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  • Mario Cippitelli

Aquellas llamadas telefónicas

Muchas veces pienso qué hubiera sido de mi vida si no trabajaba como telefonista; qué hubiese pasado si no escuchaba aquella primera conversación. ¿Lo hubiese conocido igual? ¿Me habría enamorado de él?


Tenía 19 años cuando entré a trabajar en la empresa telefónica en los años 50. Al principio pensé que sería algo aburrido, pero al poco tiempo me encantó. Yo no tenía intenciones de escuchar las conversaciones de nadie, ¿eh?. Lo aclaro, porque cualquiera podría pensar que yo era una chismosa -como al principio me dijo mi madre- al saber que yo estaba al tanto de toda la vida de los neuquinos de aquella época.


Foto google, ilustración
Foto ilustración: Google

Pero en realidad, quienes estábamos como operadoras, teníamos la obligación de escuchar las charlas por si se cortaba la comunicación o algo salía mal. Cuando alguien llamaba a la central pedía que lo comunicaran con tal número. Nosotros hacíamos el puente y ahí esperábamos hasta que terminara la conversación.


Por eso las chicas que trabajábamos en ese lugar estábamos al tanto de todo: quiénes iban al cine, qué baile se organizaba, ¡quién se había muerto!... En fin, era la vida de aquella época, aunque la gente no entraba tanto en detalle porque el teléfono era algo caro. Se comunicaba lo justo y necesario, nada más.


De Carlos me enamoré el día que escuché por primera vez su voz. Yo fui la que lo atendió. Recuerdo que pidió comunicarse con un número y que yo casi me desmayo al sentir su tono tan cálido, tan varonil. Aquella primera vez supe cómo se llamaba, porque la persona lo saludó por su nombre. Pero nada más que eso.


Apenas terminó la conversación, me quedé pensando y se lo conté a mis compañeras que se rieron a carcajadas. "¿Será un tipo tan lindo como su voz?” “¿Estará soltero?", nos preguntábamos.


La segunda vez que pidió una llamada -dos días después- lo identifiqué enseguida. Y tuve la suerte de que a la persona con la que quería comunicarse era un muchacho que yo conocía de la infancia y que se llamaba José. La cuestión es que me quedé escuchando la charla que este intrigante tipo tenía con nuestro amigo en común.


Fueron pocos minutos, pero este hombre le dijo a José que estaba pensando en irse a Buenos Aires, que estaba aburrido de Neuquén y que, aunque le habían ofrecido un trabajo en el Banco Nación, estaba dudando de aceptarlo. José le decía que se tomara un tiempo, pero que lo ideal era que se quedara. "¿Qué vas a hacer en esa ciudad tan grande?", intentaba disuadirlo. Antes de despedirse, ambos acordaron tomar un café en el Hotel Confluencia a la mañana siguiente, a las 10.


"Qué lindo sería conocerlo -pensé- ¿pero si se va?". No lo dudé. Se lo conté a Mirta, una de mis compañeras y le encantó la idea. Como trabajábamos a la tarde, iríamos a tomar un café a la misma hora y al ver a mi amigo sabría que la persona que estaba con él sería ese hombre de la voz tan cautivante.


Recuerdo que era una de esas típicas mañanas de enero, hermosa, templada y con un sol radiante. Llegamos al hotel cinco minutos antes y apenas entramos comenzamos a mirar las mesas con discreción, hasta que lo vi a José sentado con un hombre que estaba de espaldas hacia mí. Se lo dije con un susurro a Mirta y nos dirigimos hacia una mesa vacía que estaba al lado de ellos, como si la hubiésemos elegido al azar.


Cuando llegamos mi amigo me reconoció enseguida: "¿Cómo estás Josefina?, ¡tanto tiempo!"- me dijo y se levantó para darme un beso- "Te presento a Carlos, un amigo".

Casi me muero cuando lo vi. Todo lo que me había imaginado con esa voz estaba ahí en forma de hombre. Un tipo de modales refinados, elegante, perfumado y con un rostro tan lindo que me quedé petrificada.


Nos presentamos los cuatro. y charlamos unos minutos. Les dije que recién habíamos ido al Banco Nación para hacer un trámite, pero que estaba lleno de gente. "Deberían contratar más empleados", deslicé, acordándome del ofrecimiento laboral que le habían hecho. Mirta me miraba asombrada porque eso no lo habíamos planificado nunca.


