Divagar
- Maria A. Martinez

- hace 3 horas
- 2 Min. de lectura

Por María Aurelia Martínez
Creo en esta copa con vino blanco Sauvignon que estoy bebiendo. No será el mejor vino, de acuerdo, es que hay un tope de precio para cada botella que compro. También es cierto que el tope va quedando cada vez más chico. Cada trago, en la hora de la cena, el vino pasa por mi garganta, amablemente frío. Me gusta el ritual porque siento que es mío, que me convoca, me acompaña, y mis brindis son secretos, que todos los tenemos: secretos y brindis. Turbios o gozosos.
¿Fue la regla un invento de Dios? ¿Consultó a alguna mujer por este tema? La única que estaba por ese tiempo era la pobre y machacada Eva, muy ocupada con saber qué hacer una vez echada del paraíso. ¿Qué podía saber sobre el tema? Entonces sí, la conclusión (mía) es esta. Es probable que este invento sea una venganza contra Lilith, la perra rebelde que se animó a cortar sus angelicales alas para caminar la tierra con los pies descalzos y sin nadie que le gobernara los instintos.
Sobrevivir. Suena el verbo como fatídico. Hemos vivido como pudimos, resueltos, dubitativos, enojados, con coraje, acobardados, pero hemos vivido. ¿y para esto? ¿Sólo para sobrevivir? Solamente para sentir el cimbrón que la vida nos tenía preparado y seguir así … buscando en la caída rescatar un “algo”: una flor, un nombre, unos lugares, y hacer como que estamos resistiendo.
Es bueno el silencio cuando no esperamos respuesta, cuando los días crujen y estamos agotados de escucharlos, cuando unos animales han venido a meternos las pezuñas en las orejas haciendo ruido, cuando algunos hablan porque la lengua y el lenguaje deben cumplir la función de parlotear, no importa qué, total es gratis.
Un día quisiera levantarme convertida en gigante, gigante de gran altura, y manos y pies y rostro espantoso, que despertara un terror severo, visceral. ¡Ah! que todo fuera arrojado, trozos del mundo que yo, antes, habría roto.
No es que sepas a quién le sirve tu sacrificio ni siquiera sabes cuánto de vano es, lo que importa es que igual quieras hacerlo.
En la mesa puse otro plato como apéndice del mío en el caso de que pasaras por el patio a cortar manzanas y yo te viera.
¿sería una buena idea preguntarse de dónde viene la alegría? En este caso me parece que seguir en el misterio es mucho más cautivante.
Habrá que hacer las vigilias para que el lobo sepa que no estamos desprevenidos.








Comentarios