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  • Rubén Boggi

El doctor, el peluquero y las señoras de la Biblioteca

Lo que voy a contar ocurrió a principios de la década del 80 del siglo pasado, cuando el mundo era un poco más ingenuo y la poesía todavía llegaba con alguna fuerza a algunos más que los reducidos grupos de señoras coquetas y bien peinadas que suspiran entre los geranios del patio.

Fue en la Biblioteca Bartolomé Ronco. Esta señorial casona repleta de libros está en la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, con una reputada fama que continúa hasta estos días, de ser una especie de faro en la oscura noche de la ignorancia argentina.

A la Biblioteca, especialmente invitado, llegó el poeta y traductor (del italiano, un pionero en Argentina) Antonio Aliberti. Había sido invitado especialmente a disertar sobre la poesía italiana del siglo XX, por el profesor Antonio Carrau, quien tenía a su cargo la edición del Suplemento Cultural del Diario El Tiempo. Eran cuatro páginas que se publicaban los días domingo, que habían logrado concitar la atención del ambiente literario porteño, siempre ensimismado en su propio ombligo, reacio a explorar otras zonas de la anatomía nacional.


Aliberti era un fenómeno. De prolija barba, siempre bien vestido con impecables trajes, apenas llegó dejó encantadas a las señoras de la comisión directiva de la Biblioteca: un conjunto de platinadas damas muy bien intencionadas, de raigambre en la vieja oligarquía ganadera, con espíritus anclados en Europa y una piadosa visión sobre las miserias de los pueblos pequeños.



Las señoras lo miraban a Aliberti como quien observa al galán de televisión de moda, o, en estos tiempos, a un influencer con millones de seguidores en Instagram. Aliberti sintetizaba para ellas la corrección política literaria. Para entonces, ya había publicado sus propios poemas, y colaboraba con algunas revistas prestigiosas, como era por ejemplo la Pájaro de Fuego, en la que alimentaba un rincón para poetas poco conocidos o difundidos.


A nadie le extrañó que las señoras lo siguieran a Aliberti para todos lados, preguntándole a cada momento si “el doctor” necesitaba algo. Doctor de aquí, doctor de allá, Aliberti caminaba de un lado para otro sin poder despegarse de los prolijos trajecitos grises, rosas y azules.


Hasta que llegó la hora de no aguantar tanto trato doctoral: Aliberti se plantó sobre sus zapatos bien lustrados y espetó, con voz de trueno: “señoras, no soy doctor… soy peluquero”.

Efectivamente, Aliberti se ganaba la vida con una peluquería de barrio, esparciendo con sabiduría su tiempo entre la poesía de los grandes autores y las tijeras que atacaban las duras crenchas de la decadente civilización nacional.


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