José nos contó que, en efecto, a Carlos le habían ofrecido ese trabajo, pero que lo estaba pensando. "¡Debe ser un lugar de trabajo tan lindo el del bancario...!" insistí con una sonrisa. Por dentro pensaba: "¡Por el amor de Dios, aceptá ese trabajo mañana mismo!"

Cruzamos un par de palabras más y regresamos a nuestra mesa. "Nos vemos en cualquier momento", nos despidió mi amigo.


Con Mirta hablamos de otras cosas porque estábamos muy cerquita de la mesa de ellos, pero con la mirada nos contábamos todo. Cada tanto, yo desviaba mis ojos para contemplarlo. No sé cuántas veces fueron. Muchas, seguro. Cruzamos un par de miradas, pero yo bajaba la vista enseguida porque sentía vergüenza.


La cuestión es que cuando salimos del hotel, el tema fue inevitable. "¡Qué lindo que es! -le dije a Mirta mientras caminábamos por la Avenida Argentina- ¡me miró como dos veces!". Mi amiga se reía.


Tres días después, un viernes aburrido y caluroso, mientras charlábamos en la central esperando comunicaciones, sonó el teléfono y lo atendí yo. Otra vez, aquella voz inconfundible. Era Carlos, que quería comunicarse con alguien y me dio un número de teléfono. "Ya le comunico", contesté nerviosa. En un instante estuve a punto de decirle que era yo, la que había conocido en el hotel Confluencia, cuando él estaba con José, ¡pero no me animé!.


Mirta enseguida se dio cuenta que era él (supongo que al ver mi cara) y se quedó mirándome con las manos apoyadas en el mentón esperando alguna novedad.

En esa nueva charla, Carlos invitaba a un hombre -indudablemente otro amigo- a darse un chapuzón al Río Grande. Así, coordinaron para encontrarse a las 3 de la tarde y la charla terminó en cuestión de minutos.


"Mañana va al río con un amigo", le dije a Mirta con una sonrisa. "¿No estarás por pedirme que te acompañe mañana? ¿Estás loca?”, me preguntó muy seria.


A las 3 en punto del otro día llegamos el río. Llevábamos el equipo de mate y un budín que había preparado Mirta. Hacía un calor terrible, pero no había mucha gente. En aquel entonces, el Limay era enorme porque todavía no habían construido El Chocón ni las otras cuatro represas aguas arriba. Por eso, al lugar que fuimos le decían “Río Grande”. La mayoría se mojaba los pies o se metía hasta la cintura, pero nada más que eso porque era realmente peligroso.


Con Mirta nos pusimos a tomar mate, mientras disfrutábamos la tarde, pero siempre mirando para los costados por si llegaba Carlos y su amigo.

“¿Vos pensás que se va a ir a Buenos Aires?”, le pregunté, esperando una respuesta negativa. Mirta lanzó una carcajada y me abrazó con ternura. “¡Te estás enamorando, Josefina!”, me dijo con tono maternal.


Estábamos charlando animadamente y contemplando el paisaje costero, cuando a lo lejos vimos que dos hombres venían caminando hacia nosotras. Era Carlos con su amigo. Apenas nos vio, él se acercó enseguida para saludarnos.


“¡Me reconoció!”, pensé inmediatamente. Pero me quedé callada. En ese momento tenía tantos nervios como la pobre Mirta, que también se había quedado paralizada.

Todo un caballero, Carlos nos presentó a su amigo y charlamos un rato. “¡Qué casualidad encontrarte acá!”, dijo con una enorme sonrisa. “Neuquén es tan chiquito...”, contestó mi amiga.


La cuestión es que charlamos un rato de pavadas y de cuestiones obvias. Que el calor, que los peligros del río y de otras cosas… qué se yo… Ya ni me acuerdo. A los 10 minutos se fueron caminando y los perdimos de vista.


Me gusta y me intriga tanto este tipo”, dije casi con un suspiro. “Hay que investigarlo un poco más”, dijo Mirta con una sonrisa, mientras cortaba el budín.

