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  • Hilda López

La Calandria de Pompeya.

Hay un barrio de Buenos Aires, como muchos otros barrios de la gran ciudad, que tiene un cofre gigante donde se guardan las vivencias cotidianas que solo se muestran a través de los recuerdos de los que alguna vez pasaron por sus calles.


El “Bar del Chino”, era un bar de Pompeya que tenía sus paredes tapadas de recuerdos de pasajeros que lo habitaban por minutos, horas, días, años. Su dueño, el Chino García, había sido un cantante de tangos de los arrabales y mantenía esa estirpe que lo identificaba sin dudar: simpático, atento, formal, solidario y canchero.


Clasico Bar el Chino, de Pompeya
Clasico Bar el Chino, de Pompeya

Cada fin de semana, el Bar del Chino se transformaba en un gigantesco escenario. Apretados en sillas y bancos de madera y mesas de tablones sobre caballetes, la gente se juntaba para escuchar a quien quisiera cantar: jóvenes o viejos, mujeres, varones, todos tenían su oportunidad sorprendiendo al auditorio visitante. El mostrador era de estaño y sobre él las bandejas con empanadas y pastelitos hablaban de las manos sabias de su mujer. Había un patio pequeño con dos baños muy precarios y una parrilla improvisada que se puso en marcha para satisfacer la demanda gastronómica de los visitantes.


El Bar del Chino se convirtió en un lugar sagrado, personajes llegados de otros países, artistas reconocidos y aquellos que no lo eran formaban la legión de inolvidables noches porteñas.

Viviendo en Buenos Aires durante un tiempo, yo concurría al lugar con mi amiga Mabel y bien pronto me hice habitual visitante. Una noche de sábado fuimos con mi hijo Ernesto para hacerlo conocer ese lugar. Apenas entramos una voz desde un rincón gritó mi nombre: era Juan Carlos Baglietto con Adrián Abonizzio, otras personas y Joaquín Sabina, su compadre.


El español estaba acompañado de Paula, la piba que inspiró al artista para hacer su tema: “De Mafaldas y Dieguitos”. Su pequeña figura a cara lavada era impactante contrastando con la fuerte figura del cantante. Sabina acompañó a cada uno de los que quisieron cantar y tomó wisky hasta el último brindis de la madrugada. Imborrable momento.


Pero había en el Bar del Chino alguien que provocaba aplausos y bises a granel , era una mujer de algo más de 70 años a quien la apodaron “La Calandria”. Nada más justo que ese nombre, cantaba como tal: pájaros en su voz, precisa en el decir, exquisitamente afinada y melódica: una maravilla.

Calandria y su nieto
Calandria y su nieto

La Calandria vivía en el barrio desde siempre y era la vecina cantora que conocían los que vivían por allí. Cada fin de semana se preparaba para asistir a la cita. Llegaba con su marido, un hombre callado y sereno que la asistía con un abrigo entre sus brazos para cubrirla, si era necesario, en noches frías. Entraba al bar e inmediatamente la gente pedía escucharla. La acompañaba su nieto que conocía muy bien los tiempos de la Calandria. La noche era de ella, de nosotros, de todos.


La memoria tiene muchos rincones, en cada uno hay sorpresas. Hoy me dejo llevar por ellas: hay un escenario ente mis ojos, hay gente bebiendo y disfrutando fervorosamente el momento, el Chino va y viene conversando con los parroquianos, en una mesa está Argentino Ledesma quien se levanta y canta; luego le toca a la Calandria y hecha a rodar su voz única, la que transmite un sentimiento que tiene tanto de criolla que cruje entre mis dientes mientras la nostalgia me envuelve tiernamente.


Hace frío en la Patagonia, hay voces que entibian la mañana y la Calandria me canta, entonces está todo bien, muy bien.


Hilda López #barelchino #hildalopez #calandria #todoescultura #relatoslayapa

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