http://media.neuquen.gov.ar/rtn/radio/playlist.m3u8
top of page

Una

Por María Aurelia Martínez


Una toca  un cuarto con dos ventanas, lo toca con la memoria, con la nariz, con los dedos, ahí en ese lugar con alma de desván. Una toca el patio cuadrado con baldosas blancas y negras donde se cocían los guisos. Una se va más allá y cruza el patio dejándose tocar por la ropa tendida como una invasión de fantasmas colgados.  Se deja tocar la cara por esa ropa, y  los brazos también. Juega a cruzar el patio con los otros chicos y escucha, sí, escucha el griterío minúsculo mezclado con el murmullo adulto. Una vuelve, mueve, para volver a mirar, la frazada que divide a la mitad la pieza: comedor, dormitorio. Una se ve otra vez durmiendo ahí con su hermano, juntos en una cama chica, y ve el ropero oscuro que los separa de la cama grande de los padres.  Y le parece que escucha un ruido pertinaz que hace el elástico algunas noches.


Una busca sobre las paredes la ventana que no había. Pieza ciega, como el gallo. Y recuerda el velador escaso de luz tartamudeando como puede entre las sombras.


Una se acuerda del primo de la amiguita Elena. Del primo que era visita todos los domingos. A tomar mate o té, no es preciso eso. Se acuerda del primo, al principio  con pantalones cortos, inmediatamente después con pantalones largos. El pelo lacio y negro sobre la frente. De eso se acuerda una. Cierra los ojos y trata de aferrarlo. Puede rescatar un olor vago, pero limpio, al menos de jabón blanco, una camisa de cuello abierto y unas palabras dichas. Recuerda ese gustarse, ese pensar en otro, ese dormirse con una cara entre los ojos. Y esa cartita de hoja rayada donde decía, el primo, cosas lindas. Y recuerda ese ser novia, ser querida, esperada. 


Recuerda una pasar a ser grande, crecer algunos centímetros. Las faldas más largas, algo de taco, y unos guiños, y unos rubores, manos andando con torpeza. Y una recuerda creerse todo, sin límites y avanzar con el primo. Ramón. Y cómo pidió la prueba de fuego. Una recuerda no saber qué responder a la pregunta hecha, no saber qué ni cómo decir. Recuerda esa consulta hecha entre las compañeras de colegio, una consulta en voz baja. Qué hacer con ese amor que hay que probar. 


Una recuerda que el consejo fue decir que no. Y como no sabía qué era ser bueno y qué era ser malo, dijo que no. Porque le dijeron que era así y no de otro modo. Porque una no conocía otros, o diferentes modos. Y se encuentra con la pérdida, entonces. Y así se acuerda de la enfermedad que vino enseguida, de ese morir de amor que dicen que no existe pero sí. Es no comer, no dormir y tener fiebre. Tragar un guiso de hígado para el hierro, una sopa de hierbas y un jarabe para el mal. 


Y los años van saltando los escalones.


Una se acuerda de todo eso una noche exacta, un instante entero. Porque lo encuentra ahí como un pasajero más, embutido en una campera, esperando en un andén. Igual que una, viajando, de ida o de regreso.  No sabe. No sabe qué mecanismos se armaron en el universo para que suceda. Pero sucede y se encuentran. Distintos pero con una parte igual que antes. Una parte que resiste aún resiste. 


Una sabe que los instantes no se repiten, nunca son iguales. Entonces se toma de una mano y se deja acompañar desde el andén hasta la esquina donde hay que tomar otro ómnibus para llegar a casa. Caminan y hablan tanto. Decir todo en ese trecho, todo lo que quedaba. Todo lo que era posible. Percibir unas señales conocidas, que llegan. Y en esa esquina una se da unos besos como nunca antes, tantos besos, con tantas ganas. Se abraza, se aprieta, se contiene, se incluye. Y acaba una historia que estaba adentro, quién sabe dónde.

 
 
 

Comentarios


whatsapp-verde.png

#todoescultura

Gracias! Ya ya te responderemos.

bottom of page