Dos ríos, dos comportamientos

Por Mario Cippitelli
Para entender el comportamiento de los dos ríos más importantes de la provincia de Neuquén.
Muchos piensan que el río Limay, por su poderoso caudal, es una gran amenaza para la provincia de Neuquén. Y creen que el otro río, el Neuquén, es un curso de agua que apenas trae -en temporadas normales- apenas un tercio o un cuarto que su hermano.
Pero la mayoría de la gente no sabe que los dos ríos son completamente distintos. El Limay se alimenta casi en su totalidad, de agua de lluvia, mientras que el Neuquén se nutre con el deshielo de la nieve del norte. Esto también determina sus colores.
La transparencia del Limay, que nace en el lago Nahuel Huapi, y la turbidez del Neuquén, que arrastra todos los sedimentos de la montaña.
Y su comportamiento también es distinto. El Limay crece de a poco, como sube el agua de una pileta que se va llenando. El Neuquén puede crecer de manera brutal cuando se derrite la nieve de golpe y las lluvias terminan de acelerar su desarrollo. ¿Cuánto puede crecer? Hasta alcanzar dimensiones impresionantes. Por ejemplo, de 300 metros cúbicos por segundo a 10.500 metros cúbicos por segundo como en 2006, cuando la catástrofe estuvo golpeando las puertas y Portezuelo no colapsó de milagro.
Al Limay lo frenan cinco represas. Al Neuquén, cuatro diques. De ahí, que en épocas de lluvias extraordinarias, el imponente Limay quede en un segundo plano y el Neuquén pase a ser protagonista como ahora.
Hoy el Neuquén ya casi roza los 600 metros cúbicos por segundo, el límite considerado como aceptable por la Autoridad Interjurisdiccional de Cuencas. ¿Por qué? Porque después de esa cifra no hay mucho para hacer más que erogar agua a los embalses artificiales. Y si con eso no alcanza y sigue creciendo más y más, hay que rezar por un milagro (como en 2006). La construcción de la represa Chihuindo sigue pendiente, igual que hace casi 60 años.
El Limay tiene mala fama porque a lo largo de la historia de la provincia puso en jaque a la ciudad de Neuquén durante décadas. Esto terminó a principios de los 70’ cuando se construyó la represa de El Chocón y luego, otras cuatro aguas arriba.
El Neuquén sigue salvaje, indómito, haciendo honor a su nombre que significa “arrogante”, “impetuoso”, y otros adjetivos similares que le pusieron los pueblos originarios al conocer su comportamiento.
Los nombres de los dos ríos son más que conocidos; sus comportamientos no tanto. E invitan a pensar.
El Neuquén era el Neuquén antes que el Niño y los cambios climáticos. Y ahí sigue, bien adolescente y rebelde; haciéndose respetar como lo hizo a lo largo de su historia.
















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