Durante las siguientes semanas, mi rutina fue la misma de siempre: trabajar en la compañía, tratar de escuchar a Carlos cuando llamaba a alguien y, por supuesto, intentar encontrarlo de manera “casual” en algún lugar de Neuquén, algo que posteriormente, logré en varias oportunidades.


Nos vimos dos veces más en la confitería del Hotel Confluencia (siempre con Mirta acompañándome de compinche), en el corso de carnaval de la calle Sarmiento (yo, disfrazada de Hada Madrina; Mirta, de bruja), en la procesión de Semana Santa, caminando por el tierral que era la Avenida Argentina hasta donde está hoy la Plaza de las Banderas (¡Lo que fue ubicarlo en esa multitud!). También nos encontramos en la plaza Roca, en los clubes… Siempre trataba de averiguar por donde podría andar para cruzarlo y charlar.


Y así fuimos tomando confianza, contándonos nuestras vidas, nuestros sueños. La primera vez que me dijo que estaba pensando irse a Buenos Aires, me hice la sorprendida. “Buenos Aires es linda, pero decime si Neuquén no es un lugar particular”, le dije con una sonrisa, aunque por adentro pensaba: “Tan particular que cuando sopla el viento del oeste levanta hasta las piedras y borra las calles; cuando llueve no se puede caminar por ningún lado y en invierno te congelás si te quedás parada un minuto en la vereda. ¡Qué argumento puede tener este hombre para quedarse acá, por Dios!”.


Carlos sonreía; no decía mucho más, pero evidentemente tenía dudas. Algo le gustaba de Neuquén, pero a la vez tenía ganas de irse a vivir a Buenos Aires.

Creo que pasó un mes de ese último encuentro. En ese interín yo dejé de trabajar de operadora porque conseguí trabajo de vendedora en “New London”, una tienda muy coqueta que quedaba en plena Avenida Argentina y necesitaba personal. Así que, durante ese tiempito, no supe demasiado de él, más allá de lo que me contaba Mirta cuando enganchaba alguna de sus conversaciones cada tanto.


Yo lo extrañaba, claro. ¡Lo extrañaba muchísimo!.

Un mañana, mientras acomodaba unos vestidos y unos trajes que habían llegado a la tienda, veo que por la puerta entra Carlos. Casi me muero. ¡Era la primera y única vez que nos encontramos realmente de casualidad!.


Apenas me vio, vino a saludarme enseguida. Se sorprendió de encontrarme en ese nuevo trabajo y le conté que ya no estaba más en la empresa de teléfonos como “administrativa”, que aquel lugar era más lindo, que allí podía conocer otras personas… en fin.


La cuestión es que me dijo que necesitaba una camisa y una corbata porque quería ir a una fiesta que se haría el fin de semana en el club Independiente.

Le mostré una y otra, haciéndome la vendedora normal que atendía a un cliente cualquiera, pero por dentro me derretía acongojada. ¿Con quién iría a la fiesta? ¿Había conocido a alguna mujer? ¿Cómo no me había enterado? ¿Se le había pasado a Mirta?.

Y en eso estábamos, cuando en un instante ocurrió lo inesperado, o mejor dicho, lo que yo nunca me hubiese imaginado que podría pasar. Así de golpe, eligiendo una corbata mientras la contrastaba con el color de una camisa que yo le había sugerido, me preguntó si no quería ir al baile con él. “¿Estás libre el sábado?”, me dijo sonriente.

No me desmayé en ese momento porque estaba apoyada en el mostrador, pero me recompuse enseguida. “No recuerdo si Mirta me había invitado a cenar a su casa… creo que no, que era el viernes”, le contesté. ¡Mentira! ¡Mirá que iba a cenar con Mirta a la que veía todos los santos días para rechazar una invitación de ese tipo que tanto me gustaba! Pobre Mirta…Pero yo me tenía que hacer un poco la interesante. ¡No era cuestión de decirle que sí, enseguida y desesperada!.


Ese sábado a la noche me pasó a buscar por mi casa y nos fuimos caminando hasta Independiente. Lo pasamos bárbaro porque nos encontramos con Mirta y un amigo que la había acompañado. Nos reímos, bailamos toda la noche (la loca de mi amiga me miraba de lejos y me hacía caritas), nos quedamos como hasta las 3 de la madrugada y finalmente Carlos me acompañó hasta mi casa.


En el camino, tuvo la gentileza de darme su saco porque se había puesto un poco fresco. Algún trayecto lo hicimos en silencio, disfrutando el ruido del agua que corría por las acequias que había al lado de la vereda de la calle Ministro González o sintiendo el aroma intenso y delicioso de los tilos que adornaban el barrio.


Caminábamos despacio, tomados del brazo -como se acostumbraba en ese entonces-, hasta que él se detuvo y me dijo que tenía que contarme algo importante. “¿Algo lindo?”, le pregunté nerviosa, porque en realidad no sabía de qué se trataba.

Creo que sí –me contestó- el lunes empiezo a trabajar en el Banco Nación”.


No se cómo ocurrió, pero me nació de adentro, seguramente de tanta felicidad al escuchar esa gran noticia. De golpe lo abracé con una fuerza increíble y me quedé colgada de su cuello, como si no quisiera despegarme más. Después lo solté avergonzada por semejante arranque de locura. “¡Enloqueciste, Josefina!”, pensaba.

Carlos me miró con una sonrisa que no me voy a olvidar jamás y después de un silencio que, a mí me pareció una eternidad, se fue acercando de a poco, cada vez más, hasta que me dio un beso. Primero fue uno tímido y después otro tan apasionado que por un momento sentí que flotaba en el aire. “No me voy a Buenos Aires porque me guste Neuquén. Me quedo porque te conocí a vos”, me dijo. Y me volvió a besar.


Y así siguió nuestra historia. Estuvimos de novios solo cuatro meses y finalmente nos casamos en la Capilla Nuestra Señora de los Dolores, durante una hermosa ceremonia a la que asistieron nuestros familiares y amigos. Mirta, por supuesto, fue la madrina, mientras que un compañero de Carlos que trabajaba en el Banco ofició de padrino. Al día siguiente nos fuimos a la cordillera, uno de los viajes más hermosos que hicimos. San Martín de los Andes, Villa La Angostura…, ¡tan chiquitos y bellos poblados… tan vírgenes en aquella época!.


Y el tiempo pasó. Qué más puedo decir… Tuvimos tres hijos hermosos que nos dieron cinco nietos y vivimos una vida plena, mirando como el pueblo crecía y de a poco se transformaba en una gran ciudad.


Yo trabajé un tiempo más en la tienda hasta que ingresé como oficinista en el Poder Judicial, donde me jubilé. Carlos hizo una gran carrera en el banco y llegó a ser gerente.

Nuestra vida de pareja fue hermosa, con mucho amor y ternura. Diría también con comprensión y complicidades recíprocas, aunque nunca le conté lo de aquellas primeras llamadas telefónicas que me permitieron seguirlo y conocerlo. Es un secreto que aún hoy guardamos con mi querida amiga. Una travesura piadosa de dos jovencitas, una de ellas, perdidamente enamorada. ¿Hubiera cambiado algo? ¿Era realmente importante?


El otro día, con motivo de nuestros 60 años de casados, invitamos a cenar a Mirta y a su marido, un tipo divino que conoció poco después de nuestra boda y con el que también formó una gran familia. Y como en todas charlas de viejos amigos, recordamos aquellas épocas tan lindas de cuando Neuquén era un pueblito. Rememoramos los bailes en Independiente, los carnavales en la calle Sarmiento, las escapadas al río, los paseos por el centro para dar la vuelta del perro, y nos reímos de tantas anécdotas que compartimos a lo largo de nuestras vidas.


Pensar que en un momento estuve a punto de irme a vivir a Buenos Aires…No nos hubiésemos conocido”, dijo Carlos con tono reflexivo.

Yo le tomé la mano, le di un beso en la mejilla y me quedé recostada en su hombro.

Así es la vida –-contesté- y los hermosos misterios que tiene el destino”.

Mirta no dijo nada. Sonrió con la complicidad de siempre, tomó un sorbo de vino y finalmente lanzó un suspiro. Un largo y profundo suspiro.

*Este cuento fue seleccionado junto a otros dos relatos en el concurso literario que organizó la Legislatura de Neuquén, en 2021 sobre "Identidades Neuquinas".


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