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Aquella casa deshabitada

hace 11 minutos
6 min de lectura


Por Mario Cippitelli


Llevaba apenas algunos meses cumpliendo el servicio militar en el Comando de la VI Brigada de Infantería de Montaña, en Neuquén, cuando una mañana me llamó el sargento primero Rufino (no recuerdo su primer nombre) para decirme que tenía un trabajo para encomendarme.


Era el otoño de 1984 y con apenas 20 años, estaba cerca de terminar mi larga experiencia dentro del Ejército argentino. Raúl Alfonsín gobernaba sus primeros meses de mandato tras imponerse en las elecciones de octubre del año pasado y el país volvía a retomar el camino de la democracia.


“El trabajo que tenés que hacer es fácil, pero importante”, me dijo Rufino.


Yo tenía una buena relación con el sargento primero, un tipo que trabajaba en una oficina administrativa y realmente no parecía un militar. Nunca daba órdenes, siempre pedía por favor y tenía muy buen trato con todos los soldados.


“Tenés que cuidar la casa de un oficial que va a llegar junto a su familia a Neuquén en un par de días”, me dijo. Y me explicó que la familia ya había enviado los muebles y todos los artículos del hogar y que por eso alguien tenía que estar cuidando la vivienda, por lo menos, en horas de la noche. También me indicó que no era necesario que fuera con ropa militar ni con armas. Mi sola presencia bastaba.


La idea me pareció muy simple. Al fin y al cabo, podía zafar de la guardia que tocaría al día siguiente y solo tenía que quedarme a dormir en una casa linda, confortable. Al otro día me podía levantar más tarde y volver a la oficina para reportarme con Rufino y seguir con mi rutina de soldado. Rufino había tenido un gran gesto conmigo.


La casa estaba ubicada en Buenos Aires y Teniente Ibáñez. Era una de las tantas del barrio de oficiales que se había construido a principios de la década del 50 cuando se asentó definitivamente el Comando de la VI Brigada de Infantería de Montaña. Se trataba de viviendas grandes de tres habitaciones, techo de tejas y jardín. Todas estaban rodeadas de un pequeño muro de ladrillos con un portón de madera en el ingreso.


Cuando llegué todavía no había oscurecido, pero la tarde ya se estaba retirando de a poco. Para colmo, una tormenta venía aproximándose desde el este, lo que hacía que la claridad fuera todavía mucho menor.


Lo primero que noté cuando abrí la puerta es que todavía no estaba conectada la electricidad. Indudablemente, era el último trámite que todavía estaba pendiente, por lo que debería pasar esa noche a oscuras. Realmente era una lástima porque hasta había imaginado que podía pasar la noche mirando tele tirado en un sillón.


El living era enorme, con pisos de parqué sucios después de la mudanza. Los muebles habían sido colocados de manera desprolija y todos estaban tapados con sábanas blancas (tal vez eran telas, no lo sé) para que no los alcanzara el polvillo. Las paredes estaban recientemente pintadas y sin adorno alguno, y los ambientes parecían mucho más amplios de lo que realmente eran. Una escalera de madera trepaba con un descanso en el medio hacia la planta alta donde había estaban las habitaciones y otras dependencias.


Por un momento intenté subir para ver qué había, pero la escasa luz ya le había dado lugar a las penumbras. Por primera vez, sentí cierta intranquilidad, pero después me convencí de que todo saldría bien, que solo era pasar la noche ahí. ¿Qué podría pasar?


Una cadena de truenos que estallaron como cañonazos me hizo saltar del sillón donde me había sentado a descansar. E inmediatamente una cortina de lluvia comenzó a caer de manera insistente. La tormenta había llegado.


Los sonidos se amplificaban en cada rincón de la casa y las luces de los relámpagos actuaban como flashes que iluminaban por un segundo los muebles tapados por las sábanas y el inicio de aquella escalera.


Cada 10 minutos miraba mi reloj como si eso sirviera para apurar el tiempo que no pasaba más y así estuve durante dos o tres horas, mientras afuera seguía lloviendo, los estruendos y los refucilos me hacían estremecer una y otra vez.


Por fortuna, la tormenta amainó cerca de la medianoche y un silencio profundo se apoderó de toda la casa, aunque permitió que los sonidos más débiles se sintieran con más claridad.


Por momentos, la escalera de madera crujía (o “hacía juego”, como dicen los carpinteros) y una pequeña comunidad de palomas que había en el entretecho alternaba coros sibilantes que parecían descender de aquellos escalones desgastados y oscuros.


No sé bien a qué hora me dormí; ni siquiera, cuánto descansé. Aquella noche tuve pesadillas de todo tipo. En algún momento las sábanas de los sillones tomaron vida y comenzaron a flotar a lado mío haciendo una coreografía terrorífica. Varias figuras fantasmagóricas se recortaron amenazantes en la oscuridad con cada relámpago avanzando lentamente hacia mí y varias palomas con garras afiladas intentaron atacarme una y otra vez.


Yo intentaba escapar por la puerta principal, pero el picaporte giraba en falso y cada vez que miraba hacia atrás, las sábanas venían flotando hacia mí, mientras las palomas endiabladas volaban en círculos sobre mi cabeza. Yo gritaba, pero no me salía la voz. Y volvía a forcejear la puerta para salir y no podía. ¿Cuánto puede durar una pesadilla? Para mí fue interminable.


Me desperté sobresaltado, sentado en el piso al lado de la puerta abrazado a mis piernas y temblando de frío. La noche había pasado y la claridad que entraba por las ventanas iluminaba los muebles tapados por las sábanas, las entradas a otras dependencias de la casa y el inicio de aquella escalera que, por fin, había dejado de crujir. Tampoco se escuchaban las palomas ni otros sonidos, salvo los de los autos que bajaban por la calle Buenos Aires y los pájaros que festejaban el final de la tormenta y la llegada de una mañana soleada.


Volví al cuartel cerca del mediodía para dar el parte de novedades a Rufino que me estaba esperando en su oficina.


“¿¿Y? ¿Cómo te fue? ¿Descansaste?”, me preguntó mientras tipeaba un escrito en una Remington vieja.


Intenté ocultar mi cara de cansancio y le conté que todo había estado tranquilo y que la noche había pasado sin mayores novedades. Por supuesto que no dije nada de mis pesadillas, de las sábanas flotantes ni las palomas violentas. Me hubiera muerto de vergüenza.

Rufino terminó de escribir. Levantó la vista y me dijo que todavía quedaba un día más para custodiar la casa antes de que llegara el teniente coronel con su familia.


“Si querés, aprovechás a descansar otro día”, me comentó sin sacar la vista de sus papeles.


Le agradecí el ofrecimiento, pero le dije que tal vez otro soldado también merecía esa oportunidad antes que hacer guardia al aire libre, que yo había descansado muchísimo.


“Me parece muy bien y generoso de tu parte; ahora busco alguno”, me respondió.


Al día siguiente tomé el puesto de guardia en la garita que daba a la calle Antártida, casi en la esquina con la Avenida Argentina. Hice el turno rutinario, parado en ese lugar vestido de combate, con mi fusil al hombro y el correaje con los cargadores en la cintura, hasta que al llegar la noche noté que otra vez estaba por llover otra vez.


Me coloqué la capa de lluvia y pasé aquella madrugada custodiando el Comando, entre aguaceros intermitentes, algunos relámpagos y truenos que iluminaban el horizonte.


Por momentos me sentí feliz disfrutando la lluvia y los aromas que traía de la barda y de los jardines del barrio, más allá de las incomodidades de estar parado tantas horas y con semejante peso encima. Pero fundamentalmente me sentí aliviado que esa noche no estaría en aquella casa deshabitada y lúgubre poniendo a prueba otra vez mi valentía.


Al fin y al cabo, era deber de un buen soldado velar por la seguridad de todos y enfrentarse (de ser necesario) con enemigos reales.


Andar lidiando con escaleras ruidosas, sábanas voladoras o palomas rabiosas era cosa de pibes. O de muchachitos inmaduros con aires de hombres que todavía no terminaban de soltar la infancia y recién estaban aprendiendo a vivir la vida.

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