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  • Maria A. Martinez

De la libido, a Jericó y García Lorca.

He buscado la definición de la palabra libido.

En un diccionario dice que: "para el psicoanálisis, la libido es el impulso fundamental y la fuerza creadora de la energía vital y está condicionada por factores hormonales, psicológicos y nerviosos"


La RAE sacrosanta dice: “Deseo sexual, considerado por algunos autores como impulso y raíz de las más variadas manifestaciones de la actividad psíquica”.


Foto Ilustracióm
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Es decir, nuestra energía o fuerza vital, definida por Freud como “libido”, es ese motor que nos mueve hacia todos los universos posibles: tener sexo, tomar un mate, sacudir la alfombra, apuñalar a un semejante o depilarnos. Siempre en el marco de circunstancias externas, cierto.

Freud consideraba que la energía psíquica que rige nuestra conducta está basada en pulsiones de tipo sexual vinculadas con la búsqueda de satisfacción y placer, pero luego se verá que es la misma fuerza que despierta el instinto de autoconservación , así surge la noción de pulsión de vida, también conocida como Eros. Pero Eros tiene su contracara, la pulsión de muerte o Tánatos: la pulsión de la destrucción. Eros es unión y Tánatos disgregación. Ambos impulsos coexisten, son innatos.


Todo esto sirva para explicarnos, aunque sea un poco, por qué, en el devenir de los siglos, el ser humano nunca ha encontrado la plenitud de la armonía y la convivencia feliz, tenemos un defecto de fábrica. Puede prevalecer un impulso u otro, nada está garantizado.


Todo esto para introducirnos en uno de esos casos en que el tánatos tiene una intensidad notablemente más arrasadora que la de eros. El hecho más antiguo del cual se tenga conocimiento, en cuanto a masacres perpetradas entre grupos que se enfrentan, fue colectivo.


Este hecho se encuentra en la Biblia, allí donde se narra el Éxodo, la huida de los hebreos de Egipto hacia la tierra prometida.

Fue Josué, el sucesor de Moisés, quien introdujo a su pueblo en las tierras de Canaán. Los judíos habían esperado cuarenta años para entrar. Llegaron a la ciudad de Jericó, (considerada una de las ciudades habitadas más antigua del mundo, que aún hoy existe) la cual es mencionada por la Biblia en numerosas ocasiones.


Jericó - Ilustración
Jericó - Ilustración

Su historia se remonta hasta aproximadamente 10.000 años a.C. El asentamiento más temprano fue situado en el actual Tell es-Sultán, a un par de kilómetros de la ciudad actual. Está probado que la ciudad sufrió varias destrucciones por distintos pueblos. La Biblia explica este hecho como ejemplo de la voluntad y designio de Dios.


Entonces narra:

Oye lo que Jehová le dice a Josué: “Tú y tus guerreros marchen alrededor de la ciudad. Denle la vuelta una vez cada día por seis días. Lleven el arca del pacto. Siete sacerdotes deben ir delante del arca y tocar sus cuernos. Al séptimo día marchen alrededor de la ciudad siete veces. Entonces den un sonido largo con los cuernos, y den todos un gran grito de guerra. ¡Y las murallas se caerán!


Josué y el pueblo hacen lo que Jehová dice. El séptimo día, después de marchar siete veces alrededor de la ciudad, se tocan los cuernos, gritan los guerreros y las murallas caen. Josué dice: “Maten a la gente y quemen la ciudad con todo, menos la plata, el oro, el cobre y el hierro, que son para el tesoro del tabernáculo”.


Esta es la primera masacre. En este camino que lleva a destruir al otro hay un impulso de muerte, o miles de impulsos, juntos producen la devastación de Jericó. Está escrita. Más allá de si es o no una fantasía, está enseñada, está publicada. Pareciera que hay aquí una tradición fundante que remontándose hasta Caín y Abel no ha cesado de repetirse históricamente.


La historia, hasta hoy, nos brinda ejemplos que no acaban de nombrarse.

A esta realidad es necesario oponerle el Eros y no son pocas las herramientas con que contamos, entre ellas la poesía.


Pasadas las zarzamoras,

los juncos y los espinos,

bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quité la corbata.

Ella se quitó el vestido.

Yo el cinturón con revólver.

Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas

tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna

relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban

como peces sorprendidos,

la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí

el mejor de los caminos,

montado en potra de nácar

sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre,

las cosas que ella me dijo.

La luz del entendimiento

me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena

yo me la llevé del río.

Con el aire se batían

las espadas de los lirios.


Fragmento LA CASADA INFIEL

FEDERICO GARCIA LORCA








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