que se vinieron pa’l sur, que sembraron los campos, parieron todas las reses, aguacharon los potros, que cortaron la leña, capearon las nieves, que los acompañaba un perro y se olvidaron del amor y sin embargo lo extrañan, que cayeron donde los Riquelme y tantos otros que nada saben de ellos, de esos hombres que cobran vida en los arreos y cobran muerte en las noches de almacén.
Ese almacén, ciego testigo de las sinrazones de aquellos hombres en el único lenguaje conocido para conjurar todas las rabias y añoranzas, una vez más es el teatro de los actos sin intervalos de una obra obligada que actúan sin saber, aquellos que imaginaron vivir cada escena sin conocer el final.
-Se está poniendo rosado allá arriba, pa´l este
-...
-No te acordás del abuelo “rosa di matina tormenta s’avicina”, pobre viejo pensar que se vinieron de la Sicilia, de Trápani en realidad, con la abuela
-El viejo… era pibe cuando llegaron
-Allá, hasta raíces comían, puta con la guerra
-La guerra nunca termina
-Y ahora...
-Ahora despacio al tranco, que estamos más cansados que la cresta, los caballos descansaron y comieron, no como nosotros que puro tomamos y nos jugamo’s el pellejo
-Sabés Rosendo, a veces pienso que nosotros no tenemos más que al Soleado y el Estrella
-Y pensar que el tobiano y el alazán se quedaron solos, como el Mauro y el Julián, injusta la vida -entonces antes que llueva nos vamos p’al rancho de los Ancatruz, buena gente, esos que viven más al sur
Dos hombres pagaron su orgullo y dos caballos al palenque esperan. Dos jinetes cabalgan, cargan sus historias sombrías, carta cruel de la baraja de su destino.
-Los voy a extrañar a los Obreque, jugados hasta el final y vo´h Rosendo, por qué estás tan callado...si acaso no nos quedaba otra.
Felipe José Issa - Neuquen 70’s
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