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Una estela de pétalos

Por Fernando Barraza


Era el funeral de un ser muy pero muy querido. Mi hermano, que estaba sentado a mi lado, mirando hacia la nada existencial que es la vista puesta en el ataud, giró de golpe, me miró y dijo suave pero con firmeza: "que cosa de mal gusto que es la muerte ¿no?".


Silencio. Nos seguimos mirando. Luego giramos y volvimos a mirar el cajón sin hablar casi por una hora.


No, no: claro que no pude contradecirlo. Me hubiera gustado ser Borges en ese preciso instante, para disparar un contragolpe retórico con alguna frase del tipo "No exageres, la muerte es simplemente la esperanza de dejar de ser", o algo mejor, no se, algo que cite al fuego final de lo atávico, vaya uno a saber. Pero nada: uno es uno; por lo que solo pude darle la razón al ver que lo que dijo era irrefutable, y que el rito funerario y la muerte abriéndose paso sobre alguien querido se presentaba allí, en la sala velatoria y frente a nuestros frágiles ojos con un mal gusto espantoso.


Acabo de volver del Lifmay Lewfu, el Río Limay, donde hicimos una pequeña ceremonia de despedida de este plano y de acompañamiento al espíritu de nuestra amiga Julieta en su regreso al origen. Anoche partió. El sol estaba espléndido, las nubes lo saludaban sin molestarlo. Hubo un fuego, llevamos wiñal y cilantro para que viaje con fragancias que le den küme newen, una buena fuerza. Estábamos nosotros, pequeñísimos, y el ngen (espíritu regente) del río, ese que ella había elegido como una de las fuerzas más importantes para compartir las cosas más importantes de su vida.


En un momento determinado, ya sobre el final, arrojamos unos pétalos de jazmín al agua y nos dimos permiso humano como para que el habla del río acepte que suene desde el celular el llelipun de Joel Maripil, ese ülkantü que celebra de manera mesmerizante todas las vidas del wentemapu, el valle. Este valle, el de Julieta.



Los pétalos mojados por el agua y bañados por el sol comenzaron a brillar, la witrunko (corriente de agua del río) los encolumnó como si fueran una pichi (pequeña) estela de la vía lactea río adentro. Se lloró fuerte; tanta belleza le hubiera encantado a la Juli.


Hubo mates. Y ganó un puntual dolor de tristeza en el pecho recordando a esta militante de lo trascendente, ya directamente en la evocación de su küzaw (labor, acometido) en nuestras mentes y corazones. Entre su impronta como artista visual, o como generadora de cultura, o como militante por derechos humanos y sociales. Pero inmediatamente ganó una sonrisa, la suya en nuestras caras. Julieta siempre sonreía, aun cuando las papas quemaban y había que agitar. La comunidad artística la recordará más que nada por eso: por su alegría como resistencia. Guerrera de la sonrisa. Eso mismo.


Hicieron falta dos termos de mates para terminar de celebrarla en aquel primer ritual de acompañamiento a su espíritu en el regreso a la tierra, al origen. Mirando el cielo y dejando que antüpüle (la luz y el calor del sol) nos fortaleciera.


Hoy por la mañana su familia y todas las instituciones ligadas al desarrollo y crecimiento de la cultura en nuestra pequeña sociedad valletana la despiden. Habrá lágrimas, algunas risas sinceras, aplausos desgarrados. Seguramente su legado se desparramará potenciado en compañeras y compañeros jóvenes, de su edad, o más jóvenes, que continuarán, retomarán o proyectarán planes y sueños culturales nacidos de su energía continua en pos de la creación para una comunidad mejor, más bella, mas sensible. Pero ya no estará ella allí, físicamente, sonriendo con esa ternura brava. Allí -en ese punto donde una partida tan temprana te parte y te parece la más pura injusticia de mal gusto- es donde vuelvo a ver la cara seria de mi hermano, girando para decirme lo que me dijo aquella tarde. Voy a volver a darle la razón, porque es casi socrático lo que postuló en aquella frase, sigo sin tener elementos retóricos para refutarlo.


Pero esta vez no voy a quedar varado en una simple idea tanática. No, no. Voy a ir crecido, como el río, flotando en el agua. Y ahora se que hay una vía lactea de pétalos de jazmín que van flotando abajo, hacia el mar, mientras Joel Maripil canta en la lengua de la tierra: "Que baje, que baje esta buena noticia a toda la gente/ Que se moje la tierra con buenos consejos desde arriba/ No nos dejen solos, cuídennos/ Si eso sucede… ¡qué hermoso será!".


Adiós Julieta. Buen viaje de regreso al origen.



Julieta Sacchi fue una destacada artista visual, docente, gestora cultural y curadora de Neuquén. Egresada de la Escuela Superior de Bellas Artes de Neuquén, dejó una huella profunda en la escena del arte contemporáneo patagónico a través de proyectos de sitio específico como Museo Meseta y su labor en espacios culturales de la región.


.Activa como gestora cultural, curadora y galerista en la región del Comahue.Impulsora de proyectos de investigación sobre la escena del arte contemporáneo local junto a Fabián Urban


Creadora de Museo Meseta (2010 y 2015), una experiencia artística de sitio específico realizada en la zona de Balsa Las Perlas sobre la costa del río Limay.Curadora de numerosas muestras individuales y colectivas en espacios como el Museo Gregorio Álvarez, la Sala Emilio Saraco y el MNBA Neuquén